(exterior, noche)
La primera imagen es un tanque en el cruce de mi calle. Un tanque que durante semanas llegó al atardecer de cada día con un puñadito de soldados en el vientre. Un puñadito de soldados a pie de tanque, a pie de calle, controlando aleatoriamente los coches que enfilaban el camino a casa. Un tanque puntual para vigilar nuestros sueños hasta el amanecer del día siguiente. Cuando te portas bien, un tanque no hace ruido.
(exterior, mañana)
La segunda imagen es un grupo de estudiantes en círculo en medio de un descampado. Se juntan por lo menos una vez a la semana, justo antes del rezo de los viernes. No se sabe qué estarán tramando, seguramente más de lo mismo sin mucho éxito. Pero cada viernes el círculo se dibuja con precisión de delineante. Un grupo de jóvenes conspirando en círculo no hace ruido hasta que gritan.
(exterior, tarde)
La tercera imagen es una oleada de sonrisas en el vagón de las mujeres. Suben al tranvía un par de niños hombreados con su venta ambulante. Vagón arriba, distribuyen muestras de la mercancía. Vagón abajo, van cobrando el precio de la mandanga. Venden fotos del ministro de defensa, militar de mediana edad, presidenciable. Y una vez comprada la imagen, las mujeres observan la efigie y se sonrojan hacia adentro y se sonríen entre sí. La erótica del poder excita en silencio.
(interior, noche)
El primer sonido se escucha desde la cama. En lo que tardan en calentarse los pies bajo la colcha, en lo que tarda en amoldarse la espalda sobre el colchón, en lo que tardan en cerrarse los ojos entre las líneas de un libro. Suena la primera ráfaga de petardos. Después vendrán la segunda, la tercera y así ad infinitum. Cada día hay una boda, un bautizo o lo que surja y cada día termina con su ráfaga de fuegos artificiales. Y sabes que son petardos porque suenan espachurrados, con pedorreta de colorines. Sino serían tiros y sonarían distinto.
(interior, mañana)
El segundo sonido se escucha desde la cocina. En lo que tarda en subir el café, sube un enjambre de voces de niños por la ventana. Desde el patio de la escuela cantan algo que parece el himno nacional, aunque pueden ser suposiciones mías y de mis legañas. Acompañados los grititos por alguna especie de xilofón, suenan sus voces sobre los borbotones de la cafetera. Anunciando el día por delante. La patria suena inocente si se canta agudo.
(interior, tarde)
El tercer sonido se escucha desde el comedor. En lo que tarda el guardia urbano en dar paso a la marabunta de coches de norte a sur, desbarrando por el asfalto. En lo que tarda el guardia urbano en dar paso a los tranvías de este a oeste, chirriando por los rieles. Todo va bien mientras la simfonía de bocinas se alce sobre el crepitar eléctrico del tranvía
(silencio)
A veces se callan los rieles porque desaparecen los tranvías, en huelga por un salario mínimo que les llene la boca a los niños cantores. A veces suenan disparos porque provocan los estudiantes, rebentando a gritos el orden de los galanes uniformados.
Estudiantes que fueron niños y que al hacer la mili serán soldados y que tras prometerse serán maridos y esposas y celebrarán con fuegos artificiales el mejor de sus mundos posibles. Sonrientes en fotos trucadas sobre ruido blanco.
Todo va bien mientras las imágenes y los sonidos no se mezclen demasiado. Mientras veamos con un solo ojo y oigamos a tientas esa porción de mundo que nos alivia. Realidades a trozos sobre fondo rojo. Suena el silencio de los pedazos de realidad descartada. Silencio aumentado, caligráfico:
El silencio es una letra que ni se escribe ni se pronuncia,
El silencio significa silencio…
Naguib Surur. Hacer imprescindibile lo que es necesario
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