Querríamos hablar, primero, de otro sentido de “no tener tiempo”. Y lo querríamos hacer analizando y debatiendo, desde la admiración, el libro de divulgación titulado El orden del tiempo de Carlo Rovelli. Publicado originalmente en italiano en 2017, el libro ha tenido un éxito rotundo por presentar de manera accesible las nociones fundamentales del tiempo desde la física.
I.
La expresión “no tengo tiempo” está en boca de todxs casi diariamente, incluso varias veces al día. No haría falta invocar a Jacques Lacan para entender que es una expresión “inexacta” porque, como el amor, tampoco “tenemos” tiempo. ¿Cómo vamos a “tener” tiempo cuando sería más bien el tiempo el que nos “tiene” a todxs nosotrxs?
“No tener tiempo” es una expresión que se sitúa en lo que llamamos un modo de descripción corriente y que no pretende objetividad científica ni rigor filosófico, porque no le hace falta. Lo que busca tal expresión es la comunicación cotidiana de una situación determinada espacial y temporalmente y, sobre todo, desesperante en la mayoría de los casos. “La vida no me da”, podría decirse también de manera equivalente, porque hemos naturalizado un modo de vivir que, desde el advenimiento de la Modernidad, no ha hecho más que acelerar el “hacer” en detrimento del “ser”. Creímos que, haciendo las cosas más rápido (con el uso de máquinas y tecnología digital), tendríamos más tiempo para vivir. Pero, como explica Judy Wajcman, ha resultado lo contrario: “La velocidad sin par de la computarización, las telecomunicaciones y el transporte, que se esperaba que liberara tiempo humano, paradójicamente se ha visto acompañada de una creciente sensación de falta de tiempo” [1].
La falta de tiempo. Una cuestión cotidiana, política. Volveremos sobre ello al final de este texto.
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El mundo es un reloj (2019), Raquel Friera y Xavier Bassas / Instituto del Tiempo Suspendido. Cortesía de lxs autorxs.
II.
Pero querríamos hablar, primero, de otro sentido de “no tener tiempo”. Y lo querríamos hacer analizando y debatiendo, desde la admiración, el libro de divulgación titulado El orden del tiempo de Carlo Rovelli. Publicado originalmente en italiano en 2017, el libro ha tenido un éxito rotundo por presentar de manera accesible las nociones fundamentales del tiempo desde la física. Y la apuesta es complicada, como demuestra su lectura por todxs lxs que somos profanxs de esa ciencia que tanto ha avanzado desde Newton. El libro se divide en tres partes que siguen un desarrollo demostrativo: partiendo primero de la descripción del tiempo tal y como la tenemos y experimentamos en nuestro día a día, Rovelli demuestra seguidamente cómo la perspectiva teórica ofrecida por la gravedad cuántica cuestiona los predicados esenciales del tiempo; finalmente, desde esa nueva concepción cuántica del tiempo, el autor intenta conjugar la física con nuestra sensación familiar del tiempo como algo que fluye entre pasado, presente y futuro.
No podremos entrar en todos los detalles de este libro por varias razones: primero, porque “no tenemos tiempo” en este texto; además, porque tampoco tenemos tiempo en nuestra vida para dedicarnos -por prioridades- a la física cuántica y, por ello, no somos capaces de comprender totalmente una gran parte de las descripciones, postulados e hipótesis que expone Rovelli; finalmente, no entraremos en detalles porque lo que nos interesa del libro, en este nuestro texto, es explorar específicamente la relación entre la ciencia y la política del tiempo para darle otro sentido profundo a nuestra expresión cotidiana “no tengo tiempo”. Para ello, partiremos de una frase del mismo Rovelli que puede condensar el contenido del libro y que nos sirve para adentrarnos en el mundo de la física cuántica. La frase es la siguiente, compleja en su simplicidad: “El tiempo es ignorancia” (p.108) [2].
Para personas inmersas en el arte contemporáneo y la filosofía, resulta fascinante seguir los análisis que realiza Rovelli. Paso a paso, con una claridad y objetividad científicas, la concepción del tiempo que tenemos familiarmente naturalizada queda en entredicho por las evidencias de la física:
- El tiempo deja de ser “uniforme” porque en lo alto de una montaña el tiempo pasa más lento que en un valle y porque, a mayor velocidad, pasa menos tiempo. Es decir, con diferencias que apenas pueden captar los relojes más precisos, el tiempo depende de su cercanía a una masa gravitatoria y de la velocidad.
- El tiempo no es “igual” porque entre dos eventos no hay una duración única, sino muchas duraciones posibles. El tiempo no es una entidad, no es una variable diferente de las otras variables en las ecuaciones (la famosa “t”), sino que es una variable que depende de un campo gravitatorio y que, por ello, puede variar según este.
- No existe un presente en todo el cosmos, un “ahora” que sea fijo en todas las partes del universo y que correspondería a la realidad. La pregunta “¿qué está pasando ahora en Plutón?” no tiene sentido porque no hay un presente global, sino local, por las razones que ya hemos apuntado en el punto 1 y 2.
- El tiempo no se organiza linealmente desde un pasado fijo, un presente que corresponde a la realidad y un futuro de potencialidades. Solo la primera ley de la termodinámica presupone esa linealidad (el paso del calor al frío). Para la física cuántica, en cambio, los acontecimientos se determinan temporalmente solo en relación con otros acontecimientos y, por tanto, de manera parcial.
Uniformidad, igualdad, globalidad, linealidad: los predicados de nuestra experiencia familiar del tiempo quedan así invalidados. Las demostraciones que aporta Rovelli, huelga decirlo, son detalladas y cuentan con una perspectiva histórica que explica la evolución de esa ciencia desde la Antigüedad hasta nuestros días, con especial hincapié en Aristóteles, Newton y Einstein, entre muchos otros. Y nos resulta fascinante constatar cómo la física cuántica coincide en este caso con la teórica política que se centra en cuestionar el tiempo hegemónico naturalizado y que muchxs venimos trabajando desde hace años. En nuestro caso -Raquel Friera y Xavier Bassas y otrxs cómplices-, vamos concretando ese trabajo en busca de otra política temporal con textos, imágenes, performances, actitudes, diferentes tonos de vida enmarcados bajo un proyecto que hemos llamado Instituto del Tiempo Suspendido (ITS). Es un proyecto a medio camino del arte, el activismo, la filosofía, la literatura, la política, etc., y que parecería compartir cierto horizonte con los postulados de Rovelli. No obstante, lo que sucede entre la física cuántica y la teoría política sobre el tiempo que ponemos en práctica en el ITS es algo parecido a lo que el mismo Rovelli apunta respecto a las teorías temporales de Hans Reichenbach y las de Martin Heidegger: “Hay algo extremadamente interesante en el hecho de que esta observación de Reichenbach [sobre la inquietud que nos produce el tiempo], en el texto básico del análisis del tiempo en la filosofía analítica, suene tan próxima a las ideas de las que parte la reflexión de Heidegger, mientras que la divergencia posterior es enorme” (p. 148, nota). Es interesante, podríamos decir análogamente, el hecho de que la invalidación de nuestra experiencia familiar del tiempo por parte de la física cuántica suene tan próxima a la deconstrucción de la que parte nuestra teoría política contemporánea sobre el tiempo hegemónico naturalizado, mientras que la divergencia posterior es enorme.
El libro de Rovelli no solo desarrolla demostraciones desde la física de la gravedad cuántica, sino que también va articulando así una metafísica de la existencia, un esbozo de teoría del sujeto, una concepción poética, dramática y resignadamente optimista de la vida. Pero todo ello está basado en, al menos, una reflexión fundamental. Nuestra experiencia familiar del tiempo como algo uniforme, igual, global y lineal es el resultado de un “desenfoque”, para usar el mismo término que utiliza el autor: ignoramos lo que pasa a cierto nivel microscópico y, por ello, nos quedamos con una visión “desenfocada” de las cosas en la que parece que haya tiempo uniforme, igual, global, lineal cuando, según la física cuántica, no lo hay. Así se entiende mejor la afirmación que citábamos al iniciar nuestra reflexión: “El tiempo es ignorancia”. El desenfoque es, además, irremediable no solo porque siempre es y será cuestión de obtener una visión cada vez más microscópica (p. 107) [3], sino porque es connatural a la indeterminación esencial de las partículas elementales, que solo se determinan en una interacción particular (p. 70) [4]. Y todo ello tiene consecuencias fascinantes que Rovelli sabe desgranar con una claridad que no nos permite dejar de pensar y de leer.
III.
Ahora bien, lo que nos parece más interesante de El orden del tiempo, bajo la perspectiva del trabajo que estamos realizando en el Instituto del Tiempo Suspendido, es la tensión que el libro desprende. Una tensión que, para nosotros, es crucial porque tiene que ver con la posición enunciativa y epistemológica de Rovelli. Es una tensión, pues, que debe someterse a una crítica política. Una tensión que define la relación que existe entre nuestra experiencia familiar del tiempo y el tiempo según la gravedad cuántica.
Por una parte, con el rigor de la ciencia, Rovelli nos ofrece una desfundamentación del tiempo que podría interesar, sin duda, a toda aquella persona que crea en la necesidad de desnaturalizar los consensos actuales sobre el tiempo como tiempo productivo y que busque construir otra política temporal [5]. De hecho, es una doble desfundamentación del tiempo que consiste en afirmar, como mínimo, dos tesis: 1) el tiempo no es una variable fundamental (t) en las ecuaciones cuánticas; 2) no existe solo el tiempo uniforme, igual, global y lineal para todos, sino que hay muchos tiempos que dependen del desenfoque y de la indeterminación que ya hemos señalado más arriba -indeterminación que solo viene determinada parcialmente y por interacción. Ahora bien, la tensión que nos interesa en ese libro se manifiesta –dramáticamente, diríamos desde el ITS- cuando el mismo Rovelli articula toda esa desfundamentación a partir de dos binomios. El primer binomio consiste en oponer el mundo y el tiempo cuánticos, por un lado, y el mundo y el tiempo como los experimentamos “normalmente”, “familiarmente”, por otro lado. Un primer binomio netamente jerarquizado: lo cuántico es lo verdadero y nuestra experiencia es lo falso. El segundo binomio remacha esta jerarquía entre uno y otro mundo/tiempo articulándola, asimismo, bajo la oposición metafísica entre verdad y apariencia. Cito aquí, en nota, algunos pasajes donde se explicitan tales binomios [6].
Digamos que el problema no es, por tanto, que Rovelli obvie la perspectiva política del tiempo en todo el libro, que no se interese por ninguna de sus múltiples relaciones con la ciencia y que no quiera extraer de ahí la posible incidencia de la física cuántica en el mundo que sufrimos [7]. El problema es que todo lo que abre la física cuántica con la perspectiva de los campos gravitatorios en bucle y que logra dinamitar nuestra concepción familiar y naturalizada del tiempo se cierra, por su posición enunciativa y epistemológica, a todo carácter subversivo más allá de la ciencia. Por más que Rovelli mencione nuestras angustias cotidianas sobre el tiempo, por más que insista en su intento por “recuperar” como válida nuestra experiencia familiar y íntima del tiempo, y por más que lo haga con un estilo literario y emotivo que demuestra su sensibilidad, el hecho crucial es que su posición enunciativa y epistemológica están basadas en una idea de la ciencia como aquel tipo de conocimiento que sentencia como “falso” y como mera “apariencia” nuestra experiencia del tiempo y del mundo. Ello le hace un flaco favor a todo lo que va explicando con una claridad supina. El objetivo de la ciencia, desvelando lo verdadero y desde la evidencia que destruye la mera apariencia, es entonces ver más que “nuestros adormecidos ojos cotidianos” (p. 18).
Subrayemos, pues, lo que consideramos crucial en estos breves apuntes de una cuestión fascinante y decisiva para el porvenir de nuestra relación con el tiempo y con la ciencia. Como apuntábamos, parece que la física cuántica que nos expone Rovelli no tiene tiempo para pensar el tiempo de otro modo que no sea como mero objeto de un tipo muy particular de conocimiento (aquel que se articula a partir de los binomios “verdadero/falso” y “apariencia/realidad”). Por eso, Rovelli piensa el tiempo en términos de evidencias y de ignorancias: “El tiempo es ignorancia”, decíamos con el autor al principio de este texto, porque es cuestión de “desenfoque”, de “indeterminación” entendida como imprevisibilidad, es decir, incalculabilidad. De este modo, todo ese trabajo científico por cuestionar la uniformidad, igualdad, unicidad, continuidad y linealidad de nuestra experiencia familiar del tiempo no nos abre a ninguna política temporal nueva. No hay ahí, realmente, una abertura a lo que llamamos “cronodiversidad”: así nombramos, desde el Instituto del Tiempo Suspendido, esa manera de vivir el tiempo de manera múltiple, desnaturalizando la crononormatividad impuesta -silenciosa o explícitamente-, sin pretender evidencias sobre el tiempo “verdadero” ni articularse a partir de algo que “no es lo que parece”.
Pero insistamos en ello antes de concluir este texto. Rovelli escribe: “El tiempo ha perdido ya el primer estrato: su unicidad. En cada lugar, el tiempo tiene un ritmo diferente, un distinto transitar. Las cosas del mundo trenzan danzas a ritmos diversos” (p. 21). Frases muy bellas y que figurarían claramente la diferencia de ritmos en el mundo. Ahora bien, esa cronodiversidad de la física cuántica no nos deja danzar a nosotrxs entre conocimientos indisciplinados, entre ritmos de fuentes iguales, entre luchas de apariencias que no tienen ninguna verdad detrás que las desvele. Porque el tiempo no es ignorancia, responderíamos a Rovelli, sino algo que tiene que ver con regímenes temporales que naturalizan y validan como verdadera cierta experiencia del tiempo. Contra ello, contra esa naturalización propia de cada régimen temporal supuestamente verdadero y necesario, no nos sirve el tipo de conocimiento binomial (tiempo falso/verdadero, tiempo aparente/tiempo evidente) que nos ofrece la física cuántica de Rovelli. Contra esa naturalización propia de cada régimen temporal, solo nos queda entonces desplegar algo que podríamos llamar -arriesgamos provisionalmente una nombre- una práctica de la indeterminación [8]: es decir, actos, actitudes, pensamientos que interrumpen el consenso temporal, que desnaturalizan las normas impuestas para cada época de la vida, para cada momento del día; que pluralizan los ritmos vitales y desplazan las vivencias temporales asignadas a cada unx de nosotrxs. Eso es lo único que nos permite indeterminar el “orden del tiempo”, es decir, desordenarlo y experimentar que, efectivamente, “no tenemos tiempo” porque tenemos tiempos.
Algunxs dirán, finalmente, que el cometido de la ciencia nunca ha sido otro que el cálculo, la previsibilidad, la determinación de lo indeterminado, el enfoque cada vez más microscópico. Y que las cuestionen políticas son otras, que no le incumben. Y ahí reside, en efecto, una de las razones profundas por las que estamos como estamos: sin tiempo para nosotrxs, sin tiempo para el planeta, consagrados ciegamente al progreso de la ciencia. No y no: la ciencia no puede desentenderse de la política implícita en sus explicaciones, en sus postulados, en sus hipótesis. Porque parece que la ciencia no tiene tiempo para eso, pero debería tenerlo. La pandemia ha demostrado la importancia de subrayar y trabajar ese vínculo entre ciencia y política a muchos niveles: presencia de científicos en decisiones de alcance social, la carrera de las vacunas y la lucha de las patentes como propiedad privada, la investigación científica o su falta en algunos países, los recortes en sanidad, su concepción del mundo “verdadero”, su ideal de salud, etc.
Por ello, hoy resulta tanto más necesario que la ciencia no olvide su política cuando se trata, en un libro divulgativo y de rotundo éxito, una cuestión tan crucial para la vida de todxs como el (orden del) tiempo. Desde aquí, desde nuestra práctica en el Instituto del Tiempo Suspendido, desde nuestras vidas cronoprecarias, creemos que no debería invalidarse una experiencia familiar del tiempo para imponernos otro tiempo como “verdadero” (el tiempo de la gravedad cuántica), sino para liberarnos de toda naturalización de un tiempo verdadero, para cuestionar constantemente todo régimen temporal impuesto.
Raquel Friera estudió Economía y Bellas artes y, desde ahí, articula su trabajo como artista. Atenta a los dispositivos de control y producción de la subjetividad, lleva años desarrollando, conceptual y visualmente, una crítica al trabajo y al tiempo en nuestra sociedad. Ha expuesto sus proyectos en numerosos museos y centros de arte, nacional e internacionalmente (www.raquelfriera.net).
Xavier Bassas es filósofo, traductor, editor. Trabaja como profesor en el departamento de Estudios franceses de la Universidad de Barcelona. Recientemente, ha publicado un ensayo sobre Jacques Rancière (L’assaig de la igualtat, Gedisa, 2018 -también en castellano, Ensayar la igualdad, Gedisa, 2019) y un diálogo con el mismo Rancière sobre la política del lenguaje (El litigio de las palabras, NED, 2019).
Juntos, acaban de fundar el Instituto del Tiempo Suspendido en el MUSAC de León (www.institutodeltiemposuspendido.es).
[1] Judy Wajcman, Esclavos del tiempo: vidas aceleradas en la era del capitalismo digital, Paidós, Barcelona, 2017, pág. 229.
[2] En lo sucesivo, indicaremos la página de la edición castellana: Carlo Rovelli, El orden del tiempo, ed. Anagrama, col. Compactos, Barcelona, 2020.
[3] Leemos: “La temporalidad está profundamente ligada al desenfoque. Y el desenfoque es el hecho de que ignoramos los detalles microscópicos del mundo. El tiempo de la física, en última instancia, es la expresión de nuestra ignorancia del mundo. El tiempo es ignorancia”.
[4] Leemos a este respecto: “‘Fluctuación’ no significa que lo acontece nunca sea determinado; significa que lo es solo en algunos momentos y de manera impredecible. La indeterminación se resuelve cuando una magnitud interactúa con cualquier otra cosa”.
[5] Designamos como “tiempo productivo”, para resumir, el régimen temporal del neoliberalismo, basado en una concepción naturalizada del tiempo como tiempo cronométrico, ideológicamente neutro, igual para todos, télico y finito que, por tanto, hay que aprovechar al máximo (la fórmula latina “carpe diem” es una de las más tatuadas actualmente). Con diferentes acentos y privilegiando diferentes aspectos, también se le llama “hora occidental” (Silviane Agacinski), “dromocracia” (Paul Virilio), época del “homo agitatus” (Jorge Freire), “aceleración” (H. Rosa), etc.
[6] Cito algunas de sus afirmaciones a este respecto: “¿Qué hay más universal y evidente que ese discurrir [familiar e íntimo del tiempo]? Pero las cosas son más complejas. La realidad suele ser distinta de lo que parece. […] El tiempo funciona de manera distinta de como se nos presenta” (p. 9-10); “Normalmente concebimos el tiempo como algo sencillo, fundamental, que discurre de manera uniforme, indiferente a todo, desde el pasado hacia el futuro, medido por los relojes. […] Bueno, pues todo esto se ha revelado falso”; “Todo esto socava la base de nuestra forma habitual de entender el tiempo. Genera incredulidad, tal como ocurrió con el movimiento de la Tierra. Pero, como en dicho movimiento, la evidencia es aplastante” (p. 32); “Es difícil de aceptar la idea de que un electrón se comporta de forma tan extravagante. Y la idea de que el espacio y el tiempo se comporten igual resulta aún más difícil de digerir. Sin embargo, esto es, con toda evidencia, el mundo cuántico: el mundo en el que vivimos” (p. 71); “Lo que resulta totalmente creíble, en cualquier caso, es el hecho general de que la estructura temporal del mundo es distinta de la imagen ingenua que tenemos de ella. Esa imagen ingenua se adecua a nuestra vida cotidiana, pero no es apta para comprender el mundo en sus más diminutos pliegues o en su inmensidad” (p. 147), et passim…
[7] Más por interés que como crítica, nos encantaría que Rovelli desarrollara su concepción cuántica del tiempo en relación con la historia entre ciencia y poder. Se apunta algo en la nota 11 (p. 24) donde se refiere a la relación entre ciencia y rebelión, señalando el hecho de que las revoluciones sociales y las revoluciones científicas han ido de la mano. Seguiré investigando en otros de sus libros.
[8] Respecto a la relación entre cronodiversidad e indeterminación nos permitimos remitir a un artículo que he escrito recientemente: J. Bassas, “Cronovirus. De la verdad de la filosofía a la salud de la vida”, en J. Bassas y L. Llevadot, Pandémik, Ned Ediciones, Barcelona, 2021, pág. 65-92.
Aquesta publicació forma part d’una serie d’articles dedicats a reflexionar a l’entorn de la falta de temps amb el títol global “No tengo tiempo”, coordinats per Andrea Soto Calderón, i resultat d’una primera experiència de coedició entre persones sòcies de la Murga cooperativa i Nativa. La serie està formada per les següents publicacions:
- Andrea Soto Calderón, Introducción
- Katryn Evinson, “El tiempo de perder el tiempo”
- Laida Lertxundi, Ren Ebel, “Cuestiones de vida o muerte”
- Raquel Friera, Xavier Bassas, “La ciencia ‘no tiene tiempo'”
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