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Bowie, se vende (el documento como monumento)

Escrit el 13/11/2022 per Ramon Faura a la categoria Comentaris al marge.
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L’original del text en català.


En 1998 Tod Haynes estrenó Velvet Goldmine. Una de las cosas extrañas de la película era que, pese a basarse explícitamente en David Bowie, no incluía ni una canción del artista. A mí la película me gustó (no la he vuelto a ver, no sé ahora qué diría) y además, me sirvió para descubrir a los Roxy Music.

Al parecer, Tod Haynes no logró que Bowie le cediera sus canciones para la película. La versión oficial dice que Bowie planeaba sacar un documental sobre el mismo tema: el paso de Ziggy Stardust al duque blanco de Young Americans. Otros dicen que a Bowie no le gustó la imagen que Haynes proyectaba de él.

Cuatro años más tarde de Velvet Goldmine, Tod Haynes estrenó Far from Heaven, una fantástica revisión del melodrama Hollywood años 50, con Julianne Moore y Denis Quaid. Después, volvería a darle la vuelta al infame género del biopic, creo que también con éxito, en I’m not there. En este caso, se centraba en Bob Dylanl interpretado por varios actores distintos sin ningún ánimo de verosimilitud física. Uno de los Dylans, el de Blonde on Blonde, lo interpretaba Kate Blanchet, otro, Marcus Karl Franklin, un chico negro de unos 13 años.

Bowie fotografiat per Sukita (1977)

Supongo que si Bowie llegó a ver alguna de esas películas y otras que Haynes hizo después, un poco, quizás un poco, se arrepentiría de no haberle dejado incluir su música. Y no porque Velvet Goldmine acabara revitalizando el legado de los Roxy Music, con su querido Brian Eno, sino porque, nos gusten o no, las películas de Tod Haynes cuentan cosas.

Una de ellas muy relacionada con el propio Bowie: toda identidad es una construcción artificial y, por tanto, frágil y falsa por defecto. En Far from Heaven el marido ideal esconde su homosexualidad en los conservadores Estados Unidos de los años cincuenta. En Velvet Goldmine asistimos a la transformación de Ziggy en el Duque Blanco. En I’m not there, el papel de los poliédricos Dylans (¿cuál es el verdadero?) son interpretados por actores que físicamente no se parecen entre ellos ni, por supuesto, a Dylan.

Las dos figuras que Haynes elige para reflexionar sobre la identidad no son casuales. La transformación. Si Dylan, cantaba The Times they are a-Changin en el año 63, Bowie cantaba Changes en 1971. Dos artistas siempre en mutación y difíciles de adscribir a un género concreto.

Todo esto lo digo porque el otro día fui a ver a Moonage Daydream de Brett Morgen. Una primera pregunta antes de verla era ¿Cómo lo ha hecho para que le dejen no sólo las canciones, sino una ingente cantidad de material audiovisual sobre Bowie?

Para entenderlo, un dato que no deberíamos pasar por alto: en enero de este mismo 2022, los herederos de Bowie vendían a Warner los derechos de todo su repertorio por, dicen, 250 millones de dólares. Es de suponer que Warner, uno de los tiburones más grandes junto a Sony y Universal, no sería tan cuidadoso, artísticamente hablando, con el legado de Bowie a la hora de sacarle rendimiento económico a su inversión. Y me temo que la cosa esta del Brett Morgen es la primera prueba.

Imán, la viuda de Bowie, no me da la razón. Dice que biopics no y que documentales sí. Yo tengo la sensación de que el problema no va de géneros, sino de perfil. Ceder los derechos a un director con voz propia (de hecho la idea original de Haynes era hacer un documental, idea desestimada cuando no se le cedieron las canciones) o cederlos a un técnico obediente, sin nada que decir y rodeado de un equipo competente. Tony Visconti incluido.

Sí, salí del cine de muy mal humor después de ver a Moonage Daydream. Entre otras cosas porque había conseguido convencer a Nic, mi hijo, para ver un docu sobre un mito que a él ni fu ni fa. Después de la paliza de las dos horas y media más planas de mi vida, trabajo me costó convencerle de que sí, que Bowie vale mucho la pena. El problema de la peli no era que yo fuera demasiado fan y la peli no fuera amable con el mito. Más bien lo contrario. De hecho, flipo con Nic, si no me fascinara Bowie, no hubiera aguantado ni en broma dos horas y media de película. Dos horas y media en las que no se explica nada, absolutamente nada, además de tratar al espectador como si fuera un adicto al scroll.

Servir un tomate buenísimo en un plato, no te convierte en cocinero. Ponerle un poco de aceite y sal, tampoco. Salí de muy mal humor porque pensaba: mamonazo, con todo el material al que has tenido acceso, con todo el dinero del que has dispuesto para restaurar antiguas filmaciones… con el interés que ya tiene de por sí cada uno de los ingredientes que te han cedido, vas y eres incapaz de contar nada. El material habla por sí solo, y por supuesto. Por eso aguanté la empanada de dos horas y media. Bowie, además de un gran artista, era discursivamente brillante, y eso puede hacernos creer que la peli dice algo, pero no es así, lo dice él, Bowie, pero no tú, mamonazo, pensaba saliendo del cine, tu, mamonazao relamido, no sólo no dices nada, sino que confundes, emborronas, monumentalizas (es decir, fijas y simplificas) una figura que, como él mismo Bowie explica en tu documental (¡en tu documental!!), asume la transformación pura como marco de su pensamiento y obra.

Sé que hay muchos que confunden el rigor con el academicismo y la poesía con lo raro, insignificante, pero que suena guay. Sea como sea, Moonage Daydream, por muy poético que la pretendan algunos, falla en lo elemental: no documenta nada. Dos horas y media de montaje efectista en las que imágenes y declaraciones de Bowie se amontonan sin que nunca sepamos cuándo y dónde y por qué y para quién, pasó esto o se dijo aquello. Aquí, tiene el mismo valor una peli de ficción como la de Nicolas Roeg que una entrevista para promocionar un disco o un Super 8 filmado al azar en un camerino. La voz que planea durante toda la película, como si escucháramos el evangelio de San Marcos, ¿qué Bowie lo dijo? ¿Cuándo? ¿En qué contexto? ¿A qué edad? ¿No hemos quedado en qué es transformación pura? Pues importantísimo saber quién me habla. No somos igual a los 20 que a los 50. El mundo no era lo mismo en 1971 que en 2005.

Quizá con los AC/DC, Ramones o Mick Kagger, que no han cambiado mucho de rollo, la cosa no molestaría tanto, pero con Bowie, no documentar ni situar es la peor manera de permitirnos entender el cambio más allá del outfit, que de hecho, ya nos lo sabemos de memoria. Y aunque el propio Bowie lo dice una y otra vez, el director, como si no entendiera el material que tiene entre las manos, monta a golpe de efecto y convierte la propuesta de Bowie en un batiburrillo de experiencias amorfas, estática y uniforme, repetitiva y siempre confusa. Como cuando de pequeños mezclábamos todos los bonitos y eléctricos colores de la plastilina para acabar obteniendo aquella aburrida masa de color gris indeterminado.

No documentar, sobre todo, es tratar al espectador de idiota y, sobre todo, es renunciar a que alguien que no conoce la obra de Bowie, entienda algo. Lo del ejercicio poético, siento repetirme, en algún sitio lo he leído, no es broma, no cuela. Cansado de los reseñas culturales que confunden la no articulación de sentido con lo poético, justamente el acto más significativo de todos, lo poético como aquello que revela y desvela lo que no vemos. Aquí, no se desvela nada.

Por si fuera poco, la película tampoco explica nada del contexto, que en el caso de Bowie vuelve a ser un factor imprescindible si queremos comprender algo de su obra. Comprender, porque para sólo flipar ya tenemos los discos y conciertos. En cualquier caso, si en algo brilla Bowie es en su capacidad de asimilar, parasitar, incluir, deformar su obra, incluso ceder protagonismo al integrar a otros artistas (recordemos que David Bowie es el nombre del proyecto artístico; él, la persona que lo anima, se llama David Jones). Desde Mike Ronson a Carlos Alomar, pasando por Robert Fripp, Brian Eno, Jeff Beck… nada. Tampoco ningún intento de revisar todos aquellos referentes que van orientando sus obras a lo largo de su evolución, la tradición afroamericana y los Kraftwerk, y los Cluster, y Velvet Underground, y Stooges, y John Lennon y Dylan (dos voces imprescindibles para comprender como canta Bowie), y Pink Floyd, Pretty Things, Easybeats, The Who… nada. Tampoco, por supuesto, ninguna referencia a la bronca que Bowie les pega a los de MTV por no programar artistas negros. Ni mu. Nada.

Un ejemplo concreto: en la parte que trata su fase berlinesa, más allá de las excelentes imágenes que todos hemos visto, y las declaraciones de Bowie, nada se explica. Estamos en el 2022, quizás estaría bien explicar que a mediados de los setenta, todavía había un muro y que la vanguardia musical y cinematográfica alemana era de las más radicales de la época, que los jóvenes airados alemanes pasaban cuentas con sus progenitores exnazis … nada. A Brett Morgen le da igual Berlín que Sant Cugat. El montaje hubiera sido igual. Donde sale el Berlin Zoo, ponle un plano en dron del Monasterio de Sant Cugat y Santas Pascuas. Y por supuesto, más allá de Berlín, la película no explica nada sobre la música en sí (¡flipa!), sobre las formas de grabar, sobre los procesos en estudio, los plazos de grabación, los instrumentos usados. La aportación de Eno… La figura Bowie, como si fuera un monumento aislado en medio de la ciudad, como el monumento a Colón o como cualquier estatua decimonónica de rey sobre pedestal, es arrancada de su entorno productivo, social y cultural, hasta quedar vacío de sentido, hasta quedar educirlo a puro producto de consumo.

Sin ningún rubor. El documental sólo tiene un mensaje: consume Bowie. Y desde aquí, le podríamos reprochar a Brett Morgen lo mismo que Lefevbre reprocha a la ciudad capitalista: espacio producido donde los objetos ocultan las relaciones de producción de las que han surgido. Se oculta el trabajo. Como en un escaparate, sólo se muestra el producto, desprovisto de conflictos y contradicciones, apto para consumo familiar. Instrucción pura al servicio de la obediencia acrítica.

Y es que en realidad no es un documental. Es un infladísimo TIC TOC de más de dos horas, tedioso, sólo justificable, me imagino, en términos extaactivos (sacar más pasta del legado Bowie) . Signo de los tiempos. Abre la boca y traga. Paga y no pienses. Como dijo Nic al salir del cine habría sido mejor que el director nos hubiera pasado una lista con los links de los ingredientes para poder verlos por nuestra cuenta. Sin las tijeras ñoñas ni los golpes de efecto previsibles, añadiría yo.

Obscenamente, el documental sólo tiene un mensaje: consume Bowie. Y desde aquí, le podríamos reprochar a Brett Morgen lo mismo que Lefevbre reprocha a la ciudad capitalista: espacio producido donde los objetos ocultan las relaciones de producción de las que ha surgido. Se oculta el trabajo y, como en un escaparate, sólo se muestra el producto, desprovisto de conflictos y contradicciones, apto para consumo familiar, instrucción pura al servicio de la obediencia acrítica.

Y es que en realidad no es un documental ni, ¡por favor!, un ejercicio poético. Es un infladísimo TIC TOC de más de dos horas, tedioso, sólo justificable, me imagino, en términos extractivos (sacar más pasta del legado Bowie). Signo de los tiempos. Abre la boca y traga. Paga y no pienses. Como dijo Nic al salir del cine habría sido mejor que el director nos hubiera pasado una lista con los links de los ingredientes para poder verlos por nuestra cuenta. Sin las tijeras ñoñas ni los golpes de efecto previsibles, añadiría yo.


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