Perdido entre las laberínticas callejuelas de Alepo, la segunda ciudad de Siria, sobrevive polvorienta y semiabandonada una grandes joyas de la arquitectura civil medieval: el bimaristan Al-Arghun. Es, o más bien fue, un sanatorio especializado en enfermos mentales. Inaugurado en 1344, hace dos años aún recibía ocasionales visitas de extranjeros interesados por su insólita y asimétrica estructura arquitectónica. En su interior hay salas cuadradas y octogonales y otras más pequeñas y recónditas, a las que se accede por oscuros pasillos y que estaban destinadas a los enfermos peligrosos.
Por las explicaciones del estudiante de arquitectura que guiaba a los turistas, cabe entender que fue un hospital para gente adinerada. Algo así como una clínica privada de la edad media. De hecho, había sido la residencia privada del gobernador de Alepo antes de convertirse en sanatorio. (Bimaristan, por cierto, es una palabra persa formada por los términos bimar, que significa enfermo, y stan, que significa lugar).
El joven guía solía detenerse con especial interés en el patio central. Está presidido por una majestuosa fuente de piedra. Y sólo algunas estancias desembocan en ese espacio común; son las de los pacientes menos conflictivos. El sonido del agua y el olor de las flores que antaño rodeaban la fuente eran parte de la terapia de los pacientes en igual medida que los medicamentos que se dispensaban en la farmacia de la entrada.
También en aquel soleado patio, varios virtuosos instrumentistas contratados por el propio sanatorio tocaban para los enfermos mentales. Sí, en el siglo XIV, los árabes ya sabían que la música era beneficiosa para esquizofrénicos, lunáticos y deprimidos. El sonido de aquellos instrumentos calmaba sus nervios y los alejaba momentáneamente de sus infiernos interiores. Aquellos recitales vespertinos eran una actividad clave en su proceso de recuperación. La música estaba altamente recomendada por los médicos árabes, aunque sólo unos pocos privilegiados se pudieran permitir el lujoso servicio de la musicoterapia.
En la actualidad, siguen publicándose estudios encaminados en esa dirección: la de demostrar que la música es útil para tratar enfermedades de lo más diverso. Se sabe que puede estimular regiones dañadas del cerebro, que al contener información emocional ejercita la memoria de los enfermos de alzheimer, que al activar el riego sanguíneo es muy beneficiosa para personas que se recuperan de un paro cardíaco… Unos investigadores canadienses incluso afirman que hacer oír música a un bebé prematuro alivia sus dolencias, acentúa su apetito y, por lo tanto, acelera su crecimiento. También es cada día más habitual que un músico confiese que compone canciones para aliviar sus particulares dolencias emocionales.
Viendo la cantidad de gente que asegura hacer música sólo para ahorrarse un psicólogo, pienso que en algún momento de la historia debió producirse un motín en el sanatorio de Alepo. Tal vez algún médico punk convenció a la dirección de que era necesario llevar la musicoterapia un paso más allá e intentar que los propios pacientes tocasen algún instrumento. O quizás, en un arrebato colectivo, los enfermos tomaron el atajo de la automedicación y asaltaron la farmacia de la entrada. Sea como fuere, desde aquel día los enfermos componen canciones y engullen pastillas, convencidos de que lo único (o lo primero) que merece ser curado es su propio interior.
Extramuros del bimaristan, nadie sabe qué ha pasado. Nadie intuye que la vida y las reglas del sanatorio han cambiado por completo. En las calles de Alepo nadie escucha nada porque los pacientes siguen pasando la mayor parte del día cerrados en sus oscuras y herméticas estancias, tocando la guitarra al final de laberínticos pasillos. Los vecinos sólo han detectado que las imponentes puertas de madera y cobre de la entrada ya no se abren cada tarde, como cuando los músicos entraban y salían con sus instrumentos. La música ha dejado de circular de fuera hacia dentro y viceversa. De hecho, ya casi nadie se asoma al patio. Las flores se secaron hace siglos y el agua de la fuente ha dejado de brotar. El sanatorio ha perdido su sentido como espacio de servicio social. Sigue lleno de enfermos, sí, pero la puerta está cerrada por dentro.
Bonito texto que sugiere todo tipo de pensamientos paralelos y metáforas. Gracias Nando. Si realmente hubo ese motín en el sanatorio de Al-Arghun, me temo que mucho de nosotros, enfermos de música, debemos ser descendientes de aquellos internos sirios, buscando una salida constantemente.
Entre otras cosas, me ha venido a la cabeza el caso del ciclista italiano Gianni Bugno, que superó el pánico a los descensos después de una espectacular caía en el Giro del 88 con un tratamiento a base de música clásica. Y también me he acordado de algunos de los pasajes del libro “Oculta filosofía. Razones de la música en el hombre y la naturaleza”, del jesuita asturiano Juan Eusebio Nieremberg (Acantilado, 2004). Los textos son del s. XVII y dan cuenta del poder curativo de la música en algunos enfermos, cosa, según él, ya demostrada en las santas escrituras. Es particularmente fascinante la sanación de la picadura de la tarántula, que bien podría ser la explicación de porqué nacen fenómenos como los de “la ruta del bakalao”. Copio: “Es cosa constante y averiguada que la mordedura mortal de la tarántula – o araña de Apulia – sólo con música se sana. Deponen de esto Pedro Hispano, Amato Lusitano, Alejandro Napolitano y Mayolo. Traeré lo que este último, como testigo de vista, asegura hablando de los picados de este mortal veneno. Dice: ‘Maravilla es que fácilmente se ablanda la fuerza de este veneno con la música, porque yo puedo con verdad ser testigo que, oyendo instrumentos músicos, o cítara, o sonido de chirimías, luego, al momento, cesan su dolencia y mal y empiezan a bailar y danzar, prosiguiendo en esta ocupación como si estuvieran sanos y nunca hubieran tenido dolor. Pero si acontece que los que tocan las chirimías se paran, luego se caen ellos de su estado y vuelven a su mal si no es con continua música, bailen y dancen hasta que la fuerza del veneno se despida, parte insensiblemente por los poros, parte por el sudor’ “.
Me encanta como escribes, realmente tu narrativa me transportó a Alepo.