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“¡Mamá, puedo ser artista!” Renta Básica y trabajo cultural

Escrit el 21/04/2017 per Hans Laguna a la categoria Cròniques dels Esmorzars, OPINIÓ, Renda bàsica i cultura.
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«Everyone, and friends and family
saying: “Hey! Get a job!
Why do you only do that only?
Why are you so odd?»

The Story of an Artist, Daniel Johnston

La Renta Básica (RB) está de moda. Abrimos el periódico y la encontramos en boca de políticos, economistas, plataformas ciudadanas e intelectuales de distinto signo. ¿Qué tendrá una propuesta que al mismo tiempo es defendida por viejos pensadores de izquierda y por emprendedores de Silicon Valley?

Por si a estas alturas alguien no sabe en qué consiste, aquí va una definición: la RB es una transferencia de renta de carácter individual, universal e incondicional que permite cubrir las necesidades básicas. Es decir, se trata de que todas las personas reciban, sin ningún requisito ni contraprestación, una asignación monetaria por parte del Estado que garantice su libertad material.

¿Por qué es deseable una RB? ¿Es viable? Aunque el tema da para mucho, voy a dejar de lado este tipo de cuestiones. Existe una enorme bibliografía al respecto (quienes estén interesados pueden echar un vistazo a la web de la B.I.E.N. o, para el caso español, la Red Renta Básica). Mi propósito en estas líneas consiste en plantear una pregunta concreta: ¿qué efectos puede tener una RB en el ámbito de las prácticas artísticas y culturales? La pregunta es pertinente, de entrada, por su rareza. Aunque la RB ha despertado un gran interés, su relación con el mundo de la cultura apenas ha recibido atención por parte de los académicos; del otro lado, la RB tampoco parece encontrarse entre las preocupaciones de los profesionales del sector. Nos adentramos, pues, en territorio prácticamente virgen.

Mi propósito en estas líneas consiste en plantear una pregunta concreta: ¿qué efectos puede tener una RB en el ámbito de las prácticas artísticas y culturales?

Antes de abordar la cuestión, conviene enfatizar un par de aspectos. En primer lugar, no hay que perder de vista que la RB no se plantea como una solución para todos los males de la sociedad. Uno no debe oponerse a ella, por tanto, con el argumento de que no arregla un problema que en realidad no pretende o no puede arreglar. Por muy feministas que seamos, sería absurdo oponerse a una política contra los incendios forestales alegando que no lucha contra el heteropatriarcado. En segundo lugar, la implantación de una RB comportará numerosas transformaciones cuyo alcance es difícil de precisar de antemano: ¿qué harán las amas de casa?, ¿qué pasará con el consumo de drogas?, etc. En este sentido, las hipotéticas consecuencias negativas de una RB siempre deberán valorarse en relación a las mejoras que con seguridad traerá consigo, y no constituyen en sí mismas una impugnación al núcleo de la propuesta. Cabe recordar que, cuando se debatía acerca de la conveniencia o no de aprobar el sufragio universal, desde la izquierda existía el miedo a que el voto de las mujeres, en la medida en que eran más católicas, diera lugar a resultados electorales más conservadores. Sin embargo, y a pesar de estas incertidumbres, el sufragio universal se acabó imponiendo por su incontestable fuerza moral y política.

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Ahora sí, empecemos. ¿Qué tienen en común tocar la batería en una fiesta mayor, ilustrar un libro infantil y bailar en un anuncio televisivo? Son, a bote pronto, actividades que calificaríamos de “artísticas” o “creativas”. También diríamos que requieren de cierta preparación y quizá de cierto talento, que suelen tener un componente vocacional, etc. De acuerdo. Pero lo que aquí me interesa destacar es otra cosa: se trata de trabajos mayoritariamente precarios. En general son empleos esporádicos (se trabaja por proyectos: el concierto, el libro, el anuncio), sin contratación (hay que ser autónomo, o facturar a través de otra empresa; en ocasiones se cobra en negro), mal o nada retribuidos, etc. Evidentemente, existe una gran diversidad de casos, pero semejante panorama es aplicable a una parte significativa de quienes trabajan en ese sector impreciso al que llamamos “cultura”.

Un estudio reciente sobre la situación de los actores en España lo deja bien claro: más del 90% de intérpretes no llegan a ser a mileuristas, un tercio tiene ingresos inferiores al umbral de pobreza, casi la mitad necesita buscar empleos complementarios, etc. Las circunstancias han empeorado en los últimos años y, para variar, afectan en mayor medida a los jóvenes y a las mujeres. Vemos, pues, que la realidad de la gran mayoría de actores y actrices no tiene que ver con la vida alegre que comúnmente se asocia al mundo de la farándula, sino más bien con las penurias típicas del capitalismo flexible del siglo XXI. ¡Ay, la bohemia ya no es lo que era!

Sucede, además, que el mundo del arte tampoco funciona como una meritocracia basada en el esfuerzo y las aptitudes individuales. De hecho, en las profesiones artísticas existe un claro sesgo de clase social. Como músico de la escena indie catalana siempre tuve la impresión de que la mayoría de compañeros que se dedican profesionalmente a la música y gozan de visibilidad vienen de buenas familias. Y, según parece, algo semejante sucede en el mundo del cine, la fotografía o la danza. Por fortuna, di con una investigación británica que demostraba que la hipótesis no era fruto de mi propio resentimiento de clase. El estudio mostraba que, proporcionalmente, hay menos actores con padres de clase trabajadora que contables o abogados de origen igualmente humilde. ¿Cuáles son las causas de tal infrarrepresentación? ¿Qué tiene que ver algo tan gris como las clases sociales con el reluciente mundo del arte?

De hecho, en las profesiones artísticas existe un claro sesgo de clase social

En un contexto de precariedad, disponer de un colchón financiero marca la diferencia. Imaginemos que una famosa productora busca actores para el rodaje de un videoclip que durará una semana. Aunque el sueldo es una ridiculez, participar en el rodaje es una gran ocasión para engordar el currículum y hacer contactos. Pregunta: ¿quién juega con ventaja a la hora de implicarse en el proyecto? Opción A: un joven y talentoso actor que compagina su vocación artística con un trabajo de camarero, cuyo sueldo destina mayoritariamente a pagar el alquiler. Opción B: un joven y talentoso actor que se dedica en exclusiva a la actuación y que, en épocas de sequía, recibe transferencias bancarias de su padre; ah, también vive en un piso propiedad de su tía, sin pagar alquiler –y sin su tía.

Si has contestado la opción B, entenderás por qué un ingreso público garantizado es una excelente manera de corregir el sesgo elitista presente en el ámbito de la cultura. Por supuesto, además de disponer de una estabilidad económica, las clases altas gozan de otras ventajas -como el llamado “capital cultural”- que facilitan su acceso a este tipo de profesiones, ventajas que una RB de por sí no corregiría. Sin embargo, que todo el mundo tenga un ingreso capaz de cubrir regularmente sus necesidades materiales supone un avance innegable a la hora de igualar las oportunidades reales de implicarse en una carrera artística. A fin de cuentas, lo importante no es, como dijo Joseph Beuys, eso de que “todo ser humano es un artista”, sino garantizar que cualquier persona que decida ser artista pueda efectivamente serlo.

Como es sabido, la RB es una herramienta que permite aumentar el poder de negociación de todos los trabajadores sin excepción

Además de democratizar ciertos privilegios hasta ahora en manos de unos pocos, una RB conllevaría otros cambios profundos en el sector cultural. Como es sabido, la RB es una herramienta que permite aumentar el poder de negociación de todos los trabajadores sin excepción, pues tienen una fuente de subsistencia que no pasa por el empleo. Con las necesidades cubiertas, en el mercado de trabajo todos nos encontraríamos en una posición en la que ahora solo se hallan los hijos de papá: no estar obligados a pasar por el aro. Esta circunstancia, no obstante, provocará una reasignación del valor mercantil de los distintos tipos de trabajo. En particular, es razonable pensar que el salario de las tareas más alienantes salga beneficiado en relación al de aquellas ocupaciones que -como las artísticas- comportan cierta realización personal.

Así, por ejemplo, tanto un músico como un camarero que cobran una RB estarán en una situación sustancialmente mejor a la hora de negociar su relación laboral con el propietario de una sala de conciertos; ahora bien, quienes vayan a servir copas y aguantar a borrachos hasta las cinco de la madrugada probablemente luchen con mayor empeño por su retribución económica que quienes, a pesar de realizar también tareas poco agradables (como cargar y descargar instrumentos, etc.), van a hacer algo fundamentalmente más gratificante como es interpretar sus propias composiciones y recibir aplausos por ello. De este modo, no sería de extrañar que haya músicos que, con una capacidad negociadora frente al empresario muy superior a la que tienen ahora, acaben por cobrar menos que el camarero o el taquillero, o incluso que estén dispuestos a no cobrar por su actuación, como sucede en la actualidad. Amigo músico, antes de rasgarte las vestiduras, piénsalo bien: no hay por qué lamentarse de esta situación si es fruto de una decisión voluntaria y no, como ocurre hoy, de la desesperación o la resignación. Por otro lado, que la precariedad laboral deje de tener sentido no implica que se vaya a rebajar el estatus de los profesionales mejor valorados. Los músicos que actualmente están bien pagados o mejor pagados que la mayoría (porque son capaces de arrastrar a un número suficiente de público dispuesto a pagar entrada, por ejemplo) podrán seguir estándolo en el caso de que exista una RB.

A buen seguro, los nuevos escenarios que abriría la implantación de una RB nos obligarán a repensar la esencia misma de las prácticas artísticas

Más allá de estas consideraciones, la RB plantea algunos interrogantes muy sugerentes que aquí solo voy a esbozar, a saber: si todo el mundo dispone de los medios materiales para ser artista, ¿proliferarán como setas las iniciativas al margen de las instituciones tanto privadas como públicas? ¿Qué tipo de relaciones se establecerán entonces entre los creadores y el público? ¿Cómo afectará todo ello a nociones tan arraigadas como las del genio creativo, la autoría individual o el reconocimiento? A buen seguro, los nuevos escenarios que abriría la implantación de una RB nos obligarán a repensar la esencia misma de las prácticas artísticas. ¡Doy por inaugurado el debate!

Para acabar estos apuntes, me gustaría señalar que la defensa de una RB no nos evita pensar cómo deben ser las políticas públicas en materia de cultura (ese es otro cantar). Del mismo modo, apoyar una RB tampoco es ni debe ser incompatible con otras demandas del sector, como la rebaja del IVA o las interesantes propuestas que están poniendo sobre la mesa colectivos como la Unión Estatal de Sindicatos de Músicos, Intérpretes y Compositoras. Eso sí, frente a las iniciativas sectoriales específicas, incorporar la RB en la agenda de reivindicaciones culturales presenta una ventaja evidente: al ser una medida emancipatoria para la gran mayoría de la población, defendiendo lo propio estaremos también defendiendo lo común.

 

(Aquest text està relacionat amb la tertúlia sobre renda bàsica universal i cultura que vam tenir el passat 5 d’abril).

Aquí podeu escoltar l’enregistrament de l’inici de la tertúlia:

 


Una resposta

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  1. RPB says

    És un debat interessant i l’article planteja moltes qüestions rellevants. Merci!
    Ara bé, en el panorama polític espanyol, el debat sobre la RB em sembla un futurible tan llunyà com improbable, per no dir coses més exagerades. Potser en una república catalana, a partir d’una estabilització i un govern potent (ni que fos en coalició) que defensés la RB, la qüestió seria possible.



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