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La caída

Escrit el 20/09/2018 per Andrea Soto Calderón a la categoria Pura superficie.
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En esa danza entre el brío de la página en blanco, su espuma salada y algunas intensidades en la que a veces nos pone la vida, recordaba aquellas tardes tumbados después de almuerzo en que te leía Llamadas telefónicas de Bolaño. Era nuestra manera de cuidarnos mientras las ratas caminaban por las vigas a la vista que sostenían la precaria casa, encajada no sé cómo, en uno de los cerros de Valparaíso. Era justo el año que había decidido irme o más bien el año en que los astros y sus juegos habían preparado mi partida.

A Valparaíso siempre vuelvo y de alguna manera nunca me he ido.

Ahora ya no tienes ratas, tienes 3 gatos. Nuestros encuentros son siempre verticales y no los acerca el susurro, la única disposición horizontal es una mesa entre los dos que impide acortar cualquier distancia.

Esta ida súbita fue distinta, una llamada telefónica me pondría en una sala de hospital en Valparaíso, mi cuerpo tembloroso no sabía ni siquiera deambular, indefinida fragilidad, esta vez no era yo la que daba los alaridos, sino la que con alaridos atragantados los contenía.

Sacudiendo obsesivamente la ropa antes de vestir (ritual obligado para quienes conocen las arañas de rincón), buscando la ruta menos alzada para subir la cuesta en medio de una lluvia oblicua. Extraña experiencia la de no orientarse en la propia ciudad, tan extraño como no poder orientarse en el propio cuerpo.

Luis Guerra, Del acaecimiento de formación: cuatro estudios para lo que no existe, pinturas, acrílico sobre madera, 24 x 33 cm. Goethe-Institut Barcelona, 2015. https://www.luisguerra.org/

Una primera inclinación me hizo querer salir corriendo, huir de mi ciudad como quien se deja el aire queriendo huir de sí. Una segunda inclinación me hizo creer que en Barcelona se vive mejor, el precio de la leche es más barato, si te quieres tomar un café no tienes que dejarte 5 euros como en París, aún existe la salud pública y de momento no tienes que endeudarte de por vida para poder pagar por la educación, el transporte público es un lujo, hay parques y algo de tiempo, también hay mar. Tendencia interrumpida cuando me encontraba con aquello que tan bien describía Raúl Ruiz del habla de los chilenos “se juega con las palabras por puro gusto, se le da vuelta a un problema en todos los sentidos para festinarlo. La poesía popular no hace otra cosa … esta ebriedad de palabras me apasiona”[1], no solo la ebriedad de las palabras, diría yo, la ebriedad de las texturas, un saber vivir que no deja de buscar -en medio del capitalismo voraz- un tiempo no marcado, tiempos mínimos: el del ocio, la mirada, de la piel, del roce, de sentir la tierra incrustada en los pies, el jugo de las uvas chorreando por las manos, de sentir las patas de un perro apoyarse sobre las piernas, de la textura de las cáscaras de naranja en los bolsillos. Operando en el seno del presente para separarlo de sí mismo.

Estar atravesada por esas formas de escepticismo de las que habla Ruíz, de esa “locura de Demócrito” que un día empezó a encontrar todo divertido y con la risa comenzó a destruir la ciudad, porque sus ruidos eran contagiosos.

Entre las imposiciones, las contracturas del patrón y el estereotipo, temblar. Acoger y estar a la escucha de lo que René Char decía en su libro Partage Formel, “un nuevo misterio canta en vuestros huesos. Desarrollad vuestra legítima extrañeza”

Acudir a aquella invitación inicial del canto de Altazor o El viaje en Paracaídas (1919) de Vicente Huidobro a la caída.

Déjate caer sin parar tu caída sin miedo al fondo de la sombra
Sin miedo al enigma de ti mismo
Acaso encuentres una luz sin noche
Perdida en las grietas de los precipicios

       Cae
Cae eternamente
Cae al fondo del infinito
Cae al fondo del tiempo
Cae al fondo de ti mismo
Cae lo más bajo que se pueda caer
Cae sin vértigo
A través de todos los espacios y todas las edades
A través de todas las almas de todos los anhelos y todos los naufragios
Cae y quema al pasar los astros y los mares
Quema los ojos que te miran y los corazones que te aguardan
Quema el viento con tu voz
El viento que se enreda en tu voz
Y la noche que tiene frío en su gruta de huesos

Cae en infancia
Cae en vejez
Cae en lágrimas
Cae en risas
Cae en música sobre el universo
Cae de tu cabeza a tus pies
Cae de tus pies a tu cabeza
Cae del mar a la fuente
Cae al último abismo de silencio

Esta caída en mi ciudad me retumbó tan hondo que no pude sino entregarme a oír algún eco de ese nuevo misterio que canta en nuestros huesos.

No dejar de vibrar. La ciudad siempre te lo recuerda, en cada gesto, en cada subida por alguno de sus funiculares, entre el chirrido de las cuerdas, aquel llamado a la suspensión, a la risa, al llanto, a caer sin o a pesar del vértigo.

Dejarse caer puede ser uno de los tantos modos de articular una energía común que no tenga que bailar al son de una coreografía.

Unidad dividida. Trabajar colectivamente para que lo común sea desarrollar nuestra legítima extrañeza.

 

[1] Raúl Ruiz, https://www.ojoentinta.com/chile-segun-raul-ruiz/


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