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Ni puta idea

Escrit el 29/07/2020 per Ramon Faura a la categoria Comentaris al marge.
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Casi no veo la televisión. He perdido la costumbre. Pero ayer cenaba con mi madre y mi tía mientras mirábamos un programa de TV3. Salían tertulianos profesionales. Todo terrenos de la opinión. De hecho, esperábamos el 3/24 para saber qué demonios pasa con el Covid, saber si estábamos infringiendo la ley, lejos de la ciudad y en reunión familiar, pero la cosa está, yo no lo sabía, en que las noticias, por la noche, se interrumpen y durante un rato largo se debaten algunos temas de actualidad. Creo que mi condición de extraño me permite decir algunas cosas.

Pensé que de todos los programas televisivos posibles, el más dañino es el de las tertulias “político-periodísticas”, epistemológicamente abominables. No se me ocurre oficio más siniestro que el del opinador-tertuliano. Por supuesto mucho más siniestro que el del policía y mucho más siniestro que el del verdugo, que al fin y al cabo sólo afectan al cuerpo. Al fin y al cabo, el verdugo y el policia no simulan ser amigos tuyos ni encubren su proselitismo, la instrucción de Estado, bajo la amable retórica del pedagogo. Bofetada y punto. Las posiciones claras. Y Quizá por ello, los opinadores que más me irritan son los que podrían pensar como pienso yo. Pura farsa de cura disfrazado con vaqueros y una chapa de La Cabra Mecánica. Precisamente, son los opinadores que dicen cosas que se me podrían escapar a mí, los que me producen más angustia. Cuando los escucho, me siento un esquema.

En el caso de la otra noche, la primera sorpresa fue ver que los tres tertulianos eran la misma persona. No el mismo cuerpo, por supuesto, pero sí la misma persona. El efecto era fúnebre. Parecía uno de esos cuadros tan de moda en el siglo XVI sobre las edades del hombre, Tiziano tiene uno que es magnífico. La misma persona representada en el mismo espacio de ficción como joven, como adulto y como viejo.

Tiziano, las tres edades del hombre 1512-14

Con los tres tertulianos el efecto era el mismo, aunque el joven, en ese caso, era una chica. Una chica que tranquilamente hubiera podido ser un chico disfrazado. Y no lo digo por su aspecto físico; aún menos por tratarse de alguien atiborrado de andrógenos … lo digo porque su prosodia, gestualidad y repertorio de fórmulas huecas, era una réplica perfecta, impecable, cuidadosamente imitativa, de las de un pater familias que trata de acallar a la prole, disimulando su visión testosterónica patriarcal, bajo la carcasa de la objetividad y el universalismo. A esa chica tertuliano sólo le faltaba un cigarro y un pin del Barça. Cuando hablaba, tal como lo haría cualquier macho alfa de pro (y todos los tertulianos, tengan vagina o pene, se comportan como machos alfa a la caza de la yegua) se limitaba, constantemente, en cada frase, en cada comentario y en cada gesto, a limpiar el canal, que es el fundamento básico de todo discurso machista, obstruir el espacio aunque sea para no decir nada; mansplaining le dicen ahora.

En lingüística, limpiar el canal es una de las seis funciones del acto comunicativo. La función fática en palabras de Jakobson. Se reconoce en aquellas emisiones de sentido, vacías de significado referencial, que sólo sirven para corroborar que el canal es tuyo, que se te escucha. Muchas veces son fórmulas vacías, preámbulos que por convencionales, ya nadie decodifica. Sólo sirven para comunicar ahora hablo yo. Por ejemplo, “buenos días, estoy encantado de que me hayáis invitado …” o por ejemplo “en efecto, estamos ante un tema complejo …”. Normalmente se trata de fórmulas introductorias de quien acaba de tomar la palabra. Su insignificancia referencial es tal que a menudo valdría igual un “ejem, ejem” o eso de “hola … se me escucha?”

La cosa es que escuchaba al tertuliano triplicado, las mismas palabras, la misma sintaxis, los mismos gestos, las mismas caras de honorable indignación simulada, y no daba crédito. El moderador iba arrojando temas, sobre cualquier cosa, el Covid, los presos políticos, el campo de Argelés, la crisis económica, el problema de las escuelas; los otros tres como perros hambrientos se abalanzaban a la caza del hueso. Se lo comían todo, opinaban de todo, con una seguridad envidiable, ninguna duda, ningún titubeo, sentando cátedra con cada enunciado… La hostia! Lo sabían todo. Tenían los datos. Pontificaban … no decían nada …. Cada una de las intervenciones era una introducción eterna, interminable, preámbulos, matices sobre cosas aún no enunciadas y, por tanto, no matizables … delirio puro, vaya, limpiezas de canal a tutiplén, minutos y minutos, horas, “siglos” que diría Pedro (Will More) de Arrebato, de fórmulas vacías con el único fin de limpiar el canal: mister Propers del canal de Jakobsob. Y mientras uno hablaba, los otros dos fruncían los labios y se pellizca las mangas. Intranquilos, con miedo a olvidar lo que les tocaba recitar y, por supuesto, sin escuchar lo que decía el otro aunque el otro dijera, exactamente, lo mismo que ellos temían olvidar.

Arrebato de Ivan Zulueta 1980

Y llegados aquí, he tenido el deseo firme de montar un debate donde los tertulianos, cuando se les pregunta se limiten a decir “No tengo ni puta idea” o “no sé de qué cojones me hablas”, o, mejor aún “me la trae muy floja eso que dices, no me interesa el tema “. De hecho, esta sería la única tertulia honesta que se me ocurre.

No quiero opinar de todo. Tengo derecho a no opinar de todo. La gente más sabia que conozco, mis grandes, lo hacían. Recuerdo a mi tío, que sabía la tira de cosas (Nietzsche, dodecafonismo, Be Bop, Jorge Negrete, Mahler, Spinoza, caracoles a la llauna ….) Pero que de vez en cuando, justamente porque sí sabía de muchas cosas, decía ” no tengo opinión, no conozco el tema “. Quiero ser así. Dejar de opinar de todo. Al fin y al cabo, opinar no es un derecho que adquieres al nacer. Eso es una falacia. Opinar es una acción que se construye desde el conocimiento. Opinar de todo es no saber de nada.

Y es precisamente por esta deflación de las opiniones, lógica en un mundo donde todo el mundo opina de todo, opiniones sin ningún efecto práctico ni político, que hay que repensar un opinar, que ha dejado de ser un acto de libertad, para convertirse en rutina de control. Como el GPS de tu móvil o la IP de tu ordenador.

Precisamente, ahora que se nos obliga a opinar de todo, es el momento de no opinar de nada. ¿Messi?: Ni puta idea. ¿Priorat D.O ?: Ni puta idea. ¿El Valle de Aran?: Ni puta idea. ¿Colón?: Ni puta idea. ¿Pepe Habichuela?: Ni puta idea. ¿Mundo casteller?: Ni puta idea. ¿John Maxwell Coetzee? Ni puta idea. ¿Isabel Coixet?: NI puta idea. ¿La España de la república?: Ni puta idea. ¿Wifredo el Velloso?: Ni puta idea. ¿Cine iraní?: NI puta idea. ¿Rosalia?: NI puta idea … y ahora que menciono a Rosalia y recuerdo aquel invierno en que era obligado opinar sobre ella, entiendo que una de las mayores perversiones del capitalismo, de las lógicas del consumo desaforado, es emplazarte siempre como a opinador perpetuo, que es emplazarte siempre como consumidor de opiniones prefabricadas. Ante la imposibilidad de saberlo todo, opinar sobre todo es, o bien decir la primera tontería que te viene a la cabeza o bien consumir sin criterio la opinión de otro.

Pero… ¿no sería más bonito decir “Ni puta idea, me la sopla”? Convertirse en el Bartleby de la opinión. Bloquear la máquina. Después de todo, eres lo que consumes. No dar datos porque sí.

Recuerdo los días más fuertes del delirio Rosalia. Todo el mundo opinaba sobre ella. Recuerdo especialmente mi cena de cumpleaños donde, prácticamente, se me obligó a opinar sobre Rosalía y yo caí en la trampa y, obviamente, dije tonterías porque sobre Rosalia no tengo ni puta idea. Es más, reclamo mi derecho a no tener ni puta idea. No quiere decir que me parezca bien, ni que me parezca mal. Quiere decir que, precisamente, ahora, todavía no sé ni quiero saberlo aún, por mucho que todos hablen de ella en todas partes y todo el tiempo… Y sin embargo, sí tengo que reconocer que de hecho sí empecé a desarrollar un conocimiento, no sobre Rosalía, sino sobre el catálogo de opiniones sobre Rosalia. Las redes sociales, claro. Sí aprendí que los detractores más viscerales eran hombres de más de cuarenta años, barrigudos, feos por norma general y con pocas habilidades, por norma general, en el flirteo sexual (por qué lo sé, es otro tema). Sus opiniones sobre Rosalia se basaban en decir aquello de “la música que se hacía antes sí era música”. Es decir, la música que se hacía cuando yo todavía no era un mueble viejo, arrinconado y adiposo, envenenado por el rencor y más caliente que un toro. Planteaban el debate ya no en términos de “me gusta o no me gusta”, sino en términos de “esto no es música”. Los argumentos eran absolutamente arbitrarios: “es comercial”, como si la música de Michael Jackson, Wagner o Nirvana, no hubiera nunca vendido un disco. O “es apropiacionista”, como si el blues se lo hubieran inventado John Mayall y Alexis Korner. O aún mejor: “es pura imagen”, porque todos sabemos que David Bowie, Kraftwerk, Leonard Cohen y los Ramones son artistas sin imagen … finalmente, Rosalía me empezó a caer simpática por culpa de estos detractores reaccionarios… incluso estuve a punto de escucharla para construir mi opinión. Pero no … finalmente no, había otras cosas que en ese momento me apetecía más escuchar, algunas muy viejas, otras no tanto. Con todo el respeto por un trabajo que no puedo juzgar, preferí continuar, al menos de momento, sin tener ni puta idea. De hecho, me interesa más opinar sobre cosas de las que nadie habla, me siento menos consumidor, más alejado del centro comercial.

De hecho, las opiniones que estos tertulianas recitaban en el plató televisivo, antes que una fuente de información o conocimiento, eran como una camisa del H & M: producto de consumo, barato y desechable, que elegimos en un catálogo de opiniones aptas para todos los públicos. El traje que te obligan a llevar en la oficina. Lo realmente grave es que últimamente es con estas “opiniones” que se hacen las revoluciones televisadas y las quemas de brujas.


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