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“Ser pastores de monstruos”. En defensa de las distopías

Escrit el 18/09/2019 per Daniele Porretta a la categoria Utopías y distopías.
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Nos oponemos entonces a cultivar las utopías, imposibles flores sin perfume, frágiles y delicadas para conservar bajo campanas de cristal.
Preferimos ser pastores de monstruos; evocándolos desde nuestro mágico círculo interior, los cuidamos y los alimentamos para que se hagan grandes y se desencadenen alrededor.
Porque sabemos que nuestros monstruos terribles están hechos solamente de humo, mientras la frágil flor roja que los utopistas cultivan es como una amapola que esconde en su corola la leche blanca del sueño; y esto es lo que realmente nos da miedo.

Superstudio, Utopia, Antiutopia, Topia, 1977

 

En los últimos tiempos nos hemos acostumbrado a imaginar el futuro como la realización de nuestras peores pesadillas y las distopías han acabado por ejercer el dominio absoluto de la ficción cinematográfica. Frente a la catástrofe a cámara lenta que nos ha tocado vivir, a menudo se lamenta la desaparición de las utopías.

“Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. La frase, a veces atribuida a F. Jameson, otras a S. Zizek, bien puede describir la reciente actitud de nuestra civilización frente al futuro. Vivimos dominados por la sensación de asistir a un lento colapso, rodeados de las ruinas de unos tiempos que recordamos como mejores, cuando los salarios eran más dignos, las viviendas más accesibles, las ciudades más limpias y seguras. Que estos recuerdos sean ciertos o se trate simplemente de idealizaciones del pasado podría ser argumento de una larga discusión, lo cierto es que nunca la inseguridad existencial de una civilización fue tan bien retratada en el cine y en la literatura como ahora.

La distopía, una palabra que hasta hace poco aparecía solamente en los diccionarios de medicina (situación anómala de un órgano) o en algunas discusiones académicas dentro de las ramificaciones del genero utópico, como sinónimo de cacotopia y antiutopía, ha tomado siempre más protagonismo hasta llegar a ejercer el dominio absoluto de nuestro imaginario futuro. Frente a tanto pesimismo alguien podría dejarse llevar por la nostalgia y añorar los tiempos en los que la humanidad era capaz de generar utopías, proyectos de perfeccionamiento social que en algunos casos se intentaron llevar a cabo, con los éxitos que conocemos. Si es cierto que las utopías han prácticamente desaparecido de las librerías y de los cines – ¿Recuerda alguno una película de ciencia ficción donde se presente un escenario futuro positivo? – tampoco hay que olvidar que la mayoría de estos proyectos de alternativas políticas iban acompañados por una serie de estrategias para hacerlos funcionar a menudo autoritarias y liberticidas.

Ya en la obra de More aparecían algunas anticipaciones de lo que habría sido el futuro de un género literario cuya estructura muchísimos pensadores y reformadores sociales utilizaron para ilustrar sus ideas de cambio. Se trataba de reformas que habrían llevado a la felicidad gracias al rediseño total de la vida de las personas, empezando por el lugar en que vivían, pasando por su manera de trabajar, de comer y de vestir, hasta llegar a su manera de reproducirse.

La utopía de More por ejemplo, preveía como clave de la felicidad la abolición de la propiedad privada y la construcción de una sociedad laboriosa, sobria y austera. Aislada y protegida de las visitas externas, la isla de Utopía era pensada como un lugar secreto que había que defender de los posibles agentes peligrosos, los extranjeros. More pensó que para alcanzar la felicidad había que limitar la libertad de sus habitantes, construyendo una sociedad inamovible que, al ser perfecta, no habría necesitado nada más que ser defendida así como era. Así los habitantes de utopía tenían que vestir todos de la misma manera, vivían en casas todas iguales, no les era permitido moverse libremente por su isla y tenían que llevar una vida totalmente transparente: “No hay ninguna taberna de vino o de cerveza, ni lupanares, ni ocasión de corruptelas, ni escondrijos, ni reuniones ocultas ya que están todos bajo la mirada de los demás, vense obligados a dedicarse al trabajo habitual o a un honesto holgar”.

Esta idea de la transparencia política y espacial tendrá mucha importancia en época moderna, con un papel protagonista en el urbanismo, asociada a la democracia pero reivindicada también por personajes como Mussolini: “Il fascismo è una casa di vetro in cui tutti possono guardare”.

Con muchas variaciones, la idea de que a través de la limitación de la libertad de las personas se habría alcanzado una sociedad feliz está presente en la mayoría de estos proyectos. Otra de las preocupaciones recurrentes de la utopía es la mejora de la “raza” tanto que, en la Ciudad del Sol de Tommaso Campanella, los médicos dan indicaciones sobre lo que más conviene comer, los ancianos azotan a los que intentan escaquearse del trabajo y hasta se llega a regular el coito de los habitantes: “ estando bien lavados, se entregan al coito cada tres noches; y solamente se acoplan las mujeres grandes y bellas con los hombres grandes y virtuosos; y las gordas con los delgados, y las delgadas con los gordos, para lograr un buen equilibrio… No se entregan al coito mas que después de la digestión…”.

Las sociedades utópicas tienden a la asfixia y al control totalitario de todos los aspectos de la vida de sus habitantes. A pesar de estas tendencias autoritarias, seguimos defendiendo y persiguiendo la utopía durante siglos hasta que dejamos de producirla. Su desaparición no fue repentina, se trató de un progresivo abandono. Esto no significa que el espíritu de transformación social que la había movido haya cesado, más bien que se empezó a mirar con desconfianza a unos iluminados utopistas que dedicaban su tiempo a planificar las vidas de las personas hasta en el más pequeño detalle, para que fueran más productivas, más sanas y más morales.

La utopía como herramienta de crítica del presente acabó sustituida por la distopía, que nos avisa de un peligro futuro a través de la deformación de nuestra realidad presente. A diferencia de la utopía, estática y casi siempre autoritaria, la distopía tiende a ser dinámica y a invitar a la rebelión. Lo que contaron unos distopistas clásicos como Huxley, Orwell, Zamjatin y Forster fueron actos de desesperada disidencia e intentos de revolución. En el último siglo la literatura y el cine distópicos nos han alertado de las consecuencias de la explosión demográfica (Cuando el destino nos alcance, 1973), han reflexionado sobre la inteligencia artificial (Blade Runner, 1982), sobre los totalitarismos burocráticos (Brazil, 1985), las posibilidades de la discriminación genética (Gattaca, 1997) y la degeneración grotesca de nuestra civilización (Idiocracy, 2006). Sin lugar a duda cada una de estas películas es el fruto de la sensibilidad de la época que la ha producido. Si miramos a los últimos años, el éxito de las distopías más recientes es el reflejo de nuestras emergencias y de la atención hacia determinados temas, como por ejemplo el papel de la tecnología en nuestras vidas (Black Mirror, 2011), la opresión de la mujer (The Handmaid’s Tale, 2017) y las consecuencias del cambio climático (Blade Runner 2049, 2017).

Es probable que cada una de estas distopías refleje un aspecto diferente de los tiempos que estamos viviendo, pero ninguna sigue tan actual como Children of Men (2006), una película de Alfonso Cuarón. En esta distopía la humanidad se está extinguiendo debido a su esterilidad: desde hace 18 años no nacen niños. En el Reino Unido se da caza a los inmigrantes ilegales, el espacio público está militarizado y el protagonista es un ex-activista que ha dejado desde hace tiempo de pensar en la política. La atmósfera es la de la desesperación y el desamparo que preceden el fin del mundo. Hay una escena de la película que relata Mark Fisher en Realismo capitalista y que bien explica la actitud de las élites frente a la catástrofe que se acerca. Theo, interpretado por Clive Owen, se encuentra con un amigo que se está ocupando de salvar las obras de arte de la destrucción. En el viaje hasta el lugar donde se encuentra el Arca de las artes, una institución que se ha instalado en la Battersea Power Station, los manifestantes en la calle llevan pancartas que dicen Arrepiéntete! y La infertilidad es un castigo de Dios. Dentro de las salas del arca reconocemos a Bansky, Michelangelo y a un enorme cerdo hinchable suspendido en el cielo. Theo le pregunta a Nigel, su amigo, qué sentido tiene salvar estas obras si dentro de 100 años ya no habrá nadie para verlas: “Como puedes seguir?” al que Nigel le contesta: “Simplemente no lo pienso”.

Si la pasividad y la conservación de lo existente es la actitud de las clases dirigentes frente al acercarse del fin del mundo, Children of Men, como en muchas distopías, indica un camino de salvación. De las revoluciones de las distopías no siempre conocemos los caminos a recorrer, pero sabemos que no excluyen al extranjero y al imperfecto, no recopilan decálogos de reglas para seguir, no construyen muros en defensa de su sistema.

Las distopías nos enseñan que ser “pastores de monstruos” es una nueva forma de hacer la revolución.


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