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¿Economía cooperativa en cultura? Prácticas y tentativas de la cultura de lo común (1)

Escrit el 20/03/2015 per Javier Rodrigo a la categoria Gestió cultural comunitària, Ho deixo anar.
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Para poder responder a la pregunta sobre la posibilidad de una economía cooperativista en las prácticas culturales hoy en día, y sobre todo de su posible traslación a una política cultural de ciudad, tenemos que echar la vista muy atrás. Así, una de las primeras cuestiones que nos tendríamos que plantear es que la economía cooperativa en cultura no es algo nuevo o novedoso. No estamos apuntando a un movimiento de vanguardia cultural, o a alguna nueva tendencia internacional sobre colaboración, mutualismo u otras designaciones diversas del mundo del arte.

Nuestra posición en este campo supone, en primer lugar, un esfuerzo por reconocer como los movimientos de ateneos populares, las relaciones de movimientos libertarios, la Escuela Moderna, y otros modelos de emergencias colectivas, en su seno eran formas de otra institucionalidad. Una suerte de emergencia política que ya entonces se movía por parámetros de economía social y, dicho sea de paso, ya trazaba otros escenarios de políticas culturales. De este modo, las prácticas de mutualismo, economías de la generosidad, colectivización de recursos y retornos sociales / comunitarios eran, no sólo simples gestos del momento, sino vectores articuladores de trabajo y de la política de la ciudad. Suponían elementos centrales de la vida y producción cultural que impregnaban la vida y los modos de relacionarse de las personas.

Lamentablemente, vemos cómo este campo de cooperación, no ha sido investigado y replanteado como experimento colectivo de política cultural

Lamentablemente, vemos cómo este campo de cooperación, no ha sido investigado y replanteado como experimento colectivo de política cultural. Simplemente se alude a él trazando una clara línea divisoria entre alta y baja cultura; entre la ciudad marca y su mercado global y la cultura popular y de proximidad. Todo ello fruto de cierta profesionalización y especialización de los expertos en políticas culturales y de su afán por trazar siempre la delgada línea roja de la Transición como punto cero. Esta distinción demarcó a los ateneos populares o libertarios como si fueran simplemente espacios de culturización y alfabetización, y no como prototipos de nuevas instituciones y experimentos de economías sociales. Vemos que este hueco marca un puente roto entre estas tradiciones y nuevas prácticas, tanto en el ámbito de economía social como de nueva institucionalidad o prácticas de economía cultural cooperativa.

Pese a lo descrito hasta ahora, afortunadamente esta ruptura no fue total, y en este punto es interesante pensar en algunas prácticas de emergencia de espacios autogestionados, en prácticas experimentales entre cultura y militancia de la transición como Video Nou, o en algunos casales de jóvenes y otros experimentos que desgraciadamente se empaquetaron rápidamente como animación sociocultural o simplemente como tercer sector. En este sentido, es curioso observar como estas experiencias muchas veces bebían de la educación popular y los movimientos sociales de Latinoamérica de los 70 y 80’s, o de los movimientos sociales y populares de los 60 y 70 durante el tardo-franquismo. No obstante como estos movimientos no eran reconocidos como cultura, y mucho menos buscaban una internacionalización del mercado cultural o sujetos “artistas-estrellas” para exportar en Arco, el Institut Ramon Llull o alguna bienal internacional de arte, fueron rápidamente desdeñados y poco reconocidos en el amplio campo de la producción cultural oficial.

Siguiendo esta argumentación, tampoco faltan, en la actualidad ejemplos de estas tradiciones en la ciudad

Siguiendo esta argumentación, tampoco faltan, en la actualidad ejemplos de estas tradiciones en la ciudad. De hecho, muchos de ellos, me atrevo a aventurar, son hijos de esas formas mutualistas de la cultura ateneista y popular antes mencionada. Podemos citar, entre otras, iniciativas como el Casal de joves de Roquetes, inicialmente un espacio de jóvenes auto-gestionado, ocupado en el año 1992. Este espacio fue gestionado por los jóvenes previo concurso público que ganaron con la entidad Roquetes project, trazando modos de trabajo cooperativo en una entidad de orden municipal.

Otros experimentos similares son el archireconocido y pionero Ateneu Popular 9Barris, como modelo de gestión comunitaria y ciudadana; junto con el Centre Ton i Guida, equipamiento de entidades coordinado por la coordinadora de Plataforma de Entidades de Roquetas, el Casal de Barri del Guinardo o el Casal de Barri de Prosperitat, entre otros muchos. Todos ellos espacios de cooperación cultural, que muestran una activación clara de los parámetros de las economías sociales, en estándares de transparencia, cultura local, reconocimiento de saberes y ritmos situados, retornos comunitarios, y relaciones sostenibles y de proximidad. Suponen una clara apuesta por una cultura no “transgénica”, y una apuesta por procesos lentos y slow. En este sentido por ejemplo el Ton i Guida se articula con el espacio de la cocina como matriz. Es el puchero y el fuego lento de un espacio doméstico de este equipamiento, eminentemente feminista como lugar de madres, cocineras y tareas domésticas, donde se producen y reproducen las políticas culturales de cooperación. Este enclave, dicho en términos de planes metropolitanos, dista mucho del fenómeno de los laboratorios internacionales y políticas de ciudad-marca, si lo comparamos con el programa de Barcelona-Lab o el nuevo Canódromo, dos espantosos ejemplos de nuevos laboratorios neoliberales de la internacionalización y depredación de Barcelona. Como tuiteó @casiopeaexpres: “Dejemos de hacer laboratorios y empecemos a hacer cocinas de la cultura. Leña y puchero en vez de ciudad marca”.

una recuperación de la fuerza cooperativa de la cultura también puede realizar este ejercicio de reactivar las diversas culturas populares y sus manifestaciones

En este sentido, una recuperación de la fuerza cooperativa de la cultura también puede realizar este ejercicio de reactivar las diversas culturas populares y sus manifestaciones, no como elementos esencialistas o identitarios en términos de pureza (folclores identitarios asignados a grupos específicos), sino más bien como prácticas cooperativas, colectivas y abiertas. Por ejemplo Compartir Dona Gustet, el breve experimento de la Coral Popular de Poble Sec, y otras experimentaciones. Estás prácticas no se sitúan en un escenario exotista o estanco, y aun menos en prescribir unas prácticas excluyendo a otras. Por el contrario, más bien se trata de entender la política cooperativa de lo popular, como los modos dinámicos en que las culturas se mezclan y construyen diversos tipos de sociabilidad, de códigos abiertos y de formas de compartir.

El impulso cooperativista atraviesa estos modos de colectivización de la cultura, por medio de prácticas plurales de cultura popular y de sujetos que generan cultura y también pueden dar lugar a experimentaciones e hibridaciones. El impulso cooperativista no trataría de fijar marcos, sino procesos de diálogo abiertos donde reconocer las mezclas, espacios y culturas tan diferentes que han configurado y configuran la metrópoli de Barcelona (tanto en un sentido clásico de cultura popular catalana, como en un amplio sentido en relación a otros grupos, culturas migrantes y otras manifestaciones diversas que constituyeron la vía de los barrios, las barracas y otras periferias de la ciudad). ¿Qué pasaría si recuperáramos los glosadors con los fenómenos de cultura hip-hop, o el flamenco con fenómenos de intervención política e investigación artística? Algunas tentativas surgen en iniciativas como lo desarrollado por Flo6x8, la plataforma bulos.net y su propuestas de Diálogos electroflamentcos o el proceso impulsado entre LaFundició y Lachó baji mediante el flamenco y la memoria en relación a la historia del barranquismo en la zona del Gornal (Hospitalet). En este abanico por tanto no estamos refiriéndonos tanto a frenar o dejar de promover prácticas de cultura popular, sino más bien a no dejar estancar las prácticas de cultura popular. Esto es, incluir en este rango fenómenos como las fiestas populares de barrios, los ateneos populares, otras manifestaciones y espacios diversos donde entren todo tipo de prácticas culturales, tanto tradicionales, como urbanas, o de otros grupos.

En este abanico por tanto no estamos refiriéndonos tanto a frenar o dejar de promover prácticas de cultura popular, sino más bien a no dejar estancar las prácticas de cultura popular

En definitiva, vemos que es necesario trazar otras genealogías de las políticas culturales, insertadas en fenómenos mutualistas y de prácticas de lo común que Barcelona ya estuvo experimentado en diversas manifestaciones desde principios del siglo pasado. Trazar esto quiere decir ir más allá de la delgada línea roja de la Transición, para aprender y revisitar nuestras tradiciones políticas sobre lo común. La tradición ateneista y cooperativa quedó arrinconada como cultura de acceso, no excelente o de vanguardia, cuando paradójicamente componía ya una forma compleja y global de entender la cultura y sus políticas. Este repensar comporta precisamente reconocer el rastro constante de esta tradición en diversas prácticas y políticas culturales en el presente. El reto es coser y tejer nuevas narrativas que den sentido a estas prácticas cooperativas que activaban la cultura como un bien común para todas.

 

Este texto está escrito a tenor de mi participación como miembro del eje de Guanyem Cultura. Presenta mi aportación a la mesa de la primera jornada pública que llevaba por título “Economía cooperativa de la cultura”. Pretende ser una breve reflexión sobre posibles tentativas a la hora de repensar los cruces y conflictos entre las políticas culturales y la economía cooperativa. Además, presenta alguno de los análisis y vectores que previamente trabajamos en un taller sobre economía social y cultura. Este texto sugiere tentativas y reflexiones, no tanto de forma prescriptiva, sino más bien descriptiva. Por lo tanto espero que apunte posibilidades y líneas de fuga, más que dictaminar de antemano qué es eso de una “cultura basada en la economía cooperativa”.

L'article té una segona part aquí.

2 Respostes

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  1. Pedro Jiménez says

    Gracias Javier. El ejercicio que haces, que al menos yo no he hecho en Andalucía, es muy interesante. Cuando nosotros empezamos a pensarnos desde la economía social, solidaria y cooperativa los referentes no han sido nunca desde la cultura. Así, que ya tenemos tarea. Al menos ver si realmente esas prácticas ateneístas qué resonancia han tenido por aquí.

  2. Pruden Panadès says

    A Catalunya, l’arquitectura del cooperativisme exemplifica uns precedents, ben tangibles, d’autorganització d’ampli abast. Dubto de si la tímida atenció que es dedica a aquest capítol del “patrimoni” obeeix a raons ideològiques, a raons de priorització i concentració del negoci turístic. o a simple ignorància. Potser és millor la desatenció desmemoriada que una atenció amb riscos de parc temàtic.



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