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El baile como distancia de seguridad

Escrit el 28/05/2020 per María Serrano a la categoria Ho deixo anar, OPINIÓ.
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Justo cuando están a punto de ser invadidos por el ejército de las máquinas y encarando una perspectiva más que probable de aniquilación total, los habitantes de la última ciudad humana existente en el planeta, de nombre Zion, deciden armar toda una señora rave, la fiesta de todos los tiempos.

Esto pasa en Matrix Reloaded y yo nunca entendí por qué. ¿Era un que nos quiten lo bailao, un gesto hedonista de darlo todo por perdido? ¿Era un modo de acompañarse colectivamente ante la inminencia de la tragedia? ¿Reflejaba tan solo el empeño de mantener algún tipo de tradición histórica verbenera de Zion por encima, incluso, de la amenaza de la aniquilación, una especie de afirmación cultural, “aquí se baila los jueves aunque nos invadan el viernes”? Hay quien me diría, por ejemplo la socióloga Barbara Eherenreich, que si tengo que preguntarme por las razones que tiene la gente para bailar junta en cualquier ocasión es solo porque mi propia mente -tanto como mi propia vida- está estrepitosa y tristemente constreñida por los imperativos de la productividad y del trabajo.

La misma Barbara Ehrenreich escribió un libro sobre todo eso y lo llamó “Una historia de la alegría colectiva” (Dancing in the Streets. A History of Collective Joy), y lo que sí cabe preguntarse es por qué no tenemos más historiografía en ese campo. Allí cuenta, apoyándose en investigaciones arqueológicas y antropológicas, que la primera forma de interacción entre seres humanos que podemos ver recogida en las pinturas del neolítico y calcolítico son escenas de danza, y que lo que cohesionaba a aquellos primeros grupos humanos era el baile, no el lenguaje. “El baile es la biotecnología de la formación del grupo”, dice. “Para las gentes prehistóricas los rituales de baile no eran un despilfarro energético. Invirtieron tiempo en la fabricación de máscaras y atuendos, gastaron deliberadamente calorías en la ejecución de las danzas, prefirieron registrar este tipo de escenas antes que cualquier otra actividad grupal. […] Sin duda aquella gente tuvo que vérselas con dificultades, a menudo bajo la amenaza de la escasez de alimentos, la enfermedad y los animales salvajes. Pero el ritual, de naturaleza danzante y probablemente extática, era algo central en su vida. Quizás sea solo porque nuestras propias vidas, mucho más fáciles en innumerables aspectos, están tan constreñidas por el imperativo del trabajo, que tengamos que preguntarnos por qué.”

Pienso sobre todo esto mirando una fotografía que en solo dos meses (aunque los meses de confinamiento, como los años de los perros, igual cuentan por siete años humanos) se ha quedado funestamente antigua. La hizo mi amiga Angie en un festival de música, hace un par de años, y siempre que me la tropiezo en mis archivos me transmite la vivencia abismal y feliz de la multitud que baila junta. Es noche cerrada y la foto está tomada desde la parte superior de una grada. Si allá abajo se intuye una masa difuminada de pequeñas formas redonditas que el cerebro traduce por cabezas de personas es solo porque están iluminadas por un resplandor sensacional que estalla al fondo del todo, donde estaba el escenario. Recuerdo bien la escena porque yo también me di la vuelta en lo alto de aquella escalinata para contemplarla -los cuerpos en movimiento sincronizado de quizás decenas de miles de personas dialogando con la música- cuando ya nos íbamos a casa aquella noche.

Foto: Angie Hernández

Aún ahora, al mirarla, puedo sentir la electricidad en el ambiente, la temperatura del aire de la noche, el pulso del fogonazo de los focos, el sonido de los graves mezclado con el de tantas voces, gritos y risas humanas entregadas solo a aquel baile, a aquel ritual común, a aquel momento presente. En el centro del resplandor estaba The Black Madonna y –se me ocurre ahora, aislada, sola, en mi casa, ignorando aún cuándo volveré a tocar con normalidad a otro ser humano, y acordándome de la historia de los bailes en común y la alegría colectiva de Barbara Ehrenreich–, aquellas miles de personas en comunión sincronizada con su ritmo quizás estén dándole al concepto “distancia de seguridad” un sentido distinto al que hoy entendemos y mantenemos. En el baile colectivo, en esa biotecnología de la formación del grupo, la distancia de seguridad es la cercanía, pues asegura la proximidad social y la cohesión como grupo humano. Bailar juntos, diluirse con otros en la música, sincronizar el cuerpo con el movimiento de otros cuerpos, es integrarse en la comunidad de una forma profunda, trascender el propio cuerpo en el cuerpo de la comunidad.

Esto me lo explicó un músico, Álvaro Marcos, muchos años antes de que yo se lo leyera a Barbara Ehrenreich. Fue casualmente en el mismo festival de la foto pero igual 10 o 12 años antes. Yo intentaba contarle a Álvaro algo que no llegaba a entender bien sobre mi experiencia en aquella cita anual, algo que me ha seguido llevando allí -y a tantos otros festivales más- cada año. Me complicaba explicándole que mi vivencia no era la de mero consumo cultural ni un pasatiempo volátil, me liaba para contarle que tampoco se trataba solo de ver a unas bandas más o menos potentes o vinculadas a mi historia emocional: “es también toda esta gente, también toda esta gente poniendo su mejor espíritu para flipar con lo mismo que tú”.

“Claro, esa es la experiencia de la comunión”, me dijo Álvaro, “la común unión”. Y me he acordado de ello en cada festival, en cada verbena, en cada concierto, en cada sesión de The Black Madonna, en las fiestas de mi ciutat, en mis cumpleaños, en las buenas bodas de mis amigos. Así que quizás por eso bailaban en Zion, como una forma de comunión, independientemente de que la escena de la peli, en sí, sigue siendo un completo delirio.

Si en aquel momento me costaba encontrar las palabras y los conceptos para explicarle a Álvaro aquella experiencia de comunión es porque no los tenía, nuestra cultura no reconoce la posibilidad de que esa experiencia trascendente suceda en ese lugar, llevamos demasiado tiempo desdeñando como improductivas las escenas de gente que baila junta como para que a una no le cueste entender racionalmente la intuición de que hay algo importante en ellas que poner en valor, pero lo hay.

Aquella experiencia prehistórica de la danza colectiva que nuestros antepasados quisieron dejar pintada en las cuevas facilitaba que los seres humanos pudiéramos hacer la vida en grupos de cierto tamaño, y no fragmentados: ni como individuos aislados ni en el formato de pequeños clanes al que hoy me recuerda tanto el concepto de la burbuja social. Sin el grupo éramos -y somos- mucho más vulnerables ante los depredadores, ya sean estos animales de presa o halcones financieros. Podría, entonces, concluirse, sin mucho escándalo de quienes antes que bailar prefieren quedarse acodados en la barra -ni de quienes leyendo mi relato de la comunión festivalera habéis pensado que soy una flipada-, que bailar juntos, juntas, nos protege de nuestra vulnerabilidad. Cuando Pina Bausch decía “Danzad, danzad, de otro modo estamos perdidos”, no podíamos imaginar hasta qué punto la cosa era literal.

Hablo de todo esto porque en la primavera de 2020 se han cancelado todos nuestros rituales danzantes –los festivales, las romerías, las verbenas, las ferias, las fiestas del barrio, las bodas multitudinarias, los cumpleaños que parecen bodas–, y aún no hemos hablado de ello. Nos hemos puesto rápidamente a ingeniar cómo traducir al modelo de distancia social todas esas citas, pero igual no pueden ser traducidas. Son prácticas de pegamento social, su sentido principal es acercarnos unas a otras, acercar nuestros cuerpos para acercar la tribu, la comunidad.

Cancelar los rituales danzantes (también lo cuenta preciosamente el libro de Ehrenreich) lo hicieron ya los romanos a medida que iban clavando el estandarte con el SPQR por todas las tierras de lo que hoy es Europa. Con el vexilum clavaban una cultura patriarcal, militarista, autoritaria, fuertemente jerarquizada y con voluntad de dominio expansivo sobre el mundo y sobre los seres que no pudieran -o no quisieran- vertebrar su identidad conforme al modelo de masculinidad autoritaria del soldado: mujeres, niños, ancianos, esclavos, pueblos conquistados con culturas más comunitarias, menos jerarquizadas, y con costumbres rituales danzarinas. Parece que no estaba bien visto bailar en Roma, se consideraba indecoroso. Roma quiso acabar con los rituales extáticos de trascendencia en la comunidad y, cuanto menos, consiguió dejarnos como herencia que el mero deseo de la danza colectiva nos resulte hoy incomprensible y ajeno, que nos suene bárbaro, incivilizado, improductivo, despilfarrador, indecoroso y, por ello, irrelevante, prescindible. Os suena esto. Esta es nuestra cultura. En Roma triunfó el militarismo sobre las viejas tradiciones del éxtasis comunal, y por eso los festejos de danza colectiva se sustituyeron por ordenados, jerarquizados y asépticos desfiles militares. En el ritual danzante colectivo la relación fluye en horizontal, sin intermediarios, entre el individuo y el todo, en los desfiles, las procesiones, los parades, los cortejos, los mítines…, la relación fluye en vertical entre una masa espectadora y una instancia superior agente, mediada por un mando, un oficiante, que marca los límites de la relación individual con ese momento común. Por eso no siempre estar juntos es estar juntos y no siempre una fiesta es una celebración.

Hasta hoy, las verbenas, los festivales, las romerías, las raves, las parrandas, han resistido como vestigios paganos de aquellos saludables pandemónium comunitarios. Hoy hemos tenido que suspender todas nuestras fiestas paganas, y nos hemos puesto a buscar veloz y casi compulsivamente cómo encajarlas en un modelo de disgregación, no de comunión, inventando trajes aislantes, fragmentaciones del espacio –pintando círculos en el suelo como ubicaciones de baile individual, a dos metros de distancia del siguiente; poniendo catenarias, mamparas y burbujas, marcando cuadrículas que nos seccionan de dos en dos– para remodelar unos eventos, unos momentos-lugares, cuyo único sentido es acercarnos.

Quizás durante mucho tiempo no tengamos más opción que bailar solas, en nuestro circulito dibujado con spray en el suelo, o incluso, bailar sentadas, a dos metros de la siguiente butaca, pero mientras bailamos distanciadas, ensimismadas, hagámoslo al menos preguntándonos qué va a pasarle a nuestra tribu humana si dejamos para siempre de bailar juntas.


3 Respostes

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  1. Pep says

    He trabajado sobre esto, sobre los movimientos y acciones corporales -y las distancias- de músicos y público en diferentes escenas musicales, acciones que incluyen el baile. Y porque tu texto me lo ha recordado, quiero resaltar las diferencias, tal como hace Franco Berardi, entre los eventos basados en la conjunción, en los que la copresencia física es primordial, y los basados en la conexión, mediados tecnológicamente, cualitativamente totalmente diferentes y mucho más previsibles.

    • María Serrano says

      Gracias por tu comentario Pep. Suena super interesante ese trabajo y si hay algo de él que se pueda ver/leer me gustaría mucho hacerlo. Muy de acuerdo con la diferencia que haces, creo que es más o menos eso en lo que yo estaba pensando que no siempre estar juntos es estar juntos y no toda fiesta es una celebración.

  2. Mercè says

    Maravilloso articulo!
    No deberiamos, de todas maneras, preguntarnos que dinámicas de cuido podemos incorporar como sociedad al baile y la celebración? Me refiero a reclamar el espacio social de reflexión para cuestionar estos nuevos modelos impuestos como via de reclamar el espacio de baile/comunión/celebración en si.



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