su voz no habla, actúa [1]
Esto empieza con una imagen pixelada, se adivina un espacio oscuro con techos altísimos. Herrumbre crecida en los rincones de un hangar, ráfagas de luz que se precipitan hacia el suelo por los agujeros de un techo de uralita. Una voz robótica describe la escena resonando por los píxeles que dibujan y desdibujan lo que intuimos es una fábrica. Crujen los pasos fuera del plano y la imagen tarda unos segundos en reconstituirse cada vez que tiembla el encuadre. Alguien cuenta en árabe que la codicia de los antiguos dueños ha erosionado el pasivo de las cuentas, vendiendo como chatarra a peso toda la maquinaria, dejando que el sol y el viento se comieran el edificio. Avanza la cámara de sala en sala y enfoca a veces el detalle de un charco, a veces un golpe de sol entre las vigas, la voz dice “hoy en toda la fábrica reina la destrucción y el único sonido que se oye es el canto de los pájaros”.
Esto empieza en el trastero de un teatro, sillas plegables en círculo y dos pantallas grandes. La gente enseña la entrada y va entrando. En casi todos hay un algo distintivo: el pañuelo de colores, el eslogan de la camiseta, los zapatos comprados lejos de esta ciudad, ese punto étnico del collar sobre jersey negro, ese corte de pelo asimétrico en la nuca, ese ser gente que se conoce y se reconoce. Esa gente que somos nosotros ya está sentada y un texto blanco sobre fondo negro escribe en árabe en la pantalla “somos la asamblea de trabajadores de Numax, los 69 trabajadores y trabajadoras que quedamos de los 250 que componían la plantilla en enero de 1977”.
Esto empieza con una señora de sesenta años sentada en el centro de una tarima como de clase de universidad, secundada por dos hombres sentados a su izquierda, nuestra derecha. También ellos tienen unos cincuenta o sesenta años. Pelo rojizo, seguramente teñido, se parece a una bibliotecaria, o a una asistente social, o a una maestra. En realidad se parece a muchas amigas de mis padres. Podría parecerse a mis tías o a mi madre. La señora que se parece a toda esta gente deja que los señores sentados a su izquierda terminen sus intervenciones y se presenta “soy la mamá de Giulio”. Un pañuelo amarillo le cubre los hombros, se agarra una mano con la otra, ladea la cabeza para acercarse al micro y dice con voz un poco nasal, un poco aguda, “mi hijo era un chico de hoy en día, como otros muchos, que se fue a estudiar y murió asesinado y torturado”.
la voz, punto de encuentro entre la carne y el significado [2]
Esto sigue en la pantalla del cine, cuando aparece un grupo de hombres vestidos con bata azul. Discuten los detalles del mapa de la fábrica, trazan líneas de tiza en el suelo, se acercan y se alejan, calculan con pies lo acertado de la escala. Si el despacho del jefe tiene cuatro zancadas de largo, entonces el almacén tiene que ocupar por lo menos diez pasos. Una vez queda distribuido el espacio, se distribuyen los papeles. Yo seré el jefe. Yo seré el contable. Yo seré el policía. Yo seré el chivato. Yo seré el currela. Yo seré el capataz. Empiezan a representar el funcionamiento de una máquina, el capataz grita, la máquina se para, los currelas discuten, el jefe le da instrucciones al chivato, el contable hace inventario en el almacén. Durante una horita en el cine vemos como un grupo de obreros de Helwan escenifica el trabajo de trabajar.
Esto sigue en el almacén de un teatro del Cairo cuando nosotros, el público, observamos a la chica que lee las diapositivas y esperamos que pase algo. Siguiente diapositiva “un trabajador toma la palabra”. La chica que ha estado de pie desde el principio no dice nada, el público nos miramos en silencio, nos reímos nerviosos, hasta que uno de los chicos del corro se decide leer en voz alta el texto blanco sin saber si está haciendo lo correcto. Dice: “desde aquel día hemos vivido muchas cosas”, siguiente diapositiva, “hemos demostrado a todos, comenzando por nosotros mismos, que el trabajador es algo más, mucho más que un mero robot encadenado a la máquina”. Y una diapositiva tras otra, nos vamos viendo obligados a tomar la palabra para leer las palabras de otros, que en asamblea van decidiendo dejar de ser asalariados aún siendo trabajadores. Siguiente diapositiva.
Esto sigue en la sala de conferencias del senado italiano y la señora que se parece a muchas señoras que son maestras y están a punto de jubilarse se ha soltado las manos y gira las muñecas para narrarnos el rostro de su hijo “una cara tan hermosa, abierta, solar”. Se acurruca las manos de nuevo entre la mesa y el pecho, sin despeinarse, nasal y firme dice “de ese rostro que se había vuelto pequeño pequeño pequeño, que había tomado colores que no os cuento, lo único que yo pude realmente reconocer fue la punta de la nariz”. El señor sentado a su izquierda se seca las lágrimas, yo sentada ante el ordenador les escucho hablar de la punta de la nariz de un estudiante de doctorado especializado en el movimiento obrero egipcio. “Nuestros amigos en Cairo nos dijeron: lo han torturado, lo han matado como si fuera egipcio”.
reclamamos el eco de nuestra voz [3]
Terminamos al final de la película cuando la gente que ha venido al cine a ver una peli moderna y comprometida se lanza al debate con los directores. Yasmina y Philip, guapos de cara lavada y distraída, se prestan a hablar con la gente que se ha saludado al comprar la entrada. Tres o cuatro manos alzadas tienen ganas de explicar lo que no les gustó, afilando los puñales preguntan por los obreros. Acaso les han dejado ver la peli? Sí. Sabían los obreros que se estaban prestando a un experimento artístico? Sí. Creéis que los obreros han entendido vuestra película? Sí. Lo que parece que no hemos entendido, es la posibilidad de escuchar voces de hombres que se representan a sí mismos en el trabajo sin representar la imagen que de ellos tenemos. Los obreros, ese ruido de eslogan, ésa voz ronca de fondo.
Terminamos en un bar cerca del teatro. Les contamos a Roger y Txalo que a casi toda la gente le ha entusiasmado su pieza. Unos dicen que brillante, otros que imprescindible, que cómo mola hacer algo de obreros sin que sea propaganda. En parte porque es artificial, acabamos disfrutando del dispositivo, de tomar la palabra, con lo cuesta hablar en asambleas, y acabar diciendo las palabras de gente de los setenta, de cuando los trabajadores eran la clase obrera y tenían asambleas con nombre de utopía. Y bueno, repasamos las condiciones materiales de la gente que viene al teatro un domingo por la noche y las coyunturas se disuelven en cerveza y qué bueno decir en voz alta que tomaremos los medios de producción por la fuerza, aunque sea por boca de currantes del 74 en Barcelona y aquí sea ya 2016 en Cairo. Sabes? casi nadie en el público se sabía la Internacional. La catarsis opera y ser ventrílocuos del pasado nos disloca lo suficiente. Si tuviéramos la pantalla a mano la siguiente diapositiva diría como decía en Numax “no ha sido fácil, todos nos hemos visto obligados a romper los esquemas mentales que desde que nacimos, incluso antes de nacer, nos han inculcado”.
Terminamos al día siguiente, en twitter. El Corriere della Sera ha publicado una portada especial. Es una especie de montaje interactivo de la cara de Giulio Regeni compuesta a partir de las fotos de los 735 desaparecidos documentados en Egipto desde diciembre de 2015. De fondo se oye un loop con la voz de su madre que dice “no es un caso aislado”. Mientras uno bucea entre los nombres y circunstancias de 735 personas a las que alguien está buscando, en quienes transplantamos el catálogo de torturas documentado en el cadáver de un estudiante italiano, resuena la voz de una señora que se parece las amigas de mi madre: “no es un caso aislado”. Una voz que suena como una piedra al caer al pozo. Hace eco y en sus círculos concéntricos cabe mucha gente, la que quiere y la que teme, la que dice y la que calla, la que compadece y la que condena. La que no puede y la que no osa. La voz de una señora que no se parece a las madres de los 735 (y subiendo) no representa a nadie pero nos reverbera a todas.
[1] Franco Berardi: And. Phenomenology of the end.
[2] Franco Berardi: And. Phenomenology of the end.
[3] Noël X. Ebony. Déjà vu.
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