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¿”Buena cultura”? No, gracias

Escrit el 17/11/2013 per Ramon Faura a la categoria Comentaris al marge.
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Traducción de ""Bona cultura"? No, gràcies"

Supongo que la cultura es una colección de prácticas y una colección de los objetos generados por algunas de estas prácticas. Esta semana, en un debate a múltiples bandas sobre la cultura en los medios públicos, Joan M.Minguet escribía lo siguiente: “Una de las cosas que mucha gente no entiende es que una de las grandes misiones de la buena cultura, sobretodo en épocas de crisis material y espiritual como la nuestra, es enfrentarnos con la crisis, con las crisis, no huir de ellas, ni entretenernos en el sentido más alienante del término”.

A priori, nada que objetar. Nadie con dos dedos de frente puede oponerse a una idea de cultura basada en el pensamiento crítico, es decir, como herramienta que trata de comprender el mundo que nos rodea y no se conforma con discursos cerrados y fáciles. Sin embargo, si nos detenemos ante términos como “buena cultura”, “gran misión” o “muchas personas no entienden”, saltan las alarmas: buen alemán, buen español, buen catalán… buen cristiano, buen soldado. El término conlleva cierto fanatismo y también cierta frivolidad.

Para empezar, y esto es lo que me más asusta, cultura en singular. como si sólo existiera una cultura. Bien, podríamos entender que utilizada así, en singular, “cultura” aparece como aquella noción abstracta que acoge a todas las culturas, inclusive cuando estas luchen entre sí y, en cierta forma, se anulen. A fin de cuentas, esa forma cultural que explica el mundo del que vive en Pedralbes, juega al polo y vota a Fernández Díaz (disculpad el tópico) no puede ser la misma cultura del que se dedica a los Castells, trabaja como bombero y vota a Oriol Junqueras (otra asociación tópica por la que pido disculpas de nuevo). De hecho, la palabra “cultura” es lo suficientemente ambigua y confusa como para que ése que vive en Pedralbes pueda ser un ávido lector de Guy Debord y aquel que simpatiza con la opción de Joan Herrera colecciones pistolas automáticas. Al fin y al cabo, si el hacha de sílex se expone en los museos como cultura, también es lícito exponer una de las Mauser Banner que utilizaba la SS.

Hacha, daga y punta de flecha del neolítico halladas en Azay-Le-Ferron el año 1930.

Sin embargo, el posible valor genérico de “cultura”, un término ficticio en tanto que incluye cosas que se niegan entre sí, deja de ser genérico cuando lo determinamos con el adjetivo “buena”. Entonces sí, la cultura deja de ser algo abstracto y se convierte en instrucción moral (algo a lo que el texto de Minguet también alude: “formarnos”), nos reencontramos con su origen clasista. La cultura como ese repertorio articulado de formas con el que la élite impone un modelo de conducta al resto de habitantes (Minguet habla de “jóvenes”). Por ejemplo, la cultura palatina. Es a través de lo que se pinta y baila en la corte, del modo en que se habla y se come en la mesa, de la forma en que se viste y calza en el Palacio Real, Versalles o el Hofburg vienés que los buenos españoles, los buenos franceses y los buenos austriacos, acceden a un orden moral con carácter ejemplar. Eso si tienen dinero, claro. Si son pobres y no pueden comprarse unos zapatos rojos con tacón español o una gorguera de seda, si son campesinos e ir vestidos como el Grand maître de la maison du Roy o el Kammermeister resulta ineficaz cuando se trata de plantar nabos, entonces, ¡ay!, resultan incultos, vulgares i ajenos a la “buena cultura”.

MAUSER BANNER

Pistola Mauser Banner, Parabellum 9mm, comercializada en Alemania en 1939.

Es cierto que la producción industrial alteró la situación. Quizá eso explica que el hacha de sílex (pobre buen salvaje) no nos ofenda y sí lo haga una parabellum 9mm (codicioso industrial que odia al otro); que una se exponga en los museos de historia y la otra en el del ejército. Con la revolución industrial la cultura deja de cocinarse en la corte a fuego lento y empieza a fabricarse en serie en las factorías de Manchester. Es desde aquí que el discurso de la “buena cultura” deja de ser monopolio de las elites aristocráticas para aparecer también en boca de aquellos “revolucionarios” descontentos con la vulgaridad introducida por la máquina. A la componente clasista se suma una componente puritana.

En todo caso, antes y después de la revolución industrial, una situación paradójica y significativa: muchos objetos que hoy entendemos como “buena cultura”, en su día no disfrutaron de este prestigio. Nacieron con la firme voluntad de dinamitar el concepto “buena cultura” introduciendo elementos vulgares y frívolos o moralmente sospechosos o simplemente pobres. Pienso en la virgen muerta que pinta Caravaggio tomando como modelo el cadáver de una prostituta ahogada en el Tíber. Pienso también en la mítica exposición del Independent Group en el año 1956: This is Tomorrow; o en las pinturas de Dubuffet o en las “esculturas” de Spoerri. La lista de ejemplos es eterna. Todos acusados en su momento de banales y vulgares. Todos ellos, excluidos de la “buena cultura” hasta que alguien vino a desinfectarlos, extrajo las balas del cargador y los convirtió en mercancía cultural, es decir “cultura buena”.

Quizá quien desinfectó esas obras lo hizo de buena fe. Al fin y al cabo, gracias a su esterilización, podemos hoy verlos en los museos. Pero en todo caso, y al margen de su voluntad, actuaba como una agente del poder, esto es desnaturalizando el objeto y desactivando su carga crítica. A diferencia de una sandalia en la mano, una pistola sin balas expuesta en una vitrina es también un objeto banal.

 

Reflections resonate the contents 1956

Reflections resonate the contents. Pabellón de A+P Smithson en la exposición THIS IS TOMORROW (1956) . Fotografía de Nigel Henderson.

SPOERRI

Daniel Spoerri, Kichkas Breakfast-I. 1960


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