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Me encantaría, pero no me apetece

Escrit el 07/07/2013 per Rubén Martínez a la categoria Lotería de palabras.
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Comprometerse suena a lastre, a carga, a atadura. Oír hablar de compromiso hace saltar las alarmas de la autonomía individual. Debemos ser libres, independientes y autónomos. El primer paso para comprometerse es medir si nos cuadra con nuestro código privado o si es suficientemente placentero como para invertir en ello. Hay que sacrificarse para uno mismo, hay que comprometerse con causas de ida y vuelta. La libertad se planifica, el compromiso se gestiona, la autonomía se decide. O por lo menos, así está grabado en piedra en el decálogo del buen emprendedor y así son las vidas contemporáneas deseables representadas en algunos medios.

Paradójicamente, vivimos en un momento de profundas desigualdades mientras tenemos que sentir que decidimos en plena autonomía. Hemos generado anticuerpos hacia el compromiso ya que se presenta como elemento central de una vida gobernada por un “afuera”, una vida no deseable ya que contiene ataduras que uno ni elige ni controla. Actitudes hedonistas, individualistas, basadas en la búsqueda de autonomía plena que intentan negar la vulnerabilidad e interdependencia propia de la existencia. Cuidado, que el compromiso es sumisión. Así lo retrata Phoebe, una de las protagonistas de la serie Friends. En uno de los capítulos, Phoebe lanza un comentario que resume de manera sorprendente gran parte de esta doxa. Frente a la petición de ayuda de sus amigos en un momento de necesidad, Phoebe cierra la secuencia con un «Me encantaría, pero no me apetece»

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Descubrí este gag y su enjundia cuando Carolina del Olmo lo citaba en su maravillosa charla del Festival ZEMOS98. Durante su exposición, Carolina comentaba que «El chiste reside en que Phoebe confunde dos ámbitos radicalmente distintos, el de las preferencias con el de la obligaciones. Uno no hace un favor a un amigo porque le apetezca, lo hace porque se siente obligado. Por supuesto es estupendo que te apetezca aquello a lo que estás obligado, pero no tendría que ser una razón para ello.»

Si realizáramos una encuesta masiva sobre la actitud de Phoebe, seguro todos contestaríamos que actúa de manera egoísta. Su elección viene marcada por preferencias de las que es única beneficiaria, ignorando las necesidades de sus amigos. Su argumento es la no apetencia, es decir, no querer hacer algo que su fuero interno le empuja a pensar como desagradable o no deseable en ese momento. Phoebe actúa guiada por el puro hedonismo, una característica continua en ese personaje. La búsqueda del placer inmediato en la selección de una preferencia no solo determina esa decisión, sino que es un rasgo singular de su personalidad. «Es que yo soy así», parece que nos diga generosamente Phoebe. Esto podría venir acompañado del «por lo menos es sincera», ya que Phoebe será egoísta pero no trampea su postura. Hipócrita sería ese que, en una situación similar y con el mismo impulso de fuga de la obligación, buscaría una excusa tipo «me gustaría, pero es que ahora mismo no puedo» o «me gustaría, pero es que ya me he comprometido». Phoebe, en un comentario tan grosero como cargado de candidez, se salta ese protocolo de fuga políticamente correcto y muestra de manera cristalina su egoísmo. Típica situación donde, al no disfrazar sus preferencias, se considera que está ofreciendo una actitud sincera, singular e incluso simpática. Paradójicamente, podríamos pensar que esa misma singularidad es la que cultiva el vínculo de amistad en tanto que Phoebe no es alguien con quien podamos contar, pero se hace soportable como amiga por otro tipo de generosidad. La moraleja sería que Phoebe es una mala amiga porque solo piensa en ella, pero es egoísta de una forma tan desprendida que gusta ser su amiga. Una mala amiga que se convierte en buena por ser sincera en su maldad. Es especial.

Por otro lado, hay algo tremendamente poderoso en esa frase que enlaza con el comentario de Carolina del Olmo. Phoebe muestra una batalla entre dos ámbitos cargados emocionalmente. Por un lado, “Me encantaría”, es decir, me encantaría en tanto que sois mis amigos y me gustaría actuar de la manera acordada en ese estatuto que compartimos. Por otro lado, “pero no me apetece”, es decir, lo siento chicos pero antes que esas normas tácitas que nos vinculan y que fortalecen nuestro lazo, estoy yo y mis deseos inmediatos. La conclusión es clara: antes que nuestro compromiso están mis apetitos (aunque, sopresa, vale la pena ser mi amiga porque muestro sin reparos ese desacato a nuestro vínculo).

Como nos recuerda Carolina,  la teoría de la elección racional señala que bien sea diciendo que no le apetece, bien diciendo que sí, Phoebe siempre actuará de manera egoísta. Imaginemos otro momento donde los amigos de Phoebe corren con más suerte ya que resulta que sí le apetece y acaba ayudándolos. Bien visto, esto no dignificaría su postura ya que estaría actuando una vez más en base a su propio beneficio. Phoebe solo ayuda a sus amigos cuando recibe placer inmediato por ello y no porque se sienta obligada. Pero como comenta Carolina «hay decisiones que deberíamos tomar no por los efectos que tienen a corto, medio o largo plazo sino por el tipo de personas en que nos convierten esas decisiones»  Esa decisión convierte a Phoebe en una persona egoísta y poco amiga de sus amigos, pero fresca, sincera y singular. Sinceramente, menuda agonía.

En programas como Mujeres, Hombres y Viceversa de Telecinco la representación de esta correlación de actitudes es continua. Este programa se basa en el formato estándar de reality show de flirteo donde un chico o una chica tienen que elegir con cuál de los pretendientes que les intentan seducir se va a emparejar. Es una mera escenificación abigarrada de “cómo ligan los jóvenes hoy”, pero es interesante la alusión continua al cálculo de costes en todas las decisiones que aparecen. Son escasas las adhesiones a una causa, las decisiones sobre elegir mantener relación con esa u otra persona o la muestra de roles alternativos que no pasen por la combinación del «es que yo soy así» o el «me gustaría, pero no me apetece». Ni se plantea la idea de dejar a un lado mi manera de ser centrada en la suma de preferencias individuales para experimentar una entidad nueva que se va a construir con ese vínculo. La relación se plantea como acople de dos individuos que, sin perder su integridad, van a juntarse sin poner en suspense, repensar o poner en tensión aquello que los hace únicos y singulares. Una ficción que choca frente a cómo se establecen realmente los vínculos sociales, donde los afectos, las pasiones y la mutua dependencia tiene tanto de riqueza compartida como de renuncia, tiene tanto de acción individual como colectiva, tienen tanto de apetencia como de obligación.

No hemos sido educados para perder nada, sino más bien para acumular tanto y con tanta intensidad como la que usaremos para defenderlo frente a otros. Pero es que, y demos la bienvenida ya a este monstruo, comprometerse es renunciar. Construir una relación emocional poco tiene que ver con elegir una u otra caja de cereales en un supermercado, pese a que se nos insiste en que nos convirtamos en marcas y escenifiquemos nuestros atributos. El compromiso sitúa normas que no se basan en la razón instrumental, es decir, que se siguen en pareja o en comunidad pero no por el fin que se va a alcanzar ni tampoco porque estén ligadas a un placer inmediato. Cuando se construye un vínculo emocional se está produciendo una nueva entidad, una entidad que desde luego hay que pensarla y accionarla más allá de dispositivos coactivos, pero que ni es la suma ni tampoco el espacio intermedio entre quienes lo conforman.

Lo apasionante de un compromiso es que es más que la suma de las partes, pero comprometerse está tan cargado de alegrías como de normas y renuncias. En muchas ocasiones vamos a tener que lidiar con nuestros discos duros, guardando en un cajón lo que nos han enseñado que debemos considerar como inalterable: nuestra autonomía y nuestra libertad de elección. Es en esa libertad ficticia de sujetos sin dependencias donde todo compromiso es un marrón, donde todo vínculo es un pequeño atentado a nuestra autonomía, donde toda decisión ha de tener un fin guiado por nuestros apetitos. Esto nos puede llevar a percibirnos en un espacio normativo dominante, en relaciones opresivas, en un territorio donde nos encontramos subyugados a una norma que irrumpe el supuesto curso natural de nuestros placeres. Romper ese interfaz que confunde nuestra autonomía con una actitud egoísta pasa entonces por una palabra extremadamente significada y resbaladiza, el sacrificio. Y el sacrificio, descargado de su losa cristiana y alejado del decálogo emprendedor, es un elemento indispensable en el compromiso, pero desde luego es algo con lo que cuesta empatizar. ¿Sacrificarme?, me encantaría pero no me apetece. Bien visto, la actitud de Phoebe parece más cercana al sentido común y reporta muchos más beneficios a corto plazo.


9 Respostes

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  1. avallejos says

    Guillem, hablas, criticándola, de una ‘relación de pareja’ que “se plantea como acople de dos individuos que, sin perder su integridad, van a juntarse sin poner en suspense, repensar o poner en tensión aquello que los hace únicos y singulares”. No llego a entender eso de que, contra esta, una relación ‘que merece la pena’ (que se presenta como la negación de la otra) cuestione lo que hace ‘unicos y singulares’ a ‘los amantes’ (a los ‘comprometidos’ en la relación). Una relación que merece la pena (fundada en la autonomía personal) sólo puede ser aquella en la que se reconoce la radical ‘otredad’ del otro, nunca asimilable, es decir, la que asume la unicidad y singularidad del otro, mutuamente. Y una relación así no admite cálculo ni norma, ni imposición social alguna, y no es -ni puede ser nunca- algo inmediato ni puede suponerse previamente: es algo tremendamente singular y exige tiempo y ‘elaboración’ y quizá algo de sufrimiento, que no sé -creo que no- si puede confundirse con sacrificio, y para encontrarla no hay modelo que valga (y posiblemente escape a la lógica de ‘lo social’).

    No sé, creo que el texto, como el asunto que trata, está repleto de aporías.

    • Rubén Martínez says

      Buenas, pues gracias por el comentario.

      En realidad no hablo de relaciones o vínculos ideales, no intento hacer ciencia de algo tan complejo y poco dado a sistematizaciones. Tampoco hablo de “relaciones que merecen la pena”, no me atrevería. En el fondo, describo cómo se intenta normalizar que todo vínculo social venga precedido por un cálculo de costes. Sea ese vínculo comunitario, de pareja o del tipo que sea, se da por hecho que no puede atentar contra nuestra “autonomía personal”. Eso es una ficción que –como digo en el texto– choca frente a cómo se establecen realmente los vínculos sociales, donde los afectos, las pasiones y la mutua dependencia tiene tanto de riqueza compartida como de renuncia, tiene tanto de acción individual como colectiva, tienen tanto de apetencia como de obligación. No tengo idea sobre qué es eso de la “autonomía personal”, nunca he vivido un estatuto parecido. Es más, creo que nadie en el planeta tierra ha experimentado eso nunca. Eso sí que me atrevo a asegurarlo :)

      Saludos
      Rubén

      • avallejos says

        Perdona, Rubén, por llamarte Guillem. Acababa de enviar a unos amigxs la cronica que hizo Guillem sobre el encuentro 15mp2p en la edición catalana de ‘El País’. Y cuando me dí cuenta del error, ya era tarde: lo acababa de enviar. Ya era también demasiado tarde cuando me puse a escribir, espoleado por la lectura urgente de tu escrito. La ‘autonomía personal’ de la que hablo no es algo presupuesto, contra lo que se puede atentar con el establecimiento de un ‘vínculo’; todo lo contrario, sólo puede resultado del reconocimiento de una vinculación, y sólo llega a producirse de manera muy imperfecta en ese proceso, siempre inacabado, que nos lleva al reconocimiento de nuestras ‘limitaciones’, pero también implica, en cierto sentido, el control de éstas. No tiene nada que ver con un estatuto estable que se vive de una vez por todas, ni tampoco con la ‘libre eleccion’ liberal. Pero, bueno, lo dejo, que soy algo lego en estos temas. De todas maneras, gracias por tus incitaciones, en ese espacio colectivo de reflexión que algunxs habéis abierto desde hace ya un tiempo, y en el que soy neófito. Seguiré leyéndote. Un abrazo.

  2. Jordi Oliveras says

    No sé si lo entiendo bien, Rubén. ¿Qué es lo que haría mejor el acto de Phoebe si fuera acompañado de compromiso y sacrificio, frente al mismo acto realizado desde una motivación egoista? ¿Són incompatibles la actitud ética y comprometida con el hedonismo? Yo no lo tengo claro.

    Y tampoco tengo claro que impulsos espontáneos como el de Phoebe respondan siempre a este individualismo sistémico que apuntas. También existe la voluntad de ser aceptado por los demás -que ella expresa con lo de “me encantaría,…”-, que igualmente puede ser muy fuerte (e incluso tener facetas oscuras). No entiendo la frase “uno no hace un favor a un amigo porque le apetezca”. Quizás lo entendería si habláramos de desconocidos.

    Para acabar, desconfío del sacrificio supuestamente desinteresado. Creo que quienes no encuentran harmonía entre sus impulsos y sus convicciones, optando supuestamente por estas últimas, se lo acaban cobrando a los demás infringiéndoles sufrimiento. La historia está llena de “mártires” que se cobran su sacrifício por donde menos te lo esperas: kamikazes, curas pederastas, líderes que exigen fidelidad, “sacrificadas” madres que se lo acaban cobrando a sus hijos,…Una vez se ha asumido el propio sacrificio cae una barrera para considerar que el de los demás puede ser legítimo y necesario. Da igual que el sacrificio sea en nombre de principios colectivos o de principios individuales, al final creo que se lo haces pagar a alguien.

    Para mi el reto está en conciliar deseos, ideas y actos. Todos ellos me parecen material flexible.

  3. Rubén Martínez says

    Buenas Jordi, es cierto que hay que hilar fino con lo de negar el placer como algo central en nuestra toma de decisiones. ¿Cómo negarse a eso?. Claro, negarse a eso le coloca a uno en una postura asceta, pareciendo que defiende que todo placer mancilla o corrompe. Incluso, ya puestos, puede parecer que uno sitúe el sufrimiento o el dolor como indicador de una buena moral. Algunos compañeros cercanos así me lo han señalado. Pues bien, mi intención está lejos, tremendamente lejos de eso.

    Como dice la cita de Carolina del Olmo que resaltas: «Uno no hace un favor a un amigo porque le apetezca». Hasta aquí, como señalas, tampoco estaría de acuerdo. Pero, ep!, la frase sigue: «lo hace porque se siente obligado». Esto ya es más interesante, ya que sitúa algo que suena a dominación (la obligación), pero que en este contexto se trata de algo con mayores dosis de autonomía: la entrega. Entregarse al otro. Entregarse al pacto establecido con el otro. Esto ya empieza a sonar mejor. Pero de hecho, la frase sigue: «Por supuesto es estupendo que te apetezca aquello a lo que estás obligado, pero no tendría que ser una razón para ello». Esto ya lo veo clarísimo. No se trata de negar el placer, sino de qué virtud guía tus decisiones. Si te apetece, pues mejor. Y, por matizar más, hablemos de la virtud.

    Empezaré así: no creo que exista nada espontáneo en la espontaneidad. Es más, me parece una trama bastante confusa y cargada de falsos estímulos, de falsas libertades. Así lo resume el mítico “just do it” de Nike. O el también mítico e igual de apolillado “Free to choose” de Friedman. Claro, tan libre y espontáneo como tus condiciones sociales, culturales y políticas te permitan. Menudo plan. A eso no me apunto. Pero, a ver, es que ni Phoebe es espontánea. ¡Ya le gustaría!. Phoebe sería incapaz de no estar anclada a códigos predeterminados, a estímulos inmediatos faltos de toda virtud. Y no solo ella. Nuestros gestos están sobrecodificados, cargados de elementos culturales y políticos que nos determinan hacia el “homo economicus”. O asumimos esto o nos parecerá que somos un espíritu libre en cada cosa diferente que hacemos al día, en cada decisión maravillosamente espontánea y libre que tomamos, en cada paso que “emprendemos”. Evidentemente, no niego nuestra capacidad de acción (agencia) y que nuestros comportamientos son complejos y poco dados a ser etiquetados como buenos o malos. Pero si a algo hemos sido empujados es a no comprometernos, a no ser solidarios. Esa es la base del sujeto emprendedor y del “actor racional”. Y, cuidado, que solidario es un concepto interesante. La solidaridad toma sentido opuesto a la “caridad” y se nutre de valores colectivos, más allá de las decisiones individuales como las que recorren el altruismo. En la tradición republicana, esos valores cívicos eran el centro de la cuestión. Hoy parece no quedar rastro de ese republicanismo, menos todavía en los medios. Si tuviera que adherirme a algún marco de pensamiento para contextualizar lo que señalo en el texto, me quedaría con esa tradición. Una tradición en parte retomada en el llamado ‘comunitarismo’ de gente como Alasdair Macintyre o Michael Sandel. A ese sacrificio del hedonismo en defensa de la virtud cívica me refiero. A ese pacto entre la colectividad ejercida (no subordinada) y nuestras complejidades individuales me refiero.

    Resumiendo ;), estoy totalmente de acuerdo con esto, tanto el libro como la reseña que se hace del mismo aquí: https://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/732/El_mal_samaritano/

    • Jordi Oliveras says

      Hago un comentario rápido y parcial.

      Ni se me ocurriría qüestionar lo condicionado de nuestra espontaneidad, pero creo que discrepamos al mirar la amplitud de estos condicionamientos. Para mi no está sólo el sistema económico como condicionante de lo que nos apetece. Por ejemplo, les tenemos miedo instintivo a las culebras, y este miedo debe proceder de algún sitio ancestral que no tiene nada que ver con el sistema económico. También creo, como decía en mi comentario, que una parte de nosotros tiende al gregarismo. No sé de donde procede. Parece cierto, como dices, que el actual sistema económico-cultural nos invita al capricho individual, pero también me parece claro este impulso a ser aceptado por los demás en multitud de comportamientos (que igualmente aprovecha el sistema, por cierto). No sé si este experimento que encontré por la red (https://youtu.be/wt9i7ZiMed8) es serio o no -seguro que tu lo sabes mejor que yo-, pero me parece más que verosímil. Concuerda con multitud de observaciones cotidianas. Por algún motivo, parece que podemos renunciar a nuestras percepciones con tal de que los demás nos cobijen. Alguien me dijo -desde la antropología- que esto tiene que ver con que cuando íbamos en manada y nos amenazaban mil peligros era muy evidente que quien se unía al grupo tenía más posibilidades de sobrevivir.

      De hecho creo que sería contradictorio asumir nuestra interdependencia como idea y negar la posibilidad que nuestros impulsos no lo contemplen en algún lugar. Nuestro cuerpo tiene mucha información sobre esta necesidad de los demás.

      Visto así, como apuntaba, creo que el reto no está solamente en encontrar una norma razonable que imponga nuevos códigos a nuestra espontaneidad sinó que también hay que aprender a jugar con nuestros impulsos, que no son unidireccionales, sinó diversos y contradictorios, y articular el “diálogo” entre estos y los valores que asumimos.

      • Rubén Martínez says

        Pero Jordi, no he hablado del sistema económico, he hablado del “homo economicus”. Tampoco he hablado de miedos o fobias, sino del sistema de preferencias individuales que se pone en marcha para seleccionar un objetivo. Ahí es donde señalaba una supuesta “espontaneidad” que en el fondo es un gesto mediado. ¡No digo que no existan la espontaneidad y los impulsos!. Y me conformo con saber que somos materialmente interdependientes, eso, objetivamente, es una realidad.

  4. A. says

    Me ha llamado la atención ver la palabra “sacrificio” en el texto (reconozco que tengo mis más y mis menos con “renuncia” pero, sobre todo, “sacrificio”).
    Me pregunto qué es el sacrificio, una vez “descargado de su losa cristiana y alejado del decálogo emprendedor”, como tú indicas. Si existe algún motivo para seguir acudiendo a esa palabra y cuál podría ser. No sé, no acabo de verlo. En mi idea de compromiso no me encaja. Menos aún hoy que “sacrificio” está absolutamente fagocitada por el sentido común, sus “hay que sacrificarse”, “tenemos que remar” y demás etcéteras. Y no es que lo diga Lagarde, Merkel o el BCE, es que nos lo dicen a diario nuestros jefes o RRHH para justificar las reestructuraciones, los EREs, los cambios en nuestras condiciones laborales. La llamada al sacrificio -que nos bombardea con mayor o menor intensidad desde hace años (¿desde siempre quizás?)- se parece tanto a un precepto bíblico (el famoso valle) como a un anuncio publicitario, un auténtico sello de la hermandad entre economía y religión. Me confieso incapaz de entender “sacrificio” al margen de esa relación. Es una palabra demasiado cargada de significado.
    Saludos.

    • Rubén Martínez says

      Hola A., gracias por el comentario.

      Muy de acuerdo con el riesgo de usar “sacrificio”, he preferido que apareciera al final del texto y avisar antes de colocarla. Pero ni con esas uno olvida cuánto tiene de “ofrenda a una ser divino” o, como bien comentas, de entrega a un “sentido común” totalmente impuesto. De exactamente eso hablaba en un texto anterior titulado Hegemonía Cultural https://nativa.cat.mialias.net/2012/10/hegemonia-cultural/

      Pero me resonaba lo suficiente otra estética, como la de la película “Sacrificio” de Andrei Tarkovski, y también me animaba a usarla la dificultad por encontrar otros conceptos que expresen de manera tan descarnada ese “obligarse a uno mismo a apostar por algo que tal vez sus apetitos no consideran deseable.” Pero sí, entiendo que es una palabra muy antipática y que cueste darle oportunidades.

      Saludos
      Rubén



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