El siempre inteligente y sugerente Lepage nos trajo sólo por tres noches una obra austera, dentro de su habitualmente rica concepción escénica, y con un único actor, Yves Jacques, representado todos los personajes. ¿A qué viene hablar de ello en Nativa? Por la temática (y por la calidad), en torno a la organización de una ópera donde colaboran diferentes países e instituciones, que sirve para poner en evidencia y vapulear este tipo de montajes y, especialmente, a una estirpe de gestores culturales: Aquellos que aceptan gestionar la miseria presupuestaria y de contenidos, colaborando con un poder incompetente, en lugar de poner los puntos sobre las íes. Lo que empieza como un encargo del libreto para una versión operística de una obra de Beckett acaba, por motivos “realistas” cuya ridiculez Lepage se encarga de evidenciar, en una adaptación de un cuento de H.C. Andersen. El personaje del autor tiene un primer texto impagable, pero el que se revela como fuente de sorpresas es el gestor cultural con un genial monólogo en una atropelladísima explicación de estrategias de despacho y acuerdos de reuniones surrealistas, hilarantes por lo habituales que resultan en la vida de los que se relacionan con el mundo de la cultura. El mayor mérito de Lepage es conseguir algo interesante e intenso con un tema nada romántico, aparentemente técnico, pero de tal calado contemporáneo y vital que resulta sorprendente. Y valiente: quizá la obra es la autobiografía de ella misma. Pero, al contrario de la ficción, con un final satisfactorio.
Shabir Al-Amani