Cuando no se tienen futuro ni perspectivas, si no se sueña, no se vive Alioune Diagne. “Toute sortie est définitive”
Es un edificio rectangular de cemento carcomido. Encima del alerón del proche, crece una fachada horadada que, con la delicadez de las construcciones industriales, nos deja entreverle el torso a un edificio robusto como los vecinos del barrio. Es un cine. Un cine cerrado. Con carteles de películas caducadas, con tarifas de cuando todavía podíamos pagarnos la entrada del sábado.
En la esquina hay una casita con jardín. Casita de autoconstrucción con filigranas de tocho y buganvillas violetas. De vez en cuando, los peatones apresurados que pasan rozando la verja, notan en el cogote la mirada estrambótica de un avestruz que les observa por encima del muro. Una casita con buganvillas y un avestruz en la esquina del cine.
Es el cine Liberté de Dakar.
Ya hace unos años que Cheikh Ndiaye se dedica a pintar las fachadas descascarilladas de los cines de Dakar con precisión alucinada. No se trata de un catálogo banal de cines abortados. Es la crónica dibujada de los últimos treinta años en Senegal.
El primer plan de ajuste estructural se negoció en 1985, la receta incluía una subida de los tipos de interés, el aumento de las exportaciones y la reducción de los presupuestos de educación y sanidad. No fue suficiente y en 1994 se negoció el segundo plan de ajuste estructural aliñado con una devaluación brutal del franco CFA que supuso la subida del precio de las importaciones, los carburantes y los alimentos básicos.
Mientras tanto el endeudamiento nacional seguía floreciendo obstinado y en 1998 los mercados reclamaban más esfuerzos. El tercer programa de ajustes llegó con nuevas exigencias. Había que privatizar los sectores que todavía eran públicos: energía, telecomunicaciones, transportes, agua.
Hace una década que el Liberté está cerrado. El segundo plan de ajuste estructural consideró que el sector audiovisual era un sector estrictamente mercantil y se procedió a la privatización de todas las salas del país. Los encargados de gestionar privadamente las salas públicas pronto se sacudieron las butacas para hacer terrenos en venta. Y cuando los negocios no funcionaron, los cines muertos de Dakar se fueron convirtiendo en conchas vacías y chorretones de pelis de Bruce Lee en las paredes.
Es un edificio rectangular de cemento carcomido. Encima del alerón del proche, crece una fachada horadada que, con la delicadez de las construcciones industriales, nos deja entreverle el torso a un edificio robusto como los vecinos del barrio. Es un cine. Un cine cerrado. Con carteles de películas caducadas, con tarifas de cuando todavía podíamos pagarnos la entrada del sábado.
En la esquina hay una doble fila de inmuebles idénticos. Pisos baratos de ciudad dormitorio. Y en los bajos de los bloques con ventanas rejadas y ropa tendida, un tenderete de macetas con flores de ciudad. Los transeúntes apresurados se paran a veces para recuperar el aliento en los bancos de ciudad de plaza dura. Y se regalan la vista con el tenderete de macetas de este jardín botánico proletario. Un jardín de macetas y bragas tendidas en la esquina del cine.
Es el cine Pisa de Cornellà.
Hay mil motivos para explicar su cierre y probablemente muchas difieran de la biografía oficial de la cinematografía oeste africana. Sin embargo, merece la pena tender la oreja a las reverberaciones de la canción que suena al fondo de las pinturas de Cheikh. Porque nos cuentan la historia de unos recortes que nos son familiares (educación, sanidad, cultura). De unas privatizaciones que han de salvar el país (transportes, telecomunicaciones, agua). Porque nos cantan la letanía de la cultura mercantilizada que nos salvará de la hoguera.
Porque ya podemos tararear esta melodía nostálgica de un tiempo que todavía no hemos vivido y empieza a nacer. Porque si entramos en las salas de cine de Dakar, podremos ver el trailer de nuestra película por estrenar.
Démonos prisa, pronto empieza la sesión golfa. La sala está a oscuras y la película hablará de nosotras.
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