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El tiempo de perder el tiempo

Escrit el 18/04/2021 per Katryn Evinson a la categoria ARTICLES.
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Leía hace poco que los manuales de autoayuda sobre ‘time management’, lejos de surgir de un contexto empresarial, empezaron a escribirse por amas de casa de clase media a principios del siglo veinte en los Estados Unidos. Los manuales mostraban una preocupación por sistematizar estrategias que aumentaran la eficiencia de las labores del hogar dadas las constantes demandas e interrupciones de hijos, maridos, etc.

Fue entonces, tras proliferar estos manuales, que alguien como Frederick Winslow Taylor aplicó métodos similares a aquellos desarrollados por las amas de casa al mundo de la fábrica, con el fin de incrementar la productividad, aquello que se conoce como taylorismo. En ambos casos, el imperativo a la productividad se traducía culturalmente en una moral que ligaba la eficiencia a valores de la sociedad capitalista. En definitiva, constituía un mecanismo de disciplinamiento que convertía al trabajador en un engranaje más, modelándolo en base a los atributos de la máquina.

Mi madre me dijo una vez que había leído un estudio que mostraba cómo en las labores mecánicas del hogar se drenaba una gran parte de la capacidad creativa. A lo largo del siglo veinte y veintiuno, hemos atravesado distintas facetas históricas de interiorización de la aspiración moral a ser productivos que se han articulado en las múltiples figuras del trabajo: el trabajador del capitalismo industrial, el emprendedor neoliberal, el precarizado autónomo, el estudiante, etc. De manera simplificada, en ese proceso histórico, la creatividad jugó funciones distintas, aunque una de sus constantes ha sido que el capitalismo, como tantas otras cosas, no la puede generar por sí mismo.

Martin Parr, Redman’s weaving shed, Scarbottom, Calderdale, (1975-80). From ‘The Non-Conformists’.

En la fábrica del siglo diecinueve, el trabajador industrial usó su creatividad e ingenio para automatizar las máquinas y así facilitarse el trabajo o tomarse furtivos descansos. La creatividad le sirvió para soslayar formas de dominación en el trabajo. Sin embargo, tras el giro histórico hacia una moral neoliberal, hemos atestiguado y padecido cómo la creatividad no tiene por qué equipararse a la resistencia, sino que se ha convertido en una facultad cuya mercantilización emplaza un lugar central en el discurso sobre innovación y desarrollo en el capitalismo avanzado. ¿No se halla un vínculo genealógico entre esos momentos en la fábrica y los tics o pequeños impulsos que nos desquician de la máquina productiva y que ponemos un esfuerzo constante en domesticar? ¿Qué lugar podríamos darle a la procrastinación, aquel extendido “vicio” de posponer el trabajo?

Digamos que, aunque el sometimiento al deber de la productividad es poco menos que infalible, su mandato no se contesta sin resistencia. ¿Pero de qué clase de resistencia se trata? Y, ¿de qué modos ha sido capturada?

Dichos episodios de resistencia laboral se reintregran (cuando no se instigan directamente) en los circuitos de acumulación capitalista. Es ya un lugar común que perder el tiempo en las redes sociales le llena los bolsillos al dueño de Facebook. Pero además de la subsunción de todo desvío de la productividad en valor de cambio, estudios recientes atribuyen a la procrastinación, ese “mal hábito” crónico en el que nos explayamos a pesar de -o precisamente por- sentirnos culpables y en deuda, una función fundamental para el desarrollo y potenciamiento de la creatividad. Al parecer, al perder el tiempo cuando trabajamos, seguimos pensando en lo que tenemos pendiente, pero de un modo más poroso y lateral, abriendo espacio a “nuestras mejores ideas” que, de acuerdo a estas perspectivas, suelen darse en un contexto de mucha presión y con plazos de tiempo muy restringidos.

Así, si procrastinar inicialmente erosiona la productividad, la creatividad contrarresta la pérdida de eficiencia, inventando formas de solventar problemas, entre otras. Si los trabajadores de la fábrica eran creativos amañándoselas para ganar tiempo libre, hoy en día no parece que seamos demasiado creativos encontrando modos de perder el tiempo. De hecho, empresas de comunicaciones se dedican a concebir nuevas plataformas de malgastar tiempo de manera que se traduzca en réditos. Sin embargo, en ese otro tiempo, “el tiempo de perder el tiempo” a pesar de que haya sido capturado, sigue siendo la temporalidad donde se dan las condiciones más propicias para la creatividad. Dicho de otro modo, el tiempo que perdemos cuando no tenemos tiempo es el que da ocasión a nuestra creatividad.

“No tener tiempo” es la estructura temporal que habitamos cada día más, sobre todo nosotras, tanto las que trabajamos como las que no. Cuando no tenemos trabajo o estamos muy precarizadas, nos pasamos el día trabajando sin cobrar y arreglándonoslas para vivir y mantenernos, haciendo lo posible para conseguir eventualmente una remuneración que dignifique nuestro trabajo. En este caso, la creatividad se va en producir sin apenas cobrar y sobrevivir. Cuando tenemos un salario, la intensificación del trabajo deja poco tiempo para el recreo. Frecuentemente lo que tenemos más a mano, es el teléfono móvil, nuestra ventana inmediata a tener un respiro del inacabable trabajo. Desperdiciar unos minutos en una app no deja de ser un modo alienado de perder el tiempo, pero como vimos antes, esa pequeña interrupción desconecta nuestra mente, lo cual puede dar lugar a nuevas conexiones que se reviertan en nuestras tareas en la forma de soluciones creativas. En ambos casos hay que sumarle la carga de responsabilidades que resultan de, entre otras cosas, las políticas de austeridad y el creciente desmantelamiento del estado del bienestar.

De manera que, no tener tiempo en un régimen capitalista significa, no sólo correr de un lado para otro, sino que también conlleva no tener tiempo disponible para vender a cambio de un salario, en un contexto en el que, además, nuestro tiempo vale progresivamente menos mientras la vida se encarece. Pero también significa no tener tiempo para perder. Si el tiempo en la casa, con los amigos, incluso el tiempo de la organización política, es también un tiempo del estar juntos, un tiempo de dejarse llevar por el encuentro no mercantilizable, hoy parece más necesario que nunca deshacernos del legado del ‘time management’, su impulso por concebir el hogar como un lugar de trabajo productivo que entrena a sus habitantes como engranajes. Debemos desarmar el mandato o la creada necesidad de imbricar los tiempos fuera del trabajo con los tiempos del trabajo. Por ello, creo que tratar de recuperar el tiempo en el espíritu administrativo de los manuales para amas de casa es un modo de volver a sentirnos propietarios del tiempo, listos para intercambiarlo de nuevo en el mercado cuando sea necesario. Entonces, la energía creativa se fue en los manuales, hoy la misma energía se nos va en salir adelante, apresados por la urgencia de llegar a fin de mes.

La creatividad productiva capturada por los circuitos de mercantilización, así como sus formas alienadas de provocarla han ido ocluyendo la posibilidad de esa otra manera de perder el tiempo, la que practicamos sin cuantificar, la del buen vivir. La desposesión de este otro modo de perder el tiempo no es un daño colateral del productivismo capitalista, el aceleracionismo, y su moral. Me parece que cerrar la posibilidad de esa forma particular de perder el tiempo tiene que ver con interceptar la creatividad en su capacidad para imaginar y configurar otra socialidad que ponga en el centro el buen vivir. Por ello, es preciso torcer la estructura del ‘no tener tiempo’ para que signifique otra cosa, para que nos abra a otras temporalidades donde la creatividad pueda ponerse al servicio de la construcción de una vida mejor. No quisiera inferir aquí que el tiempo de perder el tiempo deba rehuir la disciplina. De hecho, me parece que es importante enfatizar que el compromiso y el método son indispensables para practicar la pérdida del tiempo. Demos paso a los manuales que nos ayuden a poner en marcha un proyecto de mundo donde no tener tiempo signifique haber liberado el tiempo del yugo que nos impone una socialidad capitalista.

Katryn Evinson completa sus estudios de doctorado en los Departamentos de Estudios Latinoamericanos e Ibéricos y Literatura Comparada en Columbia University en Nueva York. Su investigación traza historias de resistencia creativa en el ámbito de la cultura visual.


Aquesta publicació forma part d’una serie d’articles dedicat a reflexionar a l’entorn de la falta de temps amb el títol global “No tengo tiempo”, coordinats per Andrea Soto Calderón, i resultat d’una primera experiència de coedició entre persones sòcies de la Murga cooperativa i Nativa. La serie està formada per les següents publicacions:


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