Per Nando Cruz
Tras más de 15 años yendo a conciertos cada semana sigo preguntándome por qué aún no me he hartado de ver a grupos representando el viejo ritual, de escuchar canciones que en disco suenan mejor, de estirar el cuello y sufrir estrecheces… Creo que ya tengo una pista. El concierto es el único reducto en el que la audición de música aún es una práctica colectiva.
Años atrás la gente quedaba en casas para oír discos. Los vinilos no salían del comedor de su dueño a menos que este fuese muy desprendido o confiase en su amigo (y la aguja de su tocadiscos), así que eran las personas las que se desplazaban. Cogías el metro, llamabas al portal del propietario, te acomodabas en la alfombra y tenías unas horas para descubrirlos, en una experiencia compartida con un círculo reducido de personas.
El casete y el CD facilitaron el préstamo a discreción; préstamo que pasaba por una cita de entrega (llena de recomendaciones y ansias) y otra de devolución (e intercambio impresiones y quizá más discos). Hoy puedes traficar con archivos mp3 y links sin salir de la habitación. La evolución de formatos no es negativa en sí, pero trae cambios en las formas del consumo y lo que más se ha perdido es ese intercambio de sensaciones, a veces tanto o más valioso y enriquecedor que los propios discos.
Escuchar música se ha convertido en un placer privado, casi furtivo. ¿Cómo puedes percibir hoy la cara de estupefacción de alguien que está siendo tocado por la mística otoñal del “Veedon fleece” de Van Morrison por primera vez en su vida? ¿Cómo detectar el brillo en los ojos de alguien que te anuncia el alud de ruido que te sacudirá el día que te atrevas con el “Loveless” de My Bloody Valentine? Esas chispas de emoción aún saltan en los conciertos: puedes verlas en la cara de las niñas ante Spice Girls, en la sonrisa cómplice de tres compañeros de la facultad cuando Sonic Youth saltan al escenario, en el susurro de un chico diciéndole a su novia “¡esta es mi favorita!” justo cuando Benjamin Biolay anuncia “Brandt Symphony”, en el jubiloso pasillo de aplausos que abre el público para que el trío Megafaun llegue del escenario hasta la mesa del merchandising…
Lo más importante de un concierto (y eso ya lo dijo Billy Bragg en Bikini en octubre) no es el artista ni sus canciones sino que un puñado de gente salga de casa para compartir un momento. Sus reacciones (tarareando un verso que para ellos lo significa todo, entornando los ojos antes de un estribillo…) pueden revelarte detalles de las canciones que has pasado por alto durante años. La experiencia colectiva de escuchar música siempre será más enriquecedora que la individual. Por eso aún no me he aburrido de ir a conciertos.
“El roce hace el cariño”…bon article
Totalmente de acuerdo en que uno de los factores más importantes que todavían nos lleva a asistir a conciertos es ese punto de experiencia colectiva, para mí muy importante. Pero Nando, creo que obvias todo lo que tiene el intercambio de archivos P2P como experiencia colectiva. Desde las redes sociales o plataformas virtuales que los apoyan, al intercambio de opiniones entre humanos de todo el planeta (en foros, blogs o webs como esta), el actual mecanismo de intercambio de contenidos musicales hace que hoy en día se escuche más música que nunca y creo que no por ello se deja se intercambiar discursos y pareceres sobre un disco o un tema, lo que sucede que es a otra escala. Luego está el tema de cómo este intercambio voraz afecta a que mucha más gente acuda a la experiencia colectiva físico-presencial de la que hablamos (los conciertos)..
En todo caso, mi lado más románico entiende perfectamente a lo que te refieres.. Pero claro.. Los tiempos estan cambiando.
En lo que no estoy de acuerdo es utilizar el concepto “tráfico” en lugar de “compartir” y/o “intercambiar”.
Totalmente de acuerdo en que la experiencia colectiva suele ser más enriquecedora que la individual. Dicho esto, creo que el texto pasa por alto lo desgradable que resulta esa “experiencia colectiva” en muchos casos. Pienso en los conciertos de algunos artistas neocountry o de electrónica experimental donde son habituales los comentarios con aire de superioridad, como si los asistentes creyesen pertencer a un club selecto o algo así. También me causa rechazo ese público mitómano que ríe cualquier gracieta de su ídolo y parece más pendiente de aplaudir que de escuchar (y no me refiero a las fans de Tokyo Hotel, sino más bien a los de Bob Dylan o Caetano Veloso). Hace poco echaban en la tele un clip en directo de Pereza y se veía a unas niñas que llevaban una pancarta que decía “Odio el reggaetón”. Otra señal de que, por desgracia, muchos conciertos son una celebración más narcisista que hedonista.
També és cert, tot i que no és el mateix que el directe, que a través del format digital es comparteixen opinions sobre la música que hi circula. Molts cops he vist comentaris a un vídeo de youtube o a la pàgina web o facebook d’un grup o artista, o a un lloc web o blog qualsevol on s’hi referencia o comenta música. Aquests comentaris ajuden a saber què li ha sorprès més a la gent, què destaquen, què critiquen… Crec q aquesta escolta col·lectiva de música enllaunada (format que sigui) segurament ha canviat i ja no ens hem de desplaçar obligatòriament, però ho podem seguir fent -potser la gent de la nostra edat ho hem anat abandonant però els més teens encara ho practiquen, pel què veig pel carrer… amb els mòbils..-, i a més tenim el format online.
Felicitats per l’article i a seguir anant de concerts… i explicant-los! :)
Mi intención no era en absoluto poner en la misma balanza intercambio de archivos y asistencia a conciertos sino reivindicar lo segundo porque lo primero es ya tan habitual y mecánico que no necesita ser defendido (aunque igual sí magnificarlo un poco menos). Pero evidentemente un concierto no es el paraíso. Hay situaciones incómodas y escenas decepcionantes. Pero todo eso yo también lo considero parte de esa experiencia enriquecedora. Los ejemplos que pone Lenore lo son: ver cómo se adora ciegamente a un artista puede modificar tu forma de escucharlo, despertar tu espíritu crítico (por rechazo) y hacerte ver con otros ojos (menos condescendientes) cosas que antes ni siquiera le discutías. Son elementos que no entran en juego si tu relación con el artista es en casa y a través del soporte grabado.
De acuerdo con el último comentario de Nando. La parte sucia, incómoda, kitsch e imperfecta de los conciertos forma parte de su interés. El filtro tecnológico, ya sea en la versión 2.0, o simplemente en la producción técnica de discos y conciertos, limpia y facilita las relaciones, pero también las limita y en ocasiones las convierte en engañosas. Se dice que el conocimiento y la información se han convertido en el centro de nuestra organización social. Pues bien, creo que está claro que en el contacto directo es donde es posible captar más información condensada. Las relaciones 2.0. son un buen substituto cuando no es posible el contacto directo, pero no lo mejora. Y no me parece una idea romántica. Al contrario, es un modo de huir de las idealizaciones.