Aquest text està traduït al català
Pensaba, entonces, que acababa de perder un nuevo día.
No hubiese sabido explicarle a nadie en qué habían de
distinguirse esos días perdidos de otros que podían ganarse.
Mimoun. Rafael Chirbes
Hace dos meses que S vino a visitarme a Alejandría. Hace un mes que S volvió a Madrid. Miro las fotos que han quedado de su paso huracanado y cálido por casa. Risas al aire en un restaurante griego, amarillos robados en el muro de los vecinos, nuestras caritas minúsculas reflejadas en un espejo desconchado, todos los pañuelos de Alejandría en el vagón de las mujeres.
Tan contentas de vernos que celebramos tantas fiestas como viernes caben en tres semanas. Pasa la cámara de mano en mano, como jugando al conejo de la suerte pero sin besos y con zoom. Y con el café del día después hacemos recuento de los chismes y las botellas vacías. Y buscamos en la pantallita de la cámara las pruebas gráficas de noches largas como días de verano.
Dos amigos sonríen mucho, desenfocados y abrazados. La luz es amarillenta y borrosa. Al fondo se lee el póster del comedor “no tengo fuerzas para rendirme”.
Cuatro personas en la cocina, los ojos se hilan siguiendo las afinidades que nos entretejen. Y en medio un chico mira fijamente al objetivo como si estuviera de golpe desnudo.
Dos fotos de E apoyado contra la pared, fumando y casi solo. Triste por dentro en una, seductor y ahumado en la siguiente.
No es buena idea andar descalzo por el comedor, algunos rincones están pegajosos porque a uno se le cayó la cerveza y a otro la ceniza. Nos duele la cabeza pero ayer fuimos guapos, felices, ocurrentes. Y en algún momento alguien quiso sacarnos nítidos con flash.
Tres amigos sentados en el sofá. Los pliegues de la ropa les redondean las barrigas de treintañeros y un cerco de sudor les subraya los sobacos.
Dos chicas y tres chicos bailan en el comedor. Las faldas se arremangan muy por encima de lo decente y las camisas se desabrochan muy por debajo de lo elegante.
Un chico canta en el balcón. Un ojo más cerrado que el otro y en una esquina asoman dos botellas vacías, una de pie y otra camino del suelo.
Nadia Hotait. El principio. Video-instalación para la exposición Wekalet Nehna – Agencia Nosotros
Entre fiesta y fiesta producimos una exposición que nos hace muy felices. Llevamos meses tramándolo, rellenando los espacios en blanco para que las casualidades tengan sentido. Tres semanas. Tres salas aún vacías. Una de las piezas requiere trabajo de composición y remezcla de sonido y pasamos algunas noches retocando la misma melodía de dos minutos. Hasta que se nos queda tatuada en los pliegues del cerebro y ya no oímos ni matices ni armonías.
Sale el sol y casi hemos terminado. K dice que tenemos que vaciarnos los oídos antes de escuchar la pieza por última vez. Preparo otro nescafé y busco un cachito de pizza de ayer, desayuno de noche en blanco. Y antes de tumbarme para descansar las orejas K abre otra pista de audio. ¿Quieres escuchar algo importante? Le da al play y cerramos los ojos.
Suena una calle sin bocinazos ni derrapes de taxi. Hay un primer círculo de voces alrededor del micro. Una voz ronca dice une frase rimada. Y acto seguido la grita al aire. Una y otra vez. Repite la misma frase gritando muy despacio, como la música del walkman cuando se quedaba sin pilas. Y el grupo de voces alrededor del micro repite la consigna. Y se extiende la frase como círculos de agua alrededor de una piedra en el río. La reverberación de muchas voces da la medida del espacio. Una calle larga, tan larga que la consigna resuena hasta el horizonte. Una calle llena de gente, tan llena que los coches se han callado y sólo caben muchas voces roncas gritando. El archivo de audio tiene fecha de 28 de enero de 2011.
Abrimos los ojos y sonreímos.
Suena ruido de muebles que se arrastran. De cucharitas en un vaso. De mechero que no funciona. Un puñado de voces hablan alrededor del micro, de dos en dos, de tres en tres. Una voz canta por encima la madera que cruje, los sorbos de té y las bocanadas de humo. Alguien marca el compás a golpes sobre la mesa, un virtuoso repica la botella con una cuchara y es precioso como una sorpresa. La voz que canta se engalana chasqueando los dedos. Por los lados otra voz no se acuerda de la letra. Y alguien ríe. Y bailan las botellas, los vasos y las teteras. El archivo de audio tiene fecha de 11 de febrero de 2011.
Abrimos los ojos y estamos llorando.
Nos sabemos de memoria el dibujo del mantel de ese café, el barniz de las sillas, la marca de los cigarros, la cara de esas voces. Hemos cantado contentos al final de muchas noches pero con nuestras voces de ahora. Más afinadas y menos alegres.
Terminamos de editar y dejamos el desayuno a medias. Llegamos a la exposición para seguir con el montaje y en la primera sala se proyecta un vídeo en bucle. Es la escena final de una película antigua: un hombre y una mujer se besan, “Fin”. No sabemos si es un final trágico o feliz. Si es una despedida o un comienzo.
Es una incertidumbre decidida en la que nos reconocemos. Somos el misterio de una fiesta a media luz y la sordidez de una fiesta con flash. Somos la voz joven de las victorias a medias y la voz envejecida por euforias de antaño. La ilusión sin trampas de lo que hemos sido y el ilusionismo de lo queremos ser.
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