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(y 2) La falla social

Escrit el 18/03/2012 per Enrique Salom a la categoria Ho deixo anar.
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“Para que una cultura sea realmente ella misma y este en condiciones de producir algo original, la propia cultura y sus miembros deben estar convencidos de su originalidad y, en cierta medida, también de su superioridad sobre los otros: solo en condiciones de subcomunicación puede ella producir algo.” Claude Lévi-Strauss Mito y Significado

En el capitulo previo, “La Falla Política”, hablábamos ya de lo que supuso la profesionalización del “artista fallero”, que deja de ser un componente más de la falla a ser un especialista subcontratado para la ejecución de una obra. De un esfuerzo común con materiales de desecho pasamos a un profesional que firma un contrato. La falla es entonces un objeto comprado en lugar de un objeto-construido. Si se me permite la fácil demagogia, aunque descriptiva, es como si un padre contratara a un profesional del fútbol para jugar con el niño en el parque “porque lo hará mucho mejor”.

De objeto-participativo a objeto-observado. Aquí es fácil recordar a Debord “la alienación del espectador en favor del objeto contemplado [..] se expresa de este modo: cuanto más contempla, menos vive…”. El fallero y la fallera (citados de ese modo no por corrección política, sino por roles distintos) se quedan sin función. Y, por ello, ¿que hacen? Levantan barricadas. Bueno, no estrictamente, pero cortan calles para colocar enormes carpas prefabricadas, que conjuntamente con los propios tótem inflamables hacen imposibles de transitar casi 400 calles durante dos semanas. La castración como productores los lleva a las barricadas, podríamos decir. “Solo el bulldozer y el coctel molotov podrían cambiar el espacio existente”, decía H. Lefebvre. Se ve que no vino durante las semanas en las que Valencia es una ciudad en estado de sitio.

Hay aquí una “triple perdida”. Primero se perdió como manufactura popular (artefacto asociativo-reciclado) después el control político (franquista y de la derecha gobernante) eliminó casi su crítica de los poderes. Al final el turismo hizo que se perdiera como tótem privado de la tribu-falla correspondiente. Hablábamos en el artículo anterior sobre el crecimiento desmesurado del tamaño de las fallas. Es tal ésta, que las fallas de la periferia urbana con amplios solares copan los premios, al quedar las históricas prisioneras de sus estrechas calles y plazas. Su exhibición ahora se difunde y vende al turismo, y de hecho esta separada de la propia falla (no artefacto, sino asociación). El fallero solo la ve, y se vuelve a su carpa a hacer paella u organizar un bingo popular. La falla, a ojos del fallero, es ahora una Weltanschauung (Cosmovisión) que se ha materializado de repente en medio de una calle y no deja pasar los coches. La crítica al poder ha desaparecido. Al contrario, en una paradoja terrible, la Falla defiende al poder como se ve en la foto que ayer difundió @giuseppegrezzi, en la que se defiende al PP contra los silbidos de manifestantes (aquí atribuidos al partido político “Compromis”). Sin crítica nada queda, sólo su valor de mercado turístico. Gil-Manuel apunta que “Doncs bé, si hui en dia l’esfera global està dominada pel consumisme i la mercantilització, l’esfera local també ho està, tot i les resistències que s’hi puguen trobar. Definitivament, la vella cultura popular de les Falles ha sigut substituïda per la cultura dels diners, dels winners i del mercat, inseparable dels valors del neoliberalisme capitalista, uns valors que han acabat remodelant la festa fallera.”

Foto de Giuseppe Grezzi

La reacción a los abusos del lobby fallero viene de sectores de izquierda que aúnan sus críticas al modelo fallero ortodoxo, demandando una vuelta a la falla vecinal (en la que los vecinos son los que construyen el monumento y las actividades son con los vecinos, y no contra ellos), y una liberación de la ortodoxia estética introducida durante el franquismo. “la ortodoxia definida desde el punto de vista estético durante una época bien determinada del franquismo se resiste a ser desplazada. Pese a que no han faltado los intentos de innovación (ver Castelló Lli y Mozas Hernando, 2008), el rechazo a éstos significa que la ortodoxia ha silenciado a la herejía“ El ritual festivo desde la perspectiva teórica de Pierre Bourdieu. El modelo ortodoxo cada vez es más cuestionado por sectores sociales, próximos al asociacionismo de izquierda que buscan formas alternativas de disfrutar y construir la fiesta. Un buen ejemplo de ello es la falla Arrancapins. Su falla es construida por los propios integrantes de la falla. No tienen fallera mayor por considerarla una figura machista, y tampoco participan de la Ofrenda por ser mayoritariamente laicos.

Y sin embargo, pese a todo lo negativo que hemos nombrado hasta ahora, hay algo muy importante que no se puede dejar pasar, pese a todo: el modelo fallero, con todos sus problemas no deja de ser un modelo estable y sólido de asociacionismo. Las mismas características de organización e identidad que lo convierten en suculenta clientela son a su vez su fuerza. En tiempos en los que cada vez es más difícil (salvo ahora con las asambleas de barrio del 15M) encontrar asociaciones vecinales, la falla de barrio responde a ese criterio, aun con carácter festivo. Son estructuras organizativas en los que se produce relevo generacional y sustitución de cargos sin que suponga la desaparición de la asociación. Son lugares (físicos, ya que tienen sedes propias) donde la gente se conoce, se re-conoce y socializa. Lugares donde se organizan fiestas que poco tienen que ver a veces con las fallas. En ocasiones los locales de la falla cumplen funciones de locales semipúblicos que deberían estar cubiertos por el ayuntamiento. Pese a todo, es un modelo establecido que enseña permanentemente (aún a golpe de corte de calle) que el asociacionismo no solo es posible, sino también puede ser potente. Y como tales, estos grupos crean sociedad, una sociedad activa y movilizada. Esta ha existido en Valencia al margen de las fallas, no hay que olvidar el movimiento vecinal que hizo posible el Parque de Benicalap, por ejemplo, o la lucha del colectivo “Salvem el Cabanyal” que ha conseguido ni más ni menos que detener la planificada destrucción de un barrio por el ayuntamiento en su afán gentrificador, pero lo ubicuo y generalizado del hecho asociativo fallero es ciertamente muy remarcable en una ciudad tan grande.

La crítica en este caso se plantea a su clientelismo, a su dejarse querer por el poder y su falta de reacción en ese sentido. Su excesiva mímesis con los partidos políticos de la derecha pueden provocar a la larga, y si se persiste en los abusos (no olvidar la lucha de los vecinos de la calle Sueca contra los abusos de la falla homónima, ver la fina ironía de este ya mítico vídeo), se puede llegar a consecuencias no previstas: bien pudiera pasar que un mensaje de “acabar con los abusos falleros” llegara a ser atractivo al ciudadano. Y supondría un retroceso para sus privilegios. La crisis económica y el fin de las subvenciones públicas a muchas fallas van a suponer también un cambio. Muchas de ellas declaran ya en privado no poder continuar sin esos medios, así que tendrán que cambiar el modelo. La competitividad de decenios (impulsada desde el poder) y su excesiva territorialidad impedirán su fusión, así que es posible (y deseable desde mi punto de vista) que vuelvan a sus orígenes y vuelvan a construir su falla, y limiten sus actividades a las que puedan generar sus propios miembros. O pueden llegar a desaparecer algunas de las fallas, con lo cual también se aliviaría un poco la presión sobre el ciudadano.

La falla es un “capital simbólico” en el sentido que le da Bourdieu que ningún poder le puede arrebatar totalmente, y los privilegios de cortar calles impunemente, trepar a los balcones para sujetar sus iluminaciones sin ningún tipo de permiso, y erigir sus monstruosas iluminaciones les reportarán a la larga más antipatías que adhesiones. Y finalizar con una frase del gran Joan Fuster: “Desde luego, también convendría “tomar en serio” a las fallas de vez en cuando.”


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