“Que no sepamos nombrar lo que nos espera es la firme señal de que ello nos espera”
Jean François Lyotard
La primera vez que oí hablar del cansancio de la mirada, fue a Norval Baitello Jr, en un coloquio de Semiótica de la comunicación y la cultura en São Paulo, hace varios años, tantos, que mis manos no podrían ayudarme a contarlos. No fue la única inscripción decisiva que me dejó en el cuerpo aquel encuentro, hubo otras que aún resuenan y se corresponden a la hondura de varios ecos que me siguen estremeciendo en sueños.
El ojo ya no ve, la mirada ya no avista, decía Norval con su voz suave y cortante. Voz que se extendía en una escritura poética, pero no menos decisiva, en su libro La era de la iconofagia (2008). Era tal su determinación y acertado diagnóstico en relación a las desconexiones contextuales de las imágenes, que parecía imposible que esa certeza no se instálase. Nuestros ojos de tanto ver, ya no ven. En realidad, Norval no usa la expresión cansancio de la mirada, dice ‘el padecimiento de los ojos’, tomando la expresión del capítulo de un libro de Dietmar Kamper, Bildstörungen. Im Orbit des Imaginären (1994). La afirmación es categórica, la abundancia de imágenes y estímulos visuales nos anestesian y nos impiden digerir aquello que vemos, a su vez, esas imágenes demandan nuestros cuerpos, nos devoran.
Ojos abatidos, denigración de la mirada, hipnosis visual.
Entre una crítica despiadada al dominio de la visión en la cultura occidental y la denuncia de un no poder ver, circulan contornos y tensiones que cuestionan la mirada y no cesan de interrogar aquella máxima aristotélica según la cual el ojo sería el más noble de los sentidos. La mirada como un modo de fijar el temblor del incidente que es el yo.
Pero, me pregunto, si acaso no haya que sacudirse el peso de la mirada. Precisamente la crítica de las imágenes no puede ser contra las imágenes, tampoco contraponiéndole la temporalidad de la lectura. Tratar con imágenes puede que no sea cuestión de la mirada, al menos no de como ella se ha construido. También es cierto que después de John Berger mirar no pueda nunca más significar lo mismo. Algo de esto insinúa Georges Didi-Huberman, cuando dice que el acto de ver se abrió literalmente, se desgarró.
Es posible que nuestros ojos estén atiborrados de logotipos, de íconos, lo cual no es equivalente a decir imágenes. No sé si se trata de un cansancio de la mirada como de una desconexión, pero toda desconexión porta la potencia de los vínculos por construir.
En un relato corto titulado “El amor es ciego”, Boris Vian imagina lo que serían los efectos de una niebla muy real sobre las relaciones existentes. Los habitantes de una metrópolis se despiertan una mañana invadidos por una ‘ola opaca’ que modifica progresivamente todos los comportamientos. Las necesidades que imponen las apariencias se vuelven enseguida caducas y la ciudad se deja ganar por la experimentación colectiva. Los amores se vuelven libres, facilitados por la desnudez permanente de todos los cuerpos. Las orgías se expanden. La piel, las manos, las carnes recobran sus prerrogativas pues “el domino de lo posible se extiende cuando no se tiene miedo de que la luz se encienda”. Incapaces de hacer durar una niebla que no han contribuido a formar, los habitantes se vienen abajo cuando “la radio señala que algunos eruditos constatan una regresión regular del fenómeno”. En vista de esto, todos deciden sacarse los ojos para que la vida siga siendo feliz. Esto nos dice Tiqqun en La Hipótesis cibernética [1].
Intenso compromiso con el ver, con la experiencia que nos posibilita la niebla, con alimentar la noche en la que se afina la mirada.
‘El ciego alzó las manos ante los ojos, las movió, Nada, es como si estuviera en medio de una niebla espesa, es como si hubiera caído en un mar de leche”
José Saramago, Ensayo sobre la ceguera, 1995.
¿Qué será aquello de la responsabilidad de tener ojos? ¿La responsabilidad de ver? ¿Cómo se curva el ojo? ¿Cómo se pliega para contener? Recoger imágenes, no se reduce a lo que puede reunir una mirada o a la forma que aísla, sino más bien, a una experiencia de superficie, al encuentro que se genera. Una relación con una confusión, con una creencia que nos lleva a tientas. Aunque la historia del arte ha hecho sistemáticos intentos por transformar la mirada en una disciplina, acoger imágenes tiene poco que ver con estar ante algo, con modular la justeza de esa distancia. Mirar no cabe en una mirada.
En una atmósfera cultural en que mirar es una suerte de enfermedad, una dolencia, un mal que nos ataca con una furia devoradora, habrá que preguntarse si mirar tiene algo que ver con fijar un punto de mira, como si las lágrimas que nos queman las mejillas no interrumpiesen esa supuesta rigidez.
Pestañear, pestañear, pestañear!
Pequeñas intermitencias que levantan contornos provisionales.
A mirarnos más fijamente pero sin punto fijo, a recuperar la fuerza que habita en nuestra mirada, no aquella que se congela entre las pantallas, sino la que nos atraviesa como un relámpago en donde se avista lo que nos espera.
[1] Tiqqun, La Hipótesis cibernética, A. Machado Libros S.A, Madrid, 2015, p.174.
La imatge pels éssers humans és forma de reconeixement més important. Crec que el problema actual prové de la suposar que existeixen maneres «de traducció» d’imatges en paraules: Computadora, internet, twitter, APP, API, recurs, getters, settters, … ;)
Interessant reflexió. ¡ Mira por dónde!