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La falla política

Escrit el 18/03/2012 per Enrique Salom a la categoria Ho deixo anar.
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“Davant esta situació, és evident que té sentit preguntar-se si unes altres Falles són possibles.” Gil-Manuel Hernàndez (Foc de Falla)

La giornata d’uno scrutatore, de Italo Calvino (1963)i es una estupenda novela que recomiendo encarecidamente a quien no la conozca. La novela nace a partir de una experiencia personal de propio Calvino, como “escrutador”, lo que aquí llamaríamos apoderado del partido comunista en un Cottolengo italiano. En ella se refleja el clientelismo de la iglesia católica con la derecha italiana, y ese inmenso voto cautivo que es el voto de los religiosos y las personas impedidas a su tutela.

Foto: Teresa Martín @temaga

La idea que quiero desarrollar en este espacio es lo análogo (lo de los impedidos mentales en este caso no es equivalente, mis disculpas) de ésa situación con el voto cautivo fallero y la derecha valenciana, en este caso el Partido Popular, y la influencia que tuvo ese clientelismo una vez producida la desaparición (como poder político) de Unión Valenciana. La principal de ellas es la de otro modo inexplicable permanencia del Partido Popular en la alcaldía y por ende en la Generalitat Valenciana. Mi tesis es que la cesión en bloque del lobby fallero provocó que a su nicho de voto tradicional se uniera el voto militante, provocando un conjunto de votantes muy fieles y estables. Unión valenciana es un partido de derechas, tradicionalista y fundamentalmente implantado en la ciudad de Valencia.

Mi tesis es que la cesión en bloque del lobby fallero provocó que a su nicho de voto tradicional se uniera el voto militante, provocando un conjunto de votantes muy fieles y estables.

Podemos decir que aúna esa visión medio urbana medio hortelana tradicionalista juntamente con un pensamiento conservador y una continuidad formal y estética que se implantó durante el franquismo, como dice Pedro García Pilán “Nuevas estrategias de distinción y de dominación se ponen pues en marcha durante este período de «totalización festiva»”. Ya que fue durante ese periodo cuando adquirió las características fundamentales que observamos: “cambiar la faz del festejo y convertirlo en algo más elevado que lo fue en años anteriores. La fiesta de las Fallas… estaba considerada como una fiesta populachera y de barrio de cafetín… El que nos visitaba se llevaba la impresión de que Valencia carecía de la más elemental cultura y de que nuestro pueblo, que tiene fama de artista, ponía el arte al servicio del mal gusto“ (junta central fallera, 1939, citado en Ariño y Alcañiz). Las fiestas pasan de populares a ser algo regulado y vigilado, por peligroso. Progresivamente pasarán de ser hechas (el objeto-falla) por los vecinos a estar encargadas a profesionales. De una fiesta a vigilar por su carácter reivindicativo a algo que se pretende incentivar con premios y concursos, próxima y deseada por el poder.

Las fallas se hacen más grandes que nunca, empequeñeciendo los delirios de Calatrava, cuya causa (y a veces, estética) comparten. Sólo la crisis parece que nos salvará de ver un colapso por gigantismo, de ver un Beuvais fallero. Las razones de ese gigantismo son en realidad muy fenicias. El PP sabe perfectamente que las fallas son una fiesta relativamente cerrada. Hay pocos actos para los visitantes y turistas, incluso para los ciudadanos no-falleros. Las carpas que montan las fallas cortando calles públicas son privadas, para uso y disfrute exclusivo de los falleros adscritos y amigos. Las fallas son unas fiestas para los falleros. Visitar las fallas, los monumentos, es prácticamente lo único que Valencia puede ofrecer a los visitantes durante las fiestas, así que es natural que quieran hacerse lo más atractivas posibles. Atractivo, en la mentalidad política, debe sonar como “bien grande”. La comparación con el delirante “obrero de Dios” Calatrava (él mismo se definió así) resulta una vez más inevitable. La Falla se hace gigante porque así es más atractiva. Como los dinosaurios que nos resultan atractivos porque se nos podían comer.

La mímesis entre el fallero y el PP también funciona en el otro sentido, y los momentos festivos de los unos son elegidos por determinados sectores para expresar su protesta.

¿Cómo se consigue esta impunidad, que permite que tengas que permitir que extraños sujeten tirantes de acero a tu balcón, o que impunemente bloqueen la entrada de tu garaje durante semanas?. El precio es el voto. Los falleros y las falleras son un ordo militante del tradicionalismo de derechas, y, desaparecida U.V., el PP es el único garante de que se mantengan esos privilegios. Nada es gratis. Los petardos siguen su venta casi libre, y padres que reclamarían por un raspón en la rodilla de un chaval en el colegio con gusto le deja tirar petardos que causan perdidas de dedos, todos los años. Pero es tradición. Y cada vez que el sentido común protesta, el ordo fallero agita su comodín del voto. Ya dijo Bourdieu que, para analizar la génesis de un campo determinado, lo primero que hay que hacer es analizar la posición del mismo en relación con el campo del poder. Y en este caso resulta obvio que la relación de poder es la clientela del voto.

Y sin embargo, tampoco es gratuito. La mímesis entre el fallero y el PP también funciona en el otro sentido, y los momentos festivos de los unos son elegidos por determinados sectores para expresar su protesta. Tras los incidentes con las brutales cargas policiales contra los alumnos del IES Lluis Vives y sucesivas manifestaciones contra los recortes, sectores críticos expresaron su rechazo a estos hechos con silbidos e insultos a las autoridades. De un modo paradójico, el otrora burlesco mundo fallero se sintió objeto de escarnio ante los abucheos y silbidos a las autoridades con las que han acabado siendo simbiontes. Reconociéndose objeto de los silbidos (o defendiendo a los políticos locales), mostraron su repulsa (recalco la aporía de ser parte de un mundo supuestamente burlesco y crítico), rechazo éste seguido por todos los sectores del Mundo Fallero y la justificada respuesta de 15M a las exageraciones (“niñas vejadas”). En fín, como dijo Joan Fuster “Si la Falla és un instrument vivaç de crítica, hi ha fallers, en canvi, que no semblen gens disposats a deixar-se criticar i responen de manera destrempada a qualsevol glossa que no siga incondicionalment ditiràmbica”. Y Joan Fuster sabía con quien trataba: fue quemado en efigie en una falla en 1963 por “traidor a la patria”, aunque se parece más al auto de fe de un hereje.

Continúa en: (y 2) La falla social


Una resposta

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  1. Manel Gris says

    Os-tia. Article fantàstic, clarificador i de-mo-li-dor… Chapeau!



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