La foto de la pared es la de una pequeña casa de muros blancos y entre laderas. De hecho, no es más que una vieja fotocopia en blanco y negro de una casa del Atelier 66 en la Grecia de los años 50. Pero la realidad, en cambio, el espacio donde esta foto reposa es tu casa, un piso edificado en 1952, para celebrar el Congreso eucarístico en el barrio de La Bordeta de Barcelona. Entremedio estamos en 2025 y se abre una pregunta: ¿Por qué no haces de arquitecto? ¿Per què no fas d’arquitecte?
Para la telenovela y el morbo la pregunta debería removerte porque necesitas abrazar la dulce certeza del origen de toda tu frustración hormigonera, però pot ser és només que el Jordi t’ha dit que vegis què hi ha darrere d’aquesta pregunta, per parlar d’altres coses. Barcelona se reconstruye y promociona recordando, insistiendo y también olvidando. Volver a hacer Las Ramblas para la ciudadanía justo cuando están dejando de existir, y son el muelle de tierra de la cadena de cruceros. Este es el síntoma de la tensión Barcelona.
Mira que llamándote Pedro —piedra— y viviendo hoy en la ciudad soñada por los arquitectos, Bar-ce-lo-na, y sin hacer de arquitecto. No haces de arquitecto porque el silencio se abrió en el momento justo —piedra aventurera—. Pero vienes con información.
Te miras al espejo. Eres de México y allá estudiaste, dibujaste, fotocopiaste libros de la editorial Gustavo Gili, viajaste, preguntaste, mediste las pirámides con tus pasos, incluso construiste casas, y seguiste estudiando. Si te distraes incluso terminas un doctorado aquí en la UPC. Eres arquitecto —piedra ligera— y parece que es algo que no se puede quitar uno de encima: però no fas d’arquitecte! Las dos respuestas más simples no logran explicarlo: ni los mil trámites para la homologación del título, ni la crisis económica de 2008. Llegaste aquí en 1999, con 25 años y para 2004, mientras tus colegas viajaban a construir en Polonia, Marruecos, China y Saturno, tú ya estabas cuidando el orden de les cadires a l’auditori d’un centre cívic.

Cuando estudiabas la carrera en la provincia mexicana de Veracruz, piedra pequeña, recuerdas que te sorprendió una noticia sobre Barcelona. Era 1996 y se celebraba un congreso mundial de arquitectura con miles de participantes. La nota destacaba que uno de los arquitectos estrella participó en un debate vestido con la camiseta del Fútbol Club Barcelona. Tú sabías muy poco de la ciudad y su respiración post olímpica, y aún sabías menos de ese club de fútbol. Te sorprendió que la noticia fuera que el arquitecto estuviera vestido de esa manera y nada se dijera sobre sus ideas y opiniones. La camiseta era la noticia y era también el discurso. Y esto se quedó latiendo suspendido en tu idea de Barcelona. Tres años más tarde, terminaste la carrera y viniste a instalarte junto a la novia nacida en la Barceloneta.
En aquella pequeña ciudad mexicana, entre matas de café y calles empinadas, tú habías logrado proyectar y construir dos o tres casitas de 40 metros para algunas personas cercanas. No eras un millonario, pero sabes que en México no hace falta ser hijo de Bofill para que esto sea posible. Es habitual construir esta superficie con una autorización mínimamente reglada y en trato directo con una cuadrilla de albañiles. Sucede que la población crece y las ciudades no tienen otra alternativa que acompañar ese crecimiento. Cada día nacen mexicanos y además las ciudades se concentran. Alguien dijo que cada día llegan a la ciudad de México unas 800 personas. Allá hay terremotos, pero también hay más espacio y no es tan caro construir —ni la piedra de un palacio—. Un dato simple, —dijiste que traes información—: el 62% de las viviendas que se construyen en México se levantan sin la participación de arquitectos. La gente se busca la vida y eso incluye construir su casa.
Ya en Barcelona conseguiste un trabajo por las tardes, y empezaste a delinear pequeñas promociones de vivienda, siempre cerca de las páginas de la normativa. Ahí aprendiste la palabra safareig. Justo frente al ventanal atendía un peluquero y había una parada de bus. Entraban y salían los mismos varones de pelo blanco, mientras los autobuses rojos, que suponías todos eran recién comprados, pasaban deteniéndose un momento. Las tardes se podían medir al ritmo de los buses y los cortes de pelo. Tu compañera de mesa era una joven arquitecta de Tarragona que te habló de un grupo musical llamado Azucarillo Kings, y recuerdas que puso énfasis en su modo de tratar la música pop del pasado reciente. Ahí estaba el asunto, pensaste: había baile. Era 1999, se venía el fin del mundo, faltaban todavía 10 años para la crisis que derrumbaría la profesión, y ya se asomaba la sonrisa de sátira del espeluznante amiguete Ramón Faura.
Tú venías de la tierra de la urgencia —sin exagerar— y no estabas para bromas. En tu mundo un arquitecto era como un médico o como un profesor, donde el rol social venía marcado por la necesidad evidente y masiva. También venías sabiendo lo que pesa un tocho de barro cocido, y no entendías que les parets poden ser de només 5 centímetres de gruix, i els dormitoris tenir només 2 metres d’amplada. Aquí no hay terremotos, pero tampoco hay espacio. Estabas deslumbrado por el frío, la limpieza, y el uso del acero hasta en los canteros de los arbustos más miserables. Andabas dispuesto a preguntarte por casi todo, pero parece que aquí las respuestas lucían más que preguntas.
Mientras te acostumbrabas a que se podía tomar cerveza en diferentes bares durante la misma noche, empezaste a entender también que existían un sinfín de protocolos que marcaban una gran distancia entre quien diseña y quien habita. La cuestión no era tan directa como en tu breve experiencia. Diferentes intermediarios, normativas y roles en el diseño de las partes: estructura, instalaciones, visados, constructores, arquitectos técnicos, ingenieros, aparejadores y paletas, bailaban al ritmo del novísimo euro para perfilar los límites en la construcción de los espacios de la vida cotidiana. Aquí ya está todo hecho —pensaste—, y quizá los pobres salen muy caros.
Los arquitectos barceloneses de aquellos años lucían un aura de nobleza. Ser arquitecto era ser un archiduque, muchos hacían brillar ese énfasis tras el segundo apellido: Martí Esteve i Cuyàs, arquitecte. Con los chakras bien puestos, y tan de negro iban vestidos en aquel tiempo de abundancia que parecían verdugos o monjas del cine clásico. Quizá anunciaban, visionarios narcisistas, el funeral de su propia especie. Bailaban detenidos —piedra pequeña—, el preludio de la danza final.
Años antes de esta crisis te mudaste al mundo de la gestión cultural, un sitio donde quizá las cosas tampoco son tan directas. Una empresa robusta del sector puede presentarse, por año, a 120 subvenciones o licitaciones públicas con la expectativa de tener adjudicadas solo un 10%. La gente se busca la vida y eso incluye construir un mapa de flotación. Y en este territorio también hay principados, dinámicas y privilegios, modas, sesgos, códigos y manías. Mecánicas ciegas y túneles que van en automático ¿Qué es una mesa redonda? Una dansa de noms amb cara i ulls, formatos que garantizan aforos, títulos sexys, palabras que se vacían, listas de espera para alquilar espacios, proveedores preferentes y marginalidades.
En tu primer viaje, trajiste de México la novela Los Albañiles, de Vicente Leñero, en una edición firmada por él mismo y comprada en una librería de usado de la ciudad de Guadalajara. La librería se llamaba La estación de Lulio, y supiste muchos años después que se refería a Ramón Lulio, que es Ramon Llull. Te causa gracia que el mismo nombre te haya sonado a mexicano, luego a galáctico y luego a subvención. En la novela de Leñero no se sabe quién mató al vigilante de la obra en construcción. Don Jesús, un viejo odiado por todo mundo. La sospecha más clara dice que puede ser cualquiera, y de eso va la historia. ¿Cómo se sostiene la suavidad de la violencia de la corrupción? ¿Es la simple fuerza de la pura sustracción? ¿Es un equilibrio natural? Puede tener la forma de la invención de la Sareb o la forma de cuatro albañiles que roban fierro. En la novela el fontanero iba a ser cura y tú estás escribiendo esto sobre que no fas d’arquitecte.
En cualquier paseo urbano te cruzas esas piezas blancas brillantes y maravillosas, entremedio de los contenedores, en los Sacos Marrones, o en las esquinas. Esos seres redondos y resbaladizos, intervenciones artísticas de Duchamp lanzadas en un renovado Ready made por las reformas de cada lavabo de la ciudad. Lo tiramos y compramos uno nuevo. El hacer y deshacer las aceras cada 5 años. Renovamos el baño, y restituímos el ego doméstico. Hacer y deshacer de los romanos.
Para poco puede servirte este nostálgico catálogo de asombros de uno que llegó de lejos hace años. Lo más sólido del mundo de la construcción se ha ido diluyendo. Tras el pinchazo inmobiliario —tú, piedra ligera—, los batallones de arquitectos, huyeron primero a Brasil y a México, después se han mudado al mercado de la rehabilitación, y ahora los ves levantar palacetes cúbicos de madera balsa. Pero lo más sólido no era el sistema de tochos sino la cadena de necesidades, y esta sigue ahí. Es lo básico y el Sindicat de llogateres lo sabe. Esta es la gasolina de todo. La cadena de intermediarios no puede negar lo elemental. Ahí está la huelga de alquiler, el reciente freno a La Caixa en Sentmenat, Banyoles, Sitges, Vilanova i la Geltrú y Mataró.
Imaginas a miles de arquitectos renunciando al juego de la recalificación de suelos como quien deja de jugar al gran Catán. Us heu fixat en quines són les paraules del subtítol del jóc Catán, que es va posar de moda fa uns anys? Doncs són: Coloniza, comercia, construye. Los arquitectos se han pasado al juego de mesa.
Como tú, piedra pequeña ligera —decía León Felipe—, canto que ruedas;
como tú, que no has servido
para ser ni piedra
de una lonja,
ni piedra de una audiencia,
ni piedra de un palacio,
ni piedra de una iglesia
Quizá hablas como un Bartleby en versión “preferiría no construirlo” con el peso de una negatividad relax, o quizá ves la alternativa de reformar a hondazos esto que tenemos montado.
como tú, piedra aventurera;
como tú,
que tal vez estás hecha
sólo para una honda,
piedra pequeña
y
ligera…

