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La casa (de la música) que vull 33

Escrit el 10/06/2020 per Marina Hervás a la categoria La casa (de la música) que vull.
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Marina Hervás, filósofa y musicóloga

Tres elementos se ponen en juego: la noción de “casa”, la de “música” y la de “Barcelona”.

Una casa, aparentemente, es ese espacio que se vuelve, de alguna forma, el “nuestro”. Es el que deseamos que sea un “hogar” -o, al menos, su promesa-. La “casa” alberga la posibilidad de la intimidad, de la distancia entre lo privado y lo público. Ese nombre permite que sea algo distinto a un “museo” o a un “centro”. La idea de casa exige cierto compromiso con la idea de acogida.

La coordenada “música” se posiciona en conjunción con ella. Dilucidar qué sea la música es, aquí y en general, quimérico y exigiría revisar todos los ríos de tinta que ya se han vertido tratando de resolver esta cuestión (es bien conocido, en este sentido, el esfuerzo que hicieron Eggebrecht y Dahlhaus en 1985 por crear un mapa en torno a la pregunta por la música). Quizá, más que plantearse qué sea la música, el ejercicio podría dirigirse a pensar la música en su cruce con otros elementos culturales y sociales. La música tiene un rol identitario tanto a nivel individual como colectivo, es central en los rituales (no solo en lo religioso… no es nada fácil negar que un concierto o una rave no tengan algo de ritualístico -secularizado-), acompaña buena parte de nuestro quehacer cotidiano (se habla con tino de la “bandasonorización” de nuestra existencia), establece lazos fundamentales con lo emocional, algo que la hace aliada de la exploración sentimental (cuánto hemos llorado con esas canciones tristes) y de la política… y así un largo etcétera.

El asunto clave de la música, aunque parezca una evidencia, es que la música está hecha por sonidos, silencios y ruidos. La noción de museo, según las doctrinas burguesas ilustradas, surge a partir de un concepto de “obra” acotado en buena medida al resultado de la pintura o la escultura. Se creyó, durante mucho tiempo, que la pintura, la escultura o la arquitectura, frente al teatro, la danza y la música, podían congelar, atrapar el tiempo. Aunque durante muchos años se ha intentado entender la música desde esta detención artificial del tiempo, situando a la partitura como “obra”, como escritura primordial de un genio, la partitura no es más que o una sugerencia de un posible sonido o un hecho sonoro representado de duelo contra la partitura surgió gracias a dos frentes abiertos: las críticas a las grafías en las vanguardias del pasado siglo y a los medios de grabación y reproducción.

Así que, volviendo al tema que nos ocupa, si no tenemos obras, ¿entonces qué tenemos? En el seno del arte sonoro, se propuso que el sonido per se, y no convertido en nota musical (que permite que se divida de manera normativa el sonido del ruido, por ejemplo), se comprendiera como material, a la manera de la escultura. Por tanto, el propio proceso de la materia sónica se ponía en juego, es decir, su propio discurrir temporal, la derrota de la promesa del arte de captar la eternidad (como aún defendía Bazin en sus escritos sobre el cine). Así que nuestra casa tiene que pensarse alejada de la idea de museo basada en la “pieza” y en la “colección” si quieres, realmente, dar cuenta de la complejidad de la música. El hecho de que la música sea sonora y, por tanto, abra la percepción más allá de la centralidad occidental de la visión, también podría implicar que esta casa no sea un espacio meramente acotado por lo visuoespacial. No se trata de defender aquí la unión radical entre la vida y el arte o algo por el estilo, en nombre de la música, sino más bien repensar en la necesidad de paredes para esta “casa”.

Dicen los etimólogos que casa, posiblemente, venga de “tejer” o de “trama”. Quizá la música permita crear esas redes que exceden lo arquitectónico de las casas. Pienso, por concretar estos desvíos reflexivos, en los Electrical walks de Christina Kubisch o en los Soundwalks de Hildergard Westerkamp, que concretó en su His master’s voice. Si quieren me pongo menos “sonora” y más “musical”: me vienen a la cabeza las Nueve sinfonías de Beethoven para orquesta y campanilla de vendedor de helados de Louis Andriessen o en los cameos de las bandas de pueblo en las sinfonías de Mahler. Es cierto que hay un “la” delante de “música” y eso parece que nos obliga a converger ante ciertos repertorios, épocas, estilos. Propongo una resistencia al artículo porque creo que, finalmente, contra quien se hace violencia es contra la propia música, que constantemente demuestra que la tarea de su definición es un cruce de multitudes.

Si la casa se abre más allá de las cuatro paredes, entonces es como creo que cabe “Barcelona”. Una casa sin paredes, o sin límite en sus paredes, hace que haya una interacción entre lo que Barcelona vaya siendo y la casa de música. Mientras un espacio musealizado continua el -a mi juicio- estéril debate sobre si la música es eso o aquello a través de una selección de obras y objetos, un espacio sonorizado -o atravesado por el sonido- permite que confluya la realidad musical de Barcelona, que pasa -al menos- por centros sociales con bandas de electrónica diy o agrupaciones de barrio, galerías artísticas que acogen jornadas de drone, músicos tocando en el metro (regulado estrictamente por las instituciones públicas), festivales de música internacionales, nacionales, locales, su mapa sonoro ¡e incluso! lugares destinados originalmente a conciertos al uso. Si queremos que ese “de” realmente tenga el sentido inclusivo de lo que implica lo que “Barcelona” hace con su música, la única forma que entiendo que esto ocurra es mediante la consideración de “Barcelona” como la inquilina privilegiada de esa casa sin paredes, que en el ámbito que nos ocupa la convierte a la vez en intérprete, compositora y oyente: de sí misma y una y otra vez de (lo que deja que sea) “la” música. La casa de la música de Barcelona, entonces, la imagino como un mapa de coordenadas que combate la idea de museo y de obra como principal acción.

Hay un elemento final que es quizá el que marcaba las reglas de nuestro juego de disección de “una casa de la música de Barcelona”: la forma de pregunta. Una Casa de la Música en Barcelona la imagino tal y cómo se ha dispuesto aquí, es decir, siempre como una pregunta. No veo opción posible a la respuesta. Porque lo único que nos cabe verdaderamente para estar siempre alertas, no caer en la complacencia o no negar la posibilidad de equivocarnos es mantener abierta siempre la estructura de pregunta sobre la casa, la música, Barcelona, el preguntado y el preguntador. Así se da cuenta de lo que creo que, desde siempre, ha prometido el arte: que todo pueda ser de otra manera”.

Marina Hervás, filósofa y musicóloga


Il·lustració de Xavier Alamany pel número 41 de Nativa en paper (cliqueu la imatge).


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