Para hacer fuerza hacia alguna zona mejor de las cosas.
De las cosas que podrían pasar.
María Salgado
Primera imagen. Muchos barcos en el mar. Muchos muchos muchos barcos.
Estamos en una isla muy pequeña y es veranísimo. Hay pinos y rocas. Los pinos sólo crecen hasta dónde les deja el viento. Y el viento les ha esparcido las ramas como si un golpe de aire hubiera derramado un vaso de vino sobre el mantel de papel de un restaurante de menú. Las rocas, por su parte, tienen la forma del aire que les ha pasado por dentro. Arremolinando las vetas de minerales para un paseo de geólogo que camina con cantimplora y sombrero de paja y pasa el dedo por los granos de lava antigua, mira a lo lejos y dice apuntando a la roca que todo esto antes era áfrica.
En el a lo lejos que mira el geólogo no se ve pero se sabe que hay barcos y barcas y barcos y barcas y barcos y barcas. En este veranísimo que hace hoy con tanto calor y tanto viento, anda todo el mundo inquieto porque ya están llegando, ya están aquí los barcos llenos de gente que viene en barca y naufraga y casi se ahoga. No cabemos todos y aún menos la gente que llega en barca y naufraga. Lo dicen por la tele que suena de fondo en el restaurante donde se ha sentado a tomar algo el geólogo de vuelta de su paseo por la isla, mientras hojea el periódico que recoge los titulares de las declaraciones que han hecho en la radio para avisar que no dejarán entrar a nadie más.
Segunda imagen. Un hombre sentado.
El restaurante es lo primero que encuentras al bajar del barco que te trae y te lleva de la tierra firme del continente a la tierra firme de la isla. Desde el restaurante se abre una calle que hilvana todas las casas de la isla ribeteando la costura que junta el mar con la montaña en este pliegue de fallas tectónicas. La calle empedrada es tan estrecha como dos personas caminando de lado o como una silla de ruedas yendo y viniendo de desde la última casa de la isla hasta la puerta del restaurante.
El hombre sentado en la silla de ruedas se ha detenido en medio de la calle y mira el mar. Contempla a lo mejor los horarios del ferry que va y viene y que abre y cierra surcos en el agua. Contempla a lo mejor las puntillas de espuma que quedan flotando tras el rastro del barco cada vez que llega y cada vez que se va. O a lo mejor las pisadas de la gente que desembarca en la isla para mirar las rocas horadadas y los pinos deshilachados mientras él, sentado en la silla de ruedas, contempla el mar. Contempla todos los barcos que están en el mar y que los ojos no alcanzan a ver y todas la gentes que están en las barcas que no alcanzan a desembarcar.
Tercera imagen. Una malla cubriendo la montaña.
Detrás de las casas y antes de los pinos hay una montaña. Es la cresta de una ola de piedra suspendida justo por encima de los techos de las casas. El geólogo ya se ha montado en el ferry de vuelta al continente, así que tenemos que fiarnos de la versión del hombre que va en silla de ruedas cuando cuenta que la montaña creció el día que las fallas se removieron y se rasgó la costra que cubría las heridas submarinas de cuando las tierras se hicieron continentes.
Se arrugó la tierra y surgió la montaña que rodea las casas que rodean la calle que rodea el embarcadero de la isla. Pero el viento es tan terco que, a fuerza de pasar, ha ido desmigando las cumbres de la montaña en polvo de piedras de roca. Y se decidió cubrir la montaña entera con una malla de hierros para detener la caída, para que no se despeinen las cumbres ni se despeñen los riscos encima del pueblo. Con lo que costó construirlo.
Cuarta imagen. Un niño callado.
Después del embarcadero y de la calle de las casas, rebosa la isla por ambos lados en forma de playas que le ha mordido el mar a las piedras. Hay un niño que no habla metido en el agua. Se le ve el culo por encima del nivel del mar y se le intuye la cabeza por debajo del agua. Cada poco rato emerge y respira y lamenta no ser anfibio porque lo que dentro del agua se oye nadie lo dice.
Se oye el final de las olas chisporroteando como aspirinas, la onda expansiva de las brazadas de los nadadores, los silbidos de los peces que boquean buscando aire. Se oyen las lanchas pinchadas y los motores sin gasolina y los teléfonos sin batería y los puertos que no responden. Se oye la descomposición de los barcos que ya se hundieron y las líneas de puntos que patrullan las guardias de frontera. Y se oye el agua entre los guijarros que se acercan y se alejan y a pesar de todo se sedimentan en los años largos del planeta.
Quinta imagen. Muchas piedras. Muchas muchas muchas piedras.
El mar hoy está crispado y desde el continente no se da permiso para rescatar. En la isla, un hombre que no anda mira el horizonte lleno de barcas a la deriva y un niño que no habla escucha el hundimiento bajo el agua. Mientras tanto, la montaña se desmorona en esta isla que un día fue continente y hoy se derrumba.
Y a lo mejor, en lugar de colgar la vista entre cielo y mar nuestro hombre dirigirá la silla de ruedas hacia casa. Y a lo mejor, saldrá del agua nuestro niño mudo. Puede que juntos tramen algo. Puede que entre los dos y una cizalla corten la malla que sostiene las rocas de la montaña, ansiosas por desbordarse. Y que piedra a piedra se cubra el pueblo y el embarcadero y hasta la playa con las migajas de roca, haciendo camino. Y ya no hará falta permiso para rescatar porque andaremos todas por encima del agua sin tener que secar el mar. Puede que si nos desintegramos volvamos a ser mundo. Nadie es una isla.
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