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Cuánta fruta, y yo qué viejo

Escrit el 24/02/2012 per Nando Cruz a la categoria Artesania i creativitat, Decreixement i cultura, El ruido de fondo.
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Saliendo de la exposición de Perejaume en La Pedrera, me retumba y carcome la propuesta del silvestre pensador y artista catalán. En su opinión, debemos aplicar a la cultura ese concepto de decrecimiento que ya cobra fuerza en ámbitos como la economía. También en el arte hay que producir menos, crear menos. Perejaume incluso plantea la idea de crear en sentido involucionista: descrear, despintar, desesculpir… Él se considera desartista.

Desconozco cómo se podría aplicar a la música esa idea de desandar el camino (¿descantar?), ese renunciar a la evolución de una manera que no fuese simplemente el estético y manido regreso a las raíces, pero no cabe duda de que la industria musical es, con diferencia, el sector cultural donde la sobreproducción ha rebasado más límites. Vivimos un más madera que, además de contradecirse con los tiempos que corren, ni siquiera apunta una evolución creativa sino que se convierte en pura y estéril acumulación de productos de consumo que jamás de los jamases podremos digerir.

El pop se regenera ad eternum, pues su impacto siempre es antiguo y nuevo (en este sentido, se podría comparar con las energías renovables), pero ahora me refiero más a productos sonoros creados con herramientas digitales de nueva aparición, baratas y fáciles de manejar, que, por un lado, democratizan la posibilidad de generar música y, por otro, abren la veda a una descomunal multiplicación del concepto de creador, entendido casi como un generador de productos apenas distinguibles. (Ahora me acuerdo de eso que decía James Murphy, de LCD Soundsystem: que mucha gente haga jogging por las mañanas no significa que todos puedan ser atletas).

Tanta abundancia de discos prácticamente clonados me hace pensar en las cadenas de fruterías que exponen radiantes pirámides de mandarinas, perfectamente redondas y sospechosamente fáciles de pelar, que nunca saben a nada. El proceso de producción (de fruta, de canciones…) se ha mecanizado de tal modo que el resultado final apenas genera sensaciones que no sean el déjà vu, la insatisfacción y, siempre, siempre, más hambre.

El martes, en un enésimo cruce de cables por haber comprado otro quilo de mandarinas que apenas disfrutaré, pensaba: ¿y si todos esos miles de músicos que graban discos en casa con softwares en serie fuesen algo así como un equivalente musical de todos esas otras personas que desempeñan trabajos basura? ¿Y las multinacionales informáticas fuesen unas ETTs que contratan, exprimen y desechan generaciones enteras de jóvenes con el solo objetivo de nutrir la cadena consumista? ¿Y si la función de esos repentinos creadores, función sin duda involuntaria, fuese alimentar el sector del ocio de la máquina capitalista y, al mismo tiempo, sepultar con tan aplastante mayoría, las escasas voces relevantes que sí deberíamos escuchar?

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6 Respostes

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  1. BR1 says

    Hola Nando, qué tal? sabes que admiro tu froma de escribir y abordar los temas y creo que el ángulo que has elegido hoy es muy interesante. Decrecimiento aplicado a la cultura. Igual que en economía, me parece uno de los caminos más fiables para el futuro. Puede que igual que los mejores restaurantes son los que tienen una carta breve y con personalidad, eso puede a llegar a la cultura. Donde, ahora más que nunca, la voz de tu amigo o medio fiable para que te recomiende música cobra protagonismo para no ahogarnos en el océano de sobreoferta. Y mejor que te recomiende un grupo o dos, en vez de treinta mil. Hasta aquí de acuerdo en todo. Ahora bien, decir que la democratización de la música sepulta a la poca interesante que hay por oir diría que no se ajusta a la realidad. Está claro que si salen a la luz un millón de discos por año, por decir algo, es imposible que uno se los escuche todos. Habrá quién escuche más blues, otros igual escuchan más raí y alguno más tecno maorí. Porque, efectivamente, igual que antes millones de personas hacían jogging, ahora comparten sus canciones, y eso no los hace músicos interesantes, pero sí, por primera vez en la historia tienen la posibilidad de que les escuche alguien más que su familia y sus amigos tocando en su habitación de cualquier pueblo o isla remota del planeta… y ese privilegio antes lo repartía a uno de cada mil músicos la industria discográfica, y ya recordamos a quién. Eso sí que sepultaba voces, muchas de las cuales quizás relevantes.

    • Nando says

      Ei Bruno, aquí igual hay un malentendido. Al hablar de “democratización de la música” no me refiero a “democratización del acceso a la música” sino a “democratización de la producción de música”. Nunca me parecerá mal que mucha más gente tenga acceso a mucha más música. Ni siquiera entiendo a esos que se quejan de que hoy sea imposible escuchar todo lo que se publica como si eso fuese un problema; será un problema para quien asuma que su deber es escuchar todo lo que se publica.
      Yo me refiero a que la proliferación de aparatos baratos y fácilmente manejables permite que cualquiera se pueda convertir en creador. Eso tampoco es algo malo en sí, puesto que facilitar instrumentos para que alguien pueda desarrollarse creativamente no puede serlo. Seguramente hoy un maorí estará grabando una canción que hace diez años no hubiese podido grabar, pero por cada maorí habrá 250 personas sólo en Brooklynn grabando un álbum. Y estaremos de acuerdo en que algunos de esos aparatos dejan bien poco margen de creatividad. De hecho, se están convirtiendo en productos de consumo en sí mismos. Antes el objeto de deseo era aquel que te permitía escuchar música. Ahora, el objeto de deseo es aquel que te permite crear música. A veces, puedes hacer ambas cosas con el mismo objeto. Que un mismo aparato te permita ser destinatario y creador es algo muy reciente. Es fascinante, sí, pero también es sospechoso.
      Los beneficios de cualquier avance tecnológico ya los tenemos asumidos. Pero en este caso yo prefería resaltar alguna de sus contrapartidas. Y poner un instrumento en manos de cada persona, además de darle la posibilidad de componer una canción, también es invitarle a desviar la atención sobre otra. Supongo que es decisión de cada cual decidir si su creación merece ser aireada y compartida. Pero es obvio que millones de canciones sepultan tarde o temprano a otros millones de canciones.

  2. BR1 says

    Entiendo la apreciación y coincido en que ahora millones de canciones “sepultan” a otros millones de canciones. Lo que digo es que antes, que se producían menos canciones, la industria discográfica, los medios de comunicación y los costosos procesos de grabación sepultaban millones de canciones que se quedaban en habitaciones y los locales de ensayo de todo el planeta.

  3. Santiago says

    Más allá de las conclusiones, los pro y los contras en este asunto, creo que la nota es extraordinaria, toca un tema que da vueltas y siempre es dificil plasmar en palabras, y me encanta cuando el tema es disparador en todo sentido. La mejor conclusión es esa, ya sabemos todas las cosas buenas, indiscutibles casi, pero, que se arrastra detrás de esto? El viejo dilema de la calidad por la cantidad. Creo que es el momento del renacer de los sellos independientes con personalidad, de la crítica especializada, y de otros lugares similares, como curadores de esta infinita cantidad de producciones, algo que ayude al escucha, a llegar a buen puerto con facilidad y armonía.

  4. Pep Rius says

    Molt interessant l’article. Molt. Personalment penso que hi ha un punt que mai es comenta, o molt poc i que per mi marca clarament la diferència: les lletres.
    Em sembla molt important tenir en compte que una cançó és música i lletra. I aqui és on per mi es crea una diferència important.
    La democratizació de les eines de creació és genial, de la mateixa manera q és genial que tots tinguem eines per escriure, tothom pot escriure, tots en sabem, i tots tenim accés a llapissos, bolígrafs, paper, llibreta o ordinadors.
    Això no ens converteix a tots en grans escriptors, ni de lluny.
    No passa res.
    El q si que trobo que questiona sobretot és el paper dels oients com a elements passius, els segells com a industria “amb critèri” i els crítics músicals com a elements a tenir en compte en el procés de selecció, de tria entre la muntanya de propostes.
    Totalment d’acord amb el comentari del santiago que fa referència al renéixer dels segells independents amb personalitat. +1!!

  5. Jordi Oliveras says

    También me parece jugosa la aplicación de la idea del decrecimiento a la cultura y la música. Creo que, además de reflexionar sobre la cantidad de producción musical, podríamos aplicarla a otras dos dimensiones: la calidad de los medios para la producción y, sobretodo, al consumo.

    Manolo de Astrud me hizo pensar hace unos años (https://nativa.cat.mialias.net/2006/05/forum-dindigestio-2006-manolo-martinez/) en que los nuevos tiempos quizás nos harían perder el disco como obra producida con muchos medios -ponía de ejemplo el Pet Sonds-, y ahí yo, que soy de los que piensan que es una sandez lo que dicen cuando dicen que la música sin industria morirá, no puedo dejar de sentir algo de pena. Pero también me motivan reflexiones como la que hacía desde otro frente, el del arte, Javier Rodrigo (https://nativa.cat.mialias.net/2012/01/politicas-culturales-mediacion-y-decrecimiento-cultural/), cuando precisamente defiende la modestia en los medios de producción, en este caso para las exposiciones, en favor de un arte más compartido.

    Por otro lado está el consumo, que quizás es lo que más me interesa. En algunos entornos se da la paradoja de que se es socialmente crítico con la gula en el consumo material pero no con la gula cultural. Tener dos coches o dos casas es dejarse llevar por el afán de consumo, pero ir loco por no perderse un estreno y oir toda la música del mundo es “guay”. Pues yo soy de los que piensa que no hay tanta distancia entre las dos actitudes, y que pensar en el consumo moderado y lento de la cultura también va en favor de la calidad de la vivencia cultural. Por lo tanto, estoy a favor de pensar en el decrecimiento aplicado al consumo de cultura.

    Por cierto, puestos a abusar de enlaces, recomiendo el documental “La era del individualismo” que creo que da pistas sobre como consumo cultural y material pueden estar relacionados. https://vimeo.com/11422945



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