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Una pompa

Escrit el 29/10/2020 per Marta Vallejo a la categoria Una habitación libre.
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todo esto ha pasado entre dos ramblas, la de les flors y la del raval.
todo esto ha pasado entre dos estados de alarma, el de primavera y el de otoño.

(burbuja)

Cuando tuvimos las cajas preparadas con unas cuantas verduras, pan del día y leche, nos repartimos las direcciones de la gente que no podía salir para llevarles la comida a casa. A mi me tocó pasar a casa de M, que vive en la rambla. Llamé al telefonillo y me dijo que subiera, lo siento mucho, no hay ascensor. Escaleras arriba, los pisos eran por orden salones de masaje, pisos turísticos descampados y en la azotea casa de M que me esperaba en la puerta. Las dos con mascarilla, con guantes y con distancia. Mientras iba sacando las vituallas del carrito, el gato de M empezó a dibujarme infinitos entre las piernas. Es que hace días que no ve nadie, lo siento. Yo tampoco había visto a mucha gente y el gatete rompió el hielo. Nos sentamos en la azotea y empezamos a hablar. Mira, asómate a la barandilla.

Las copas de todos los árboles de la rambla, el reloj del BBVA, el tejado de Santa Maria del Pi, el pico del hotel vela y de Sant Agustí. Enfrente algunas ventanas con las luces encendidas y adolescentes haciendo deberes. El mosaico de Miró. Nadie por las calles, nadie, nadie, nadie. Y un par de motos de guardia urbana bajando rambla abajo en filigrana como en una peli de Elia Souleiman. Sus conversaciones subiendo cristalinas hasta nuestros oídos. Las miles de macetas de M en su esquinita de aire libre. La rambla era una calle.

Tengo fecha para el desahucio a principios de abril, me contaba, pero por el covid lo han parado.

(escafandra)

Hablo con algunos vecinos del bloque por si alguno de ellos tiene niños. Hago correr la voz de que, si quieren, les paso la llave de la azotea para que puedan subir a hacer la fotosíntesis de vez en cuando. No sé si hay niños en mi bloque. Sospecho que no, los que había cuando nos mudamos son ya adolescentes, pero tal vez los nuevos inquilinos se han reproducido y tal vez alguna criatura nos haya nacido sin darme yo cuenta. Pasan los días y nadie llama a la puerta para preguntar. Un día bajo al trastero y me encuentro a una familia con dos chiquillos corriendo en patinete por los pasillos del parking. Vuelvo a contarles lo del sol y la azotea, de verdad que no es molestia, os paso la llave y subís. Pasan los días y las semanas y todavía nadie ha llamado a la puerta.

(burbuja)

Un par de veces a la semana voy a casa de mi abuela a hacerle recados. Vive cerca del Fòrum y el camino más corto en línea recta pasa por el mar. La playa está recién pintada y el mar es mucho mejor que turquesa. Es de verdad. No entro a la Barceloneta, pienso que las vecinas se merecen aunque sea impostada, la calma de ser un barrio durante unas semanas. Me para a veces la policía y respondo como caperucita que voy a casa de mi abuelita, que vive solita a llevarle galletitas y verduritas, así en diminutivo. Nunca antes la fragilidad había tenido tanta autoridad moral. Y puedo seguir pedaleando por el derecho a este paisaje que involuntariamente me regalan los 97 años de la Teresina. Hago fotos y se las enseño cuando llego para que se le llenen los ojos de un mar que, dice ella, se parece al de sus amaneceres infantiles en el camp de la Bota.

(escafandra)

Cada vez que bajo a la calle para ir a casa de mi abuela me encuentro un hombre en la plaza de la filmoteca. Está siempre de pie junto a las sillas y las mesas apiladas de los bares cerrados, con una bolsa de deporte llena y mirando hacia uno de los balcones. Si bajo a media mañana está ahí. Si bajo por la tarde está ahí. Cada vez que bajo está ahí, de pie. Un día me encuentro con el propietario de uno de los bares de mi calle. Está aprovechando el encierro para repintar el local, que hace tiempo que tenía que hacerlo y ahora, mira, pues así voy pasando el rato. Le pregunto por el hombre que aguarda y me dice que está esperando su turno, porque vive en una habitación que va a turnos y a él le toca sólo por la noche. Bueno, por lo menos es el turno de noche, me dice.

(burbuja)

Vuelven a abrir el bar de enfrente, primera noche de concierto. A ha estado limpiando el local toda la tarde y coloca la pizarra en la puerta avisando que hoy se toca. Me dice que me baje luego y yo soy militante de las cervezas en esa barra. ¿Cómo has estado? le pregunto, bien gracias a dios, me responde. Se acerca una de las vecinas que trabaja en mi calle y le saluda muy contenta. Mira hacia los lados para vigilar que nadie la oiga y le dice que esté tranquilo, que durante estos meses, mientras ella echaba el día esperando a sus clientes, de vez en cuando se desplazaba unos pasitos más allá de su portal para apoyarse en la puerta del bar de A y asegurarse que nadie había forzado la cerradura. Se ríe y dice nosotras somos mejor que securitas direct.

(escafandra)

El propietario de la cafetería que hay justo debajo de mi ventana tiene en la voz la grava que cae rodando por la ladera de las montañas cuando una roca enorme se desprende y choca contra otras rocas y tras muchos metros de caer se ha convertido en piedras cantilludas repicando lejos de la cumbre. Con fuerza de guijarro y enfado de cima, me despierta cada mañana comentando con sus parroquianos el inventario infinito de todo cuánto roban los inmigrantes a los pobres españoles de piedra picada como él.

Él lo sabe de buena tinta, claro, porque la puerta contigua a la de su bar es una mezquita. Y un día después de comer y antes del primer rezo de la tarde, oigo a una mujer gritando en la calle y al asomarme le veo a él agarrándola del brazo y tirándole del velo. Mora de mierda. Ella le grita racista y grita ayuda y él agarra una silla de su terraza, patria del carajillo y los cojones bien puestos, y se la tira por encima. Vete a tu país.

Con el trabajo hecho vuelve al bar, su reposo del guerrero, mientras ella pide a gritos que alguien le dé el número de la policía. En medio de la calle intenta marcar números y los nervios le cortocircuitan los dedos y desde la puerta del bar llama también él a las urgencias de la guardia urbana. En lo que suena el hilo musical de espera, él la desafía: venga, llama a la poli mora de mierda, a ver a quién de los dos creerán.

(pompas)

Hace ya semanas que podemos ir a trabajar y a comprar, tapadas y anormalizadas produciendo y consumiendo. También podemos volver a desahuciar y llega la nueva fecha de M. Son las siete de la mañana y la rambla esquina hospital está llena de lecheras de los mossos. De estudiantes, putas y parados. De vendedores de ropa vintage y jubiladas libertarias, de okupas y quiosqueros. De transmarikaqueers y de todo lo contrario, de vecinas con y sin papeles, a voz en grito y con megáfono. De los de siempre y los de casualidad. Tras varias horas, M se asoma a la barandilla de su azotea y da las gracias nerviosa, pregonera de la calle que es ahora la rambla burbujeante. Hoy el desahucio se ha parado.

Porque la superficie de las burbujas admite contactos. Porque al encontrarse, varias burbujas juntas se articulan formando arquitecturas efímeras de equilibrios asombrosos. Pueden planear, elevarse, integrar el ritmo del viento en su favor, volar muy alto o disolverse sin dañar a nadie. Las pompas las empieza cualquiera con agua, jabón, aire en los pulmones y el círculo de un índice y un pulgar. No así las escafandras que, aunque se parecen, no son lo mismo.

Puede que nos receten burbujas anhelando escafandras, pero a estas alturas ya sabemos que la vida y los barrios se defienden con pompas.


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