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I Feel Fine

Escrit el 23/09/2022 per Ramon Faura a la categoria Comentaris al marge.
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(Traducció de l'article I Feel Fine)

Sabía que podría encontrarme atrapado en una de las cosas que más detesto en Barcelona: el bus turístico. Bien, detesto, tampoco hay para tanto: sencillamente me parece la peor manera de conocer una ciudad. Supongo que son manías que tiene uno. Rémoras de la adolescencia, sentirse incómodo formando parte del rebaño y todo eso. Pero la cosa es que, como beatlemánico, era inevitable subirse al Magical Mistery Tour, una especie de bus “turístico”, especializado en realizar la ruta Beatle por Liverpool, y visitar algunos, sólo algunos, de los lugares profundamente vinculados con el grupo.

Como no disponíamos de demasiados días, la idea era descubrir algunas cosas por nuestra cuenta, patear calles y parques, y además, hacer este tour para poder llegar a otros lugares demasiado distantes entre sí para llegar a pie. Y sí, a pesar de la beatlemanía, dentro de mi cabeza chocaba la contradicción profunda: antiturístico, por un lado, y, por otro, yo y Nic, haciendo el turista en un autobús.

Ya en el autocar, sentado en la última fila como cuando iba al colegio, con un matrimonio de Leeds entrado en años a mi lado, contradicciones aparte, el placer empezó a alternarse con la decepción. En algunos casos, llegar a determinado lugar, Strawerry Fields, por ejemplo, donde, en lugar de estar solos y evocar con calma todo lo que esta canción ha significado desde que me voló el cerebro a los doce años, en lugar de tratar de explicarle a Nic por qué los Beatles, para mí, son importantes, porque forman parte de mi educación sentimental y de mi manera de escuchar y hacer música, en lugar de estas y tantas y tantas otras cosas que me tenían que pasar al estar ante la mítica valla de Strawerry Fields, allí estábamos, los dos, dentro del rebaño, siendo rebaño, esperando a que despejaran para poder hacer la foto, con el guía dándonos prisa, y el personal haciendo selfis delante de la reja.

 

Por otro lado, y no lo digo para reacomodar mis incongruencias ideológicas, pensaba, pienso, que para comprender una obra, nunca está de más, conocer el entorno físico de su creador. En el caso de Liverpool y los Beatles lo tengo clarísimo. El ambiente, el aire, los objetos, las arquitecturas, el humor local, los gestos y el acento, dan pistas. Lo he hecho muchas veces, ir a ver el lugar, quiero decir. La casa de Flaubert en Rouen; la de Balzac en Passy; la de Dostoyevski en San Petersburgo; los barracones de Bletchley Park donde Alan Turing concibió el Colossus; el Max Kansas City en New York (hoy una especie de Seven Eleven asqueroso) o el CBGB en el Bowery (hoy tienda de ropa cara), o el primer despacho de Frank Lloyd Wright en un rascacielos del Loop de Chicago (aquí nos colamos con Bea sin guías ni mandangas), o las oficinas y sala de grabación de Chess records, también en Chicago, ¡estar en el mismo cuarto que Memphis Slim y Bo Diddley! … y también buscar el apartamento AN11 en Versailles, la madriguera de Saint-Simon en la que por las noches ponía a parir al Rey Sol; y también, ¿cómo no?, he paseado arriba y abajo por el Boulevard Haussmann, para ver si se me aparecía el espíritu de Proust en alguna mansarda. Más allá de la mitomanía, el entorno físico en el que crecemos nos marca en muchos aspectos.

Sin embargo, es evidente, una cosa es asistir realmente al momento mágico (imposible) y otra muy distinta, visitar la reconstrucción, el simulacro. De hecho, pienso también que, incluso en el supuesto caso de que no se hubiera tocado nada, de que todo estuviera exactamente como estaba, al igual que ocurre con los biopics, la visita estaría condenada al fracaso. Por eso siempre hay algo desalentador, de decepcionante. No es lo mismo ver a un mamut que ver a su fósil, por evocador que sea el fósil. Es Proust, precisamente, quien mejor lo explica. En el primer libro de la Recherche, si no recuerdo mal, cuando, con el pintor Elstir, visita una iglesia en Balbec que le fascinaba desde pequeño. Es tanta la proyección cerebral que ha depositado sobre ella, durante tanto tiempo, la de cosas que se ha imaginado mirando durante horas, años, una vieja fotografía, leyendo su historia, es tanto lo que se ha construido desde la imaginación, que cuando finalmente se planta delante, obviamente, el mundo ni se detiene ni nada se revela. Sabe a poco. La sensación siempre incluye el fiasco, falta sal.

Sí. Todo esto es cierto. Pero al mismo tiempo, ay, algo extraño ocurre. Pensar que por esta puerta salió una mañana Paul McCartney cuando, prácticamente nadie lo conocía todavía, contento hacia el ensayo porque acababa componer I Saw her standing there, pues, qué queréis, sí, tiene algo de emocionante. Cómo asistir al momento cero de la construcción mítica, como si pudieras ver, en directo, el nacimiento de Apolo o el ataque de ira de Aquiles en plena batalla troyana.

Pero más allá de la evocación, en el autobús, está el tema del rebaño. El día antes, habíamos ido por nuestra cuenta a algunos sitios cruciales. El primer apartamento del Lennon recién casado; el pub (todavía en uso, acogedor, de barrio) donde la liaba con Stu Sutcliffe, Rod Murray y Bill Harry cuando estudiaba arte… Ir por nuestra cuenta, el propio camino hasta allí, hacerse un lío con el mapa, saber que nadie te espera ni nadie te dará prisas, el hecho de que, quizás, incluso, si eres discreto y no violentas a nadie haciendo fotos fuera de sitio, quizás, podrás tomarte una pinta como un parroquiano más… todo esto hace que la visita por libre sea mucho más emocionante que la tutelada.

Y, sin embargo, dentro del bus, con todo el personal cantando al unísono (yo incluido) “Ticket to Ride”, pensé que a pesar de mi pudor middle-clas, a pesar de sentirme como una oveja, a pesar de mi contradicción ético -política con lo que significa un bus turístico, pues bueno, no me acababa de encontrar a disgusto.

Una primera noticia es que todo el bus, menos Nic y yo, eran británicos y otra es que una gran mayoría (80%?) pasaban de los setenta. Yo pensaba, esta señora, con un acento ultra marcado de Liverpool, quizás, probablemente, casi seguro, ha visto a los Beatles en directo. ¿Le pregunto? Ella y su marido son mi única conexión real, física, con los Beatles. Ellos estuvieron allí, cuando los Beatles aún no eran una mercancía turística, sino una fuerza inédita venida a darle la vuelta a todo. Y mientras lo pensaba, también me preguntaba por qué, a pesar del punto Kitsch del tour, no me molestaba en absoluto la visita guiada, y sí me molesta y me repugna y he dejado de hacerlo, visitar el Louvre, o determinadas salas del Louvre, donde es imposible acercarse y mirar un cuadro, frente al cual un montón de indocumentados embutidos que no tienen la mínima idea de lo que miran, que de hecho no miran, se hacen selfis cretinas frente a la Gioconda. Más allá del número de visitantes y la masificación, ¿Por qué en el Louvre o en Versalles, o en el Museo Dalí, la visita acaba convirtiéndose en un ataque de mala leche en el que lo quemarías todo (empezando por los visitantes) y, en cambio, aquí, en un autobús cantando como un boy-scout, no me molesta tanto?

Lo entendí todo cuando llegamos al Cavern Club. Allí la sensación agridulce llegó a su clímax. Por un lado, te encuentras en medio del Cavern Club, origen del mundo. ¡¡¡ El puto Cavern Club!!!! Estás pisando el maldito establo en el que la virgen María amamantó al niño jesús; estás viendo el hangar donde Noé se curró una barca antes de la lluvia; la mochila de glovo con la que Moisés bajó las tablas de la ley, estás, asistiendo a todo eso, sí, momento cero, pero al mismo tiempo, tonto no eres, les ves el plumero, ves el negocio, ves el cartón piedra y la horterada turística.

Nos sentamos. En una de las salas había un señor mayor sobre el escenario, tipo Moncho, para entendernos. Tocaba, cómo no, versiones de los Beatles, pero también de los Sorrows y de los Searchers. Lo cierto es que su fingerpicking era prodigioso. Parecía que hubiera dos guitarristas en el escenario. Empecé a reconciliarme con la movida. Entre su pericia y las pintas de cerveza, me la empezaba a soplar estar en medio de las Vegas/Liverpool/Cavern Club. La música del señor Moncho molaba en sí.

En la mesa de al lado había un matrimonio muy mayor. Cuando digo muy mayor, quiero decir, mínimo 85, si no 90. Él tenía un punto Burroughs. Delgados a lo británico, arrugadísimos, frágiles, parecía que en cualquier momento una simple ventolera provocada por una puerta abierta, se los podría llevar al otro barrio. Me los miraba intrigado (¿los vieron en directo? ¿Se han morreado con algunos de ellos?). De repente, el guitarrista Moncho empezó a tocar (superbién) I feel fine. El matrimonio, como un resorte, se puso de pie y empezó a bailar. Era Alucinante. Bailaban superbién. Ágiles. Rápidos. Ahora se cogían ahora no. Cantaban la letra. Hacían las segundas voces. Y entonces vi que más gente, todos mayores, se levantaba y bailaba. Y pensé que ellos sí entendían lo que escuchaban. En ese sentido, fueran o no de Liverpool, no eran solamente turistas. Se sabían cada sílaba y cada nota, lo habían vivido. Para ellos, los Beatles formaban parte de su revolución íntima.

A diferencia de los cientos de hacinados y embrutecidos turistas que se hacen selfis delante de la Gioconda sin ni siquiera mirarla, sin saber nada, absolutamente nada, a diferencia de aquel impresentable que en el Museo Dalí, frente a mí, apiñados como ratas le decía a su novia “¡Hasta con lápiz dibujaba el tío”!, a diferencia de toda es basura de centro comercial que uno traga cuando quiere visitar un museo, en el Cavern Club, toda aquella gente con la que había compartido autocar, sí sabía, y perfectamente, qué escuchaba y qué miraba. Lo sabían básicamente por qué su propia persona, su vida, parte del sentido de su existencia, era incomprensible, inexplicable, sin los Beatles, mucho más allá de una selfi movida colgada en instagram.

Quizás Nic y yo éramos los únicos turistas, por edad y por procedencia. Pero bueno, tampoco me haré ahora el modesto: más de cuarenta años escuchándolos y tocándolos, aprendiendo inglés con ellos, los acordes de sus canciones, recursos estructurales mil veces sableados (el cambio en sexta menor lo he utilizado en “Atropellament”, “Autoretrat a las 3:00”, entre otras), flipándome con los cientos de fotos y grabaciones, dibujando sus caras en horas de clase en sexto de básica, viendo entrevistas, documentales, no sé, en todo caso, un turista informado diría yo. Y que sí, que Manuel Delgado dice que todos somos igual de desgraciados, que el turista culto no existe. Él sabrá, es catedrático y tal, siempre nos lo recuerda. Pero en cualquier caso, es sensato creer, y lo digo sin ninguna arrogancia, que querer visitar algo que ha dado sentido a tu vida no es lo mismo que visitar algo que no tiene ningún significado para ti.

Sea como sea, cosas de la energía cósmica, durante estos días en Liverpool, quizá por ir con un adolescente, he pensado mucho en esos veranos en casa de mi abuela, cuando subía a Lloret a pasar dos meses con ella, cargado con el pick-up y mi colección de discos de los Beatles; en ese prodigioso verano en el que descubrí I’m the Walrus, o en la tarde que con Manolito tocamos canciones de los Beatles para mi abuela y sus amigas ( tardes ensayando con mi abuela supervisándonos las voces)… y pienso en aquellos veranos como si fueran hoy, y sentado en el Cavern, veo a Nic escuchando al guitarrista Moncho con la edad que yo tenía entonces y pienso que sí, que el mundo está lleno de cabronazos, pero que la vida en general, con sus bucles-gusano-cósmico temporales es una puta maravilla. Que sí, que la vida vale la pena y que, en mi caso al menos, los Beatles, como mi abuela o Nic, son las cosas que me hacen ser quien soy.


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