No sé si soy yo o cada vez veo más tiendas que venden objetos cuquis para el hogar. Tiendas atiborradas de cosas de colores pastel, rosadas, verdecitas, blanquitas y celestitas como las casitas del barrio alto de la canción que interpretaba Víctor Jara. Lo que me tiene loca de este fenómeno son los mensajes de energía positiva estampados sobre cajas, cojines y tazas, principalmente.
Tras realizar un paseo literario por algunas de estas tiendas me quedo con unas cuántas frases: “Hoy es un buen día para ser feliz”, “This is my happy moment”, “Relájate y tómate tu tiempo”, “Enjoy the little things”, “La vida es una aventura. Atrévete”… Parece que para abordar la cotidianidad necesitamos que nos respalden con palabras de aliento. La que más rabia me da es la que dice que disfrutes de las pequeñas cosas porque a las grandes no vas a tener acceso ni de coña nunca, maja. Frente a este coaching ñoño para modernxs flojos dan ganas de reivindicar la apatía y la depresión y gruñir como una osa en su cueva cada mañana al servirse el café en una taza de esas.
La sobredosis de zarrios con cuqui-consejos listos para decorar tu casa contrasta con la situación material de los hogares en algunas ciudades. Una casa, corrijo, un pisito de dos habitaciones puede costar 1.000 de alquiler o 300.000 de compra. “La vida es una aventura. Piso de 40m2, 950 €. Atrévete”. Eso debería poner en los cojines. O bien estas expresiones también comunes “Alquilar es tirar el dinero”, “Ahora es buen momento para comprar”, “Compre piso para invertir”, “No agencias. Solo particulares”.
La casa, interpretada desde su definición más material, nos exige vivirla a cambio de entregar la vida para pagarla. Se da la paradoja de que en ese intento de hacerse un hueco físico, de guarecerse en un agujerillo en esta vida, una se muere. Trabajar es ensayar la muerte, decía el colectivo Oficina 2004. Pues pagar estos precios es practicarse la eutanasia. Alquilar significa vivir en una mudanza perpetua y obligada gracias a los contratos de tres años. Una movilidad que va pareja a la velocidad con la que se mueve el flujo de dinero en el sector inmobiliario. La otra cara de la moneda, comprar, significa quedarse petrificada después de soltar no sé cuantos mil euros para la entrada del piso, ya ves, la entrada. Luego te queda pagar el salón, la cocina, las dos habitaciones, el balconcito…. Con ese dinero te compras dos chalés en mitad de la provincia de Teruel, bien grandes, con tierras y tractor. Eso sí, qué frío. Comparo lo que cuesta hacerse con un un piso en Barcelona con la historia de Emiliano, el padre de mi tío, pobre como todos mis antepasados (qué manía) que vivía en un pueblo aragonés donde había y hay casas-cueva. Emiliano se casó, cogió un pico, se fue a las rocas de las afueras del pueblo y ala, a darle hasta hacerse un hueco. Ojalá tener un pico, me digo.
Como explica el Sindicat de Llogaters la combinación entre una fuerza de trabajo precarizada y la especulación de la vivienda está produciendo “exclusión residencial”. El sindicato aporta estos datos: “El 83% de los desahucios en Barcelona en 2015 fueron por impago del alquiler. Mientras el precio medio de los pisos en Barcelona es de 801€, 1 de cada 3 trabajadores/as cobra menos de 843€.” Me pregunto, cuánto cobrarán los otros dos trabajadores.. ¿1.100? ¿1.500 si tienen suerte?. El dinero es la forma más explícita de poder. La nueva burbuja inmobiliaria produce micro desplazamientos forzados de personas que tienen ingresos para poder pagar una vivienda. Efectivamente, los desplazamientos forzados son formas de violencia, de violencia inmobiliaria… ¿se le puede llamar así? Sí, se le puede llamar así. En este contexto se abre un campo semántico del que forma parte la definición de “vivienda protegida”. Un campo semántico que señala los parches y las víctimas pero no tanto a los agresores y al sistema que produce esta situación de desigualdad. ¿Cuándo dejaremos de proteger a la vivienda para pasar señalar a los agresores? Hay vecinxs que ya han pasado a la autodefensa mediante la okupación de toda la vida o la creación de sindicatos de barrio, del sindicat de llogaters o la construcción de cooperativas de vivienda apoyadas ahora por algunos ayuntamientos del cambio.
En el viejo debate entre alquilar o comprar aparecen ahora más salidas, sindicarse y cooperar. Mientras voy de una a otra sin acabar de decidir qué hacer me vienen a la mente las mujeres-casa de Louise Bourgeois. Cuerpos femeninos que no se sabe si son casas o están atrapados en ellas. Como de momento mi cuerpo sigue conmigo puedo afirmar que es una especie de casa. Después de alguna reformilla yo creo estoy lista para entrar a vivir (me).
Louise Bourgeois
Femme Maison (146-1947)
Que verdad mas grande Elena!!
Pero dicha con mucha elocuencia como ya es sabido en ti,
cada vez que leo algo tuyo me sorprendes…como lo haces?
Gracias, Urbana. Qué gusto tener lectoras así! :)))))