Text extret de la conferència performativa ‘Entrar a vivir’, estrenada dins del cicle Katharsis del Teatre Lliure de Barcelona el gener de 2021.
1. A menudo me encuentro mirando a ninguna parte, tocando alguna esquina del cuerpo, fijando el ojo en un punto neutro que puede ser una pared, un horizonte o la cara de alguien que me está hablando. Y se trata de un recuerdo que no parece un recuerdo, un recuerdo muy concreto que estoy reviviendo en tiempo real, como si no estuviera aquí, ni allí. Como si algo me llevara de repente. Y no sé bien qué es, ni cuánto dura ni por qué, ni tampoco creo que me parece importante saberlo. ¿Pero qué pasa? ¿Qué sucede ahí?
Hace unos 15 años, mientras comía con mi madre y una amiga suya, Ivona se llamaba, en un reservado para fumadores de un restaurante chino, me ocurrió algo similar . En los postres, empecé a pensar en un concierto que había dado hacía unos días. Sin darme cuenta, comencé a mirar fijamente, a perder la mirada en la cara de la pobre Ivona, que, cuando se dio cuenta de cómo le estaba mirando con los ojos en otra parte, casi traspasando su presencia, se pensó que le estaba echando mal de ojo, a lo que reaccionó poniéndose a gritar, pidiéndome que no volviera a hacer eso nunca más. Sonrojado por el aterrizaje forzoso, me disculpé tímidamente con una sonrisa medio torpe y seguimos conversando, pero desde aquel día, reconozco ese desplazamiento mío habitual como un espacio de curas, como un lugar desde donde dejar de ser y estar por un momento para poder seguir siendo y estando.
2. Y es que podemos entrar en trance haciendo la cama, cantando cualquier canción, doblando ropa, cortando patatas, leyendo o mirando a los ojos a alguien… Alteramos nuestra conciencia en pequeñas dosis cotidianas, a modo de equilibrio interno, activando una suerte de mecanismo de reubicación de las cosas que nos tocan, que nos pasan, que nos atraviesan y remueven… El trance, el éxtasis, la catarsis son artefactos particulares que nos suceden más a menudo de lo que pensamos y que, si los cuidamos adecuadamente, podemos llegar a ser capaces de utilizar en cualquier momento. ¿O acaso conocéis a alguien que no haya entrado nunca en ningún tipo trance? ¿O a alguien que no se haya abstraído de la realidad ni por una milésima de segundo?
Dice mi amiga Karen que algunos animales entran en trance antes de morir, otros mientras están cazando o para defenderse, y de los animales la ciencia asegura que tienen substratos neurológicos que generan conciencia, y que la conciencia, por tanto, no es exclusivamente humana. De ahí también que algunos animales consuman estupefacientes de manera voluntaria, como nosotras. Entonces: ¿es el trance un mecanismo de defensa, un modo particular de cura, una forma de resistencia? ¿Puede el éxtasis ayudar a desarticular cierto tipo de males por muy pequeños que sean? ¿Es la catarsis un tránsito momentáneo e incontrolable de experiencias que se entrecruzan tratando de encontrar su propio balance para poder seguir adelante? Infinidad de estudios antropológicos retratan multitud de técnicas ancestrales que, a través de rituales colectivos diversos, utilizan el canto y la danza para desviar la conciencia y purificar así los cuerpos.
Y ahí, en ese disloque, vemos sola la acción llevándose por delante al cuerpo, o más bien el cuerpo entendiendo la pérdida de control como un lugar que habitar momentáneamente, siendo de pronto solo cuerpo, solo acción tomando posesión de la acción misma, una excusa sin excusa, un exceso responsable. Ahí está la acción, ese “dejarse llevar”, ese “sacar de en medio la pena y el miedo”, restaurando, renovando y revitalizando posibles faltas de equilibrio mediante tácticas cotidianas y con una naturalidad en ocasiones aplastante.
Dicen que algunas alteraciones de la conciencia promueven un alto grado de flujo sanguíneo en las áreas del cerebro relacionadas con la atención, pero un bajo grado de fluidos en las áreas neuronales que conectan la mente con el cuerpo. ¿Pero podemos asumir que durante un momento de catarsis quizás no pasa nada? ¿Que no hay revelación? ¿Que no hay misticismo que valga? ¿Que la toma de decisiones quizás viene justo después o simplemente no llega nunca? A veces me pregunto si el trance se convierte en un privilegio cuando pagamos por alcanzarlo: ¿Qué precio tendría aprender a vestirnos, caminar o comer? ¿Qué nos hace perder la conciencia a lo largo de nuestras vidas para tener que acabar pagando por recuperarla?
3. Andrea Soto me contaba que en El banquete de Platón hay una reflexión sobre Sócrates, que cuando le venía una idea a veces quedaba en trance hasta por tres días. En ese caso en concreto, había estado en trance un tiempo justo antes de entrar al Banquete, que es cuando hablará de Eros, aquel estadio intermedio que es siempre búsqueda y no tanto deseo de saber, sino saber del deseo. Decía Manuel Delgado no hace mucho en su blog que Nietzsche, en El nacimiento de la tragedia, alude al papel del coro en la catarsis, que es el contexto en que los individuos sienten «el impulso de transformarse a sí mismos y de hablar por boca de otros cuerpos y otras almas». Dislocarse, desintegrarse –es decir, perder toda integridad–, romperse en pedazos, reagruparse en otros cuerpos, hablar por otras bocas, «verse uno transformado a sí mismo delante de sí, y actuar uno como si realmente hubiese penetrado en otro cuerpo, en otro carácter».
Porque si bien lo que te alcanza durante una u otra alteración o interrupción de la conciencia puede consistir en absolutamente nada, también puede ser un recuerdo propio, pasado, presente o futuro, o un recuerdo ajeno, un desvío, una vivencia que te han contado, una memoria compartida por personas que han vivido en el lugar donde estás, o bien una forma de imaginación accidental como principio activo del acto mismo del no hacer, del no pensar. Y ahí está de nuevo la acción, la propia vida tomando partido, equilibrándose por sí sola, llevando las riendas de la realidad por milésimas de segundo, o incluso por segundos enteros. Ahora: cuidado también.
Existen multitud de estadios de conciencia que no nos acompañan en ese regenerar por regenerar, en ese frenar de pensar porque no queda otra. Un ejemplo: la mayoría de veces que miramos el móvil nos quedamos inmóviles, ausentes del instante presente, desplazando la vida propia para asistir en directo a una masa ingente de vidas ajenas. Un desplazamiento que tiende a provocar adicción, cansancio, dejadez… A sentir que estamos haciendo demasiado, que no nos da tiempo a nada más. El trance, la catarsis, el éxtasis son herramientas de las que podemos echar mano fácilmente para provocar justo lo contrario. ¿Pero por qué no? ¿Qué nos lo impide?
4. A menudo pienso que me interesa toda la música, pero sobre todo la música que no quiere demostrar nada, que no pretende que des palmas, que repitas una coreografía, un estribillo o una melodía. Y esto mismo para el resto de cosas que hacen que la vida siga siendo posible: me pregunto constantemente por qué necesitamos replicar actitudes, palabras, sonidos, formas de ser para sentirnos parte de un una comunidad, de un movimiento, una emoción. Me interesa toda intención vital que no pretenda nada más que ser por el hecho de ser, hacer por el hecho de hacer… Toda acción que no ansíe convencer, que no busque reconocimiento. Quizás en ese trance momentáneo, en esas formas diversas del éxtasis, en esa catarsis natural que sucede de tanto en tanto de manera accidental tengan lugar y se reconstruyan pequeñas formas de resistencia que nos hacen de alguna manera ser más similares de lo que imaginamos, pero similares en nuestras diferencias fundamentales para aprender a reconocernos al mismo tiempo más libres.
Mi madre suele contar que mi padre sonreía mientras estaba en coma tras el infarto que sufrió en agosto de 2006, cuando acababa de cumplir 50 años. ¿Por qué sonreía? ¿Qué estaba viendo? ¿Qué estaba escuchando? ¿Era su imaginación la única herramienta para resistir cuando la vida no le permitía utilizar otra? Desde entonces, quizás porque esa misma noche que murió yo estaba cantando a muchos kilómetros de distancia, cada vez que subo a un escenario intento desprenderme de cualquier idea, de cualquier plan, de cualquier objetivo… Para ser solo materia, solo acción, y ahí es donde a veces me encuentro con mi padre y con tantas otras memorias que desconozco, definitivamente ajeno a lo que está ocurriendo a mi alrededor, como cuando rememoro cualquier concierto que he dado, o como cuando cocino, nado en el mar, escribo canciones o como cuando me río…
¿Y vosotras? ¿En qué pensáis cuando os estáis riendo? Os invito a recordar alguna carcajada memorable ahora mismo. Intentad congelarla en el tiempo. ¿A que durante ese momento no estaba pasando nada más que la risa?
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