Only the city is real – Lawrence Durrell
I am the city – Abba
Dakar:
Empezó agosto con una despedida. Empezó la despedida con el ramadán. Tras tres años me marcho de esta ciudad que me fue tan extraña y me es tan propia. Extraña y mía, como sólo saben ser las ciudades. Se desparramaban los nombres y las cosas sobre la cama esperando su hueco en la maleta. Los nombres y las cosas que son las historias y los libros, los cachivaches y los recuerdos, los esquemas mil veces rotos y recompuestos.
En la mochila iban también las libretas de mis tres últimos cumpleaños, crecidas con los años y las calles. Rellenas de los signos de interrogación que fui descubriendo al adentrarme en la ciudad y de los signos de interrogación que me sostienen como una línea de bajo. Signos de puntuación abiertos que marcan el paso y el itinerario por el mapa de los recién llegados.
Mapas descoyuntados para una ciudad que va a su bola, que tiene su ritmo de crecimiento hacia el cielo y hacia lo invisible. Que tiene su ritmo de ingestión y destrucción. Que se apropió de mi sin tenerlo yo muy claro. Que reconfiguró mi experiencia de lo urbano: un urbano con arena en las calles y corderos en el patio, con mercados de pescado junto el mar y centros comerciales desiertos, con farolas inconstantes y semáforos de nuevo cuño.
Y la despedida se convirtió en una colección de últimas voluntades. De despedidas de lugares y gentes. De infinitos paseos en bicicleta persiguiendo el rastro de mis recuerdos por las esquinas y de innumerables cervezas repertoriando la mella de los recuerdos en nuestros cuerpos.
Despedirse de una ciudad es casi tan difícil como descubrirla. Despedirse de una ciudad como despedirse de una misma. Del pedazo de tí que se queda y del pedazo de ciudad que has robado.
Barcelona:
Terminó el verano en Barcelona. En esta casa que es mía pero que habito sólo de paso. Con esta gente que es mía y me abraza fuerte cuando llego y cuando me marcho. Barcelona como un abrazo, un abrazo como un paréntesis. Punto de partida y de llegada dónde el cuerpo y la mente recuperan la posibilidad de vivir en piloto automático.
Dónde los sentidos responden sólo a impulsos y no a investigaciones. Dónde las palabras, tus palabras, se encuentran más cerca de las cosas, tus cosas. Pero tus cosas de siempre están almacenadas en cajas y tus cosas de ahora tienen que caber en una maleta. Y tus palabras se mantienen a flote en un mar revuelto de lenguas más o menos extranjeras. Entre tu voz y las cosas ha crecido una capa porosa de nombres posibles que dificultan el habla y condimentan la escritura.
Y tu ciudad, el lugar de dónde vienes y al cual vas volviendo, ha engrosado su lista de amantes y ha tenido tiempo de enamorarse mil veces en tu ausencia. Tú tienes arrugas nuevas y ella va por el enésimo lífting urbanístico. Os encontráis en el bar de siempre para tomar un quinto y habláis a trompicones de las últimas novedades y cuando lo nuevo se agota, dura unos minutos el silencio del reencuentro entre los yos nuevos y los viejos nosotros.
Nuestro nosotros transita ahora por mis anécdotas en presente continuo y sus proyectos en futuro imperfecto. Yo redescubriendo sus calles nuevas para ubicar mi nuevos recuerdos. Ella con las orejas abiertas para mis historias exóticas, tan coloridas que a veces parece que no le incumban. Como esa peli china tan interesante que ves versión original a la hora de la siesta. Como ese libro que reposa en tu panza antes de dormirte.
Alejandría:
Llegó el otoño en Alejandría. Por el camino de la precariedad hemos llegado yo y mis maletas a esta ciudad del viento. Por el camino de la recién llegada profesional llego a estas calles que me son tan extrañas y me serán tal vez propias, con el tiempo y las preguntas. Por el camino de las ciudades nuevas desfilan mis esquemas como las reses hacia al matadero, esperando resignados el golpe de gracia que les espera en la calle, a la vuelta de la esquina.
Mis esquemas y mis lenguas que se han acostumbrado a estar en estado de alerta continua. Con los pelos de punta, los poros abiertos y la sonrisa dispuesta. Relleno un armario nuevo de formas de vestir diferentes, de botones descosidos y de inviernos por llegar. Ordeno estanterías vacías con los libros que me sostienen y las novelas que todavía no he encontrado. Acostumbro un colchón desconocido a los huecos de mi espalda y al peso de mis sueños.
Abro la ventana y busco el punto de encuentro entre google maps y la vida que corre por estas calles, buscando las historias con que llenaré las próximas postales. Acostumbro los oídos al rumor del viento por las rendijas. Se hacen mis ojos a la luz de esta bahía, para poder abrirlos pronto a lo que todavía no veo porque no me cabe en el cuerpo. Con un cuerpo amable y cansado que camina por una ciudad que no sabe ser yo todavía. Con una urbanidad que todavía no se ha encontrado con mis historias. Con unas historias demasiado patosas todavía para andar por estas calles.
Con la esperanza resignada de cumplir la maldición alejandrina de Kavafis:
No hallarás otra tierra ni otra mar.
La ciudad irá en ti siempre.
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