Eréndira estaba bañando a la abuela cuando empezó el viento de su desgracia.
-Anoche soñé que estaba esperando una carta –dijo la abuela
Eréndira, que nunca hablaba si no era por motivos ineludibles, preguntó:
-¿Qué día era en el sueño?
-jueves
Encorvada en esos surcos que se hacen entre las frazadas y las sábanas, con los tapes hasta arriba de la cabeza y una linterna a la que tenía que ahogar un poco para disimular su luz, me devoraba La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y su abuela desalmada, de Gabriel García Márquez. No tenía mucho más de trece años. Por entonces, estaba los veranos con mi abuela en el campo, durante el día nos pasábamos leyendo bajo los cerezos el único libro que tenía en su casa: las sagradas escrituras. Ella prefería el nuevo testamento, a mí me parecía fascinante el libro de Judit o el cantar de los cantares, hasta que un día mi perro You se comió La Biblia. Por lo que, antes que mi madre me trajera los libros de García Márquez, oíamos unas obras de teatro orales que transmitían por la radio.
Los radioteatros, género particular, eran una suerte de proto-telenovelas, su público era fundamentalmente femenino y se sostenían en el vínculo entre la radio y la imaginación. Cuando lo oíamos era ya un género en decadencia: la transmisión del drama y la comedia había sido una de las principales actividades radiales durante las décadas de 1940, 1950 y 1960, pero en los ‘90 su declive era ya definitivo.
Supongo que la memoria me lleva hasta esos días porque siento una especie de añoranza de aquella época en que me quería devorar cualquier historia, ahora que -como a menudo me dice un amigo- casi ninguna película me gusta, novela me atrapa o serie me abre otra mirada. Añoranza de esa perversión, como decía Georges Bataille, que opera la literatura. Experiencia límite, el abrirse de una realidad que más que horizonte es caída.
No sé si esta especie de anemia pasional es porque la generación a la que pertenezco es tumultuosa. Aunque quiénes me conocen saben de sobra mis resistencias a las nostalgias del pasado como si éste fuese mejor.
¿Añoranza del tumulto de la juventud o el intento de encontrar huecos de su eco ensordecido?
Imposible que esa pasión que me abrazaba entre las imágenes que se componían, la música, los olores y los pálpitos se haya desintegrado. Imposible que hoy no se escriban novelas que arrebaten.
Michel Houellebecq, en la Ampliación del campo de batalla, dice que nuestra civilización parece tener un agotamiento vital; que el mundo se uniformiza ante nuestros ojos, que adaptarse a las normas complejas y multiformes que exige esa homogeneización se lleva toda nuestra energía: “aparte de las horas de trabajo hay que hacer las compras, sacar dinero de los cajeros automáticos (donde tienes que esperar a menudo). Además, están los diferentes papeles que hay que hacer llegar a los organismos que rigen los diferentes aspectos de tu vida. Y encima puedes ponerte enfermo, lo cual conlleva gastos y nuevas formalidades. No obstante, queda tiempo libre. ¿Qué hacer? ¿Cómo emplearlo? ¿Dedicarse a servir al prójimo? Pero, en el fondo, el prójimo apenas te interesa. ¿Escuchar discos? Era una solución, pero con el paso de los años tienes que aceptar que la música te emociona cada vez menos”.
¿Es que no tenemos energía ni para tener apetito por la vida? ¿Es que nuestro deseo se ha mimetizado hasta tal punto que tenemos costras que no se dejan desgarrar?
En esta búsqueda absurda, como la mayoría de las búsquedas orientadas en un sentido aparentemente determinado, he ido corriendo a leer un cuaderno precioso que me hizo hace algunos años, con su puño y letra, un amigo que me falta con la fuerza del hambre. Entre el martes 01 de julio del 2014 y el miércoles 26 de octubre del 2016, escritos intermitentes, formas de compartir rugosidades, en parte trazos de esas vidas que ya no tenemos, también su manera de escribirse a sí mismo, aunque fue mucho más tarde que leyó Emilio Renzi. Antes nos mandábamos cartas, y luego me envió este regalo que es como una casa para que me refugie del exilio de mi lengua, que me arrope en las estaciones de trenes que siempre me generaron trastornos afectivos. Pero sobre todo, supongo, para que los largos silencios no se hagan polvo, para que los largos silencios no se acumulen en los objetos. Cada palabra es una grieta, un rasguño por donde aparece. Un temblor que me permite seguir sintiendo su olor y el riesgo de desearlo.
El encuentro con estos fragmentos me remeció, me retumbó en las entrañas. No solo me he exiliado de mi lengua, sino que mi lenguaje se ha burocratizado en una lengua que no sé hablar. El sacrificio es miedo al desencadenamiento. “Lo que la risa enseña es que, al evitar con prudencia los elementos de muerte, tendemos tan solo a conservar la vida, mientras que al penetrar en la región que la prudencia nos aconseja evitar, la vivimos. Porque la locura de la risa es solo aparente. Al arder al contacto con la muerte, al introducir –violentamente– lo que debía ser rechazado, nos saca durante cierto tiempo del callejón sin salida en el que encierran la vida aquellos que no saben hacer más que conservarla” [1].
La llama es la parte más sutil del fuego, dice Octavio paz en La llama doble. En el erotismo el plural es de rigor, aproximarse al calor de esas cenizas y soplarlas para que vuelva a arder su peligro.
Que el viento y su cola encendida [2] nos pongan en nuestro sitio, que podamos ser devoradas por la literatura o deslizarnos serenamente por sus susurros, sobre todo encendidas por el deseo de contar y poder oír nuestras historias, aquellas que nos abisman.
[1] La literatura y el mal, Georges Batailles, 1957, Ediciones Nortesur, Barcelona, 2010, p.61.
[2] Elegía en el viento de julio, Oniromancia, Winétt de Rokha, 1943.
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