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Desbordes del cuerpo

Escrit el 19/11/2019 per Andrea Soto a la categoria Pura superficie.
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Por azar conocí a la coreógrafa griega Sofia Mavragani, fruto de un diálogo en las II Jornadas de Coreografía Política en La Caldera. Confieso que tenía muchas dudas en torno a las posibilidades de que aconteciera un encuentro pero, contra todo pronóstico, las reverberancias que se dieron aún hoy siguen deslizándose en mí como las piedras que arrastra suavemente un río.

El trabajo de Sofia es difícil de clasificar. Si bien podría inscribirse en un lenguaje aparentemente tradicional de la danza, la puesta en escena se resiste a ese enunciado. Pienso, por ejemplo, en la pieza titulada LADY R, inspirada por el último escrito conocido de Rosa Luxemburgo, en donde no realiza una representación, recreación o adaptación del contenido del texto de Luxemburgo, sino que es una exploración de las palabras de Rosa Luxemburgo, de sus sonidos, de cómo puede ser proferido, de qué tipo de discurso provoca.

Imagen: LADY R, Margarita Nikitaki (Documenta 14) Lady R, fragmento: https://youtu.be/NvwlckC21Eo

La relación entre la coreografía y la política aparece así no por el contenido sino por el deseo de levantar otras formas. Sofia tenía resistencias con esta apreciación, ya que el contexto de producción de esa pieza está inscrito en el mercado de las instituciones del arte, por lo que le costaba ver cómo su trabajo podría contribuir a cualquier práctica emancipadora, por incipiente que ésta fuese. Yo insistía en que la cuestión tal vez sea la de cómo crear escenas en las cuales la emancipación no esté sujeta ni sometida al contenido o una consiga política específica.

La emancipación normalmente ha sido entendida como una salida de un estado de ignorancia hacia uno de consciencia de la propia situación. En este sentido, Jacques Rancière ubica en otro horizonte problemático a los procesos de transformación social. La emancipación no es una cuestión de conocimiento o desconocimiento, sino de la posición de un cuerpo y de la puesta en obra de sus capacidades.

El capitalismo avanza estandarizando nuestros gestos, nuestras formas de consumo, de gusto, de erotización, de relaciones, de articulación. Por ello, no se me ocurre algo más político que explorar formas que nos permitan deshabituar nuestros cuerpos, gestos, movimientos, palabras e imágenes a las formas estandarizadas y automatizadas de habitar nuestra vida. La cuestión, en este caso, puede ser la de intentar pensar cómo la danza y la coreografía pueden ejercitar esos espacios de disidencia colectiva, un pensar que no se hace solo desde la palabra sino desde el cuerpo.

Como bien decía Gilles Deleuze, citando a Nietzsche: “nos hallamos en una fase en que lo consciente se hace modesto”. No podemos calcular lo que las transformaciones de los movimientos pueden generar, sobre todo considerando que el argumento que se ha fortificado en la sociedad occidental es que el principal motor de cambio es el esfuerzo humano que proviene de su fuerza de voluntad. El caso es que es más probable que un cambio de movimiento modifique un modo de sentir, pensar y actuar, que un cambio de pensamiento modifique un modo de actuar. “Spinoza abría a las ciencias y a la filosofía un nuevo camino: ni siquiera sabemos lo que puede un cuerpo, decía; hablamos de la conciencia, y del espíritu, charlamos sobre todo esto, pero no sabemos de qué es capaz un cuerpo, ni cuáles son sus fuerzas ni qué preparan” [1]

Levantar otras formas de vida no tiene que ver con representar acciones que se supone nos moverían a su repetición, a nuestra propia acción, sino por organizar acciones que están desconectadas en su propia temporalidad. Inscribir en otros destinos incluso tareas ordinarias del cuerpo como caminar, cambiar de dirección, sacudir la cabeza, liberar los brazos, apoyarse, enderezare, manipular objetos, etc. Traducir equivalencias de esos movimientos, equivalencias que han de ser ficcionadas para producir su verdad. Pliegues y superficies que abren y tuercen su propia caída.

Transitar lo que pasa en el murmullo in-interrumpido de los cuerpos, practicar las tensiones de las distancias mínimas, las aceleraciones del pulso ante la respiración cercana de alguien que se aproxima y nos afecta, el roce tenue y el deseo enredado, los traspiés de la lengua que también es cuerpo.

Cuando digo potencia no se trata de la potencia en términos capitalistas del ‘sí se puede’. Desde hace tiempo tengo esta inquietud en relación a las imágenes, que ahora comienzo a explorar más sistemáticamente: aquella potencia que se ubicaría entre esa potencia que muchos intentan afirmar del ‘todo se puede’, intentando afirmar que solo hace falta una voluntad suficientemente fuerte como para poder llevarlo a cabo; y la ‘potencia de no hacer’ de la que habla Giorgio Agamben.

Personalmente, cuando me refiero a la potencia no se trata de una potencia transparente, tampoco de una potencia que viene de una conciencia específica, sino que es una potencia porosa, arraigada en una experiencia, que es también una experiencia de herida, de desgarro. No se trata propiamente de la potencia de la impotencia, sino de una suerte de potencia que no es una potencia productiva pero tampoco la negatividad de no (el ‘preferiría no hacerlo’ de Bartleby).

Creo que hay un espacio entre esos dos modos de la potencia que Diego Sztulwark está pensando, en su libro La ofensiva sensible, que acaba de publicar la editorial Caja Negra en su colección Futuros próximos. En un adelanto del libro, Diego escribe: “¿Cuál es la imagen de potencia que podemos oponer a la imagen de potencia que el neoliberalismo moviliza, que es una imagen contundente, productivista? Es la idea de podemos más, podemos todo. Tenemos que estar todo el tiempo presentándonos como sujetos productivos, plenos, creativos, valorizantes. La potencia es todo lo que podemos y podemos siempre y podemos más. Esto niega que la potencia real de la existencia, la capacidad de hacer y pensar de la que habla Spinoza, es siempre una potencia que está atravesada por lo frágil, atravesada por la angustia, por patologías, por no saber. Es una potencia sin imagen previa. No es el ‘sí podemos’, es el ‘qué difícil que es todo’. Ese punto de la potencia creo que es un punto fundamental para restituir. Porque si no el tipo de potencia que está emergiendo es una potencia de compra de mercancía, que simplemente lo que va a hacer es liquidar todo el capital que tenemos para recuperar”.

Diría que el trabajo de Sofia se inscribe precisamente ahí, en una exploración lúdica de investigación del movimiento, de una capacidad de aparecer que es también una incapacidad. Leer con el cuerpo, oír con los pies y con la piel, desplazar al movimiento de su sumisión a la acción para pensar con/desde él. Esbozando contornos de fantasías y deseos no-imaginados.

[1] Gilles Deleuze, Nietzsche y la filosofía, Anagrama, Barcelona, 1986 (1967), p.58.


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