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Yo soy Pipi Lamstrung

Escrit el 12/05/2019 per Ramon Faura a la categoria Comentaris al marge.
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Traducción del texto Jo sóc Pipi Lamstrung

Odio profundamente el fútbol. Pero no el negocio en sí, que me parece razonable, a fin de cuentas, siempre encontraremos alguien dispuesto a hacerse rico con el aburrimiento de los demás, odio la práctica en sí. Por supuesto odio los muslos ultraatrofiados, la gestualidad contrahecha, los escupitajos, los peinados suplicantes y la sintaxis racista. Odio sus valores hipócritas, la disciplina, el supuesto juego en equipo y sentir los colores, fanatismo identitario que siempre se diluye cuando llega alguién con una chequera más larga.se desvanece cuando aparece alguien con un talonario más largo. Odio la figura paterno-fascista del entrenador, con sus trajes ostentosos de vendedor de inmobiliaria, el escudo del club, su retórica bélica, la nuca cortada a navaja, el olor a Baron Dandy. Odio el fútbol, ​​sobre todo, porque de pequeño no me dejaban jugar.

El fútbol era el deporte para los tíos, para los fuertes, no para los mediamierda que cuando estaban en quinto parecían un mocoso de tercero. Odio el fútbol, a pesar de que gracias al fútbol pasé grandes momentos jugando a las gomas con las niñas de la clase. Así pude hacerme amigo de Gemma y de Irene. Y también lo odio, aunque gracias al asco por el fútbol, ​​empecé a dibujar cómics con Jaume, cuando nos dejaban quedarnos dentro de la clase a la hora del patio. O hablar de los Black Sabbath y AC / DC, que en séptimo nos flipaban a los que no podíamos jugar al fútbol, a ​​los freaks de la clase por decirlo así, a los amigos de las niñas que las niñas no deseaban porque por mucho que dijeran, las niñas, siempre se enamoraban de los oligofrénicos que jugaban al fútbol, ​​con sus piernas peludas (yo no tenía ni un pelo), los pectorales desarrollados y las venas marcadas en el antebrazo. Tarados. Odio el fútbol, ​​aunque gracias a mi odio por el fútbol, ​​al mediodía, saltábamos el muro para escaparnos al bosque y mirar pornografía, lo que, entre otras cosas, supuso una escuela del mirar que, completada con los cómics, Tintín o Robert Crumb, todo cabía, me ayudó a afilar los ojos años después para mirar otras cosas, se trate de un cuadro, de una película o de lo que pasa a mi alrededor.

Odiar el fútbol, ​​además, me impidió siempre, afortunadamente, creer en una idea de virilidad en la que nunca me encontré cómodo: el héroe de acción encantado de conocerse. El odio al fútbol me permitió participar de la misandria de Lonesome Cowboys de Warhol y de los soldados heridos de Watteau, disfrutar de la belleza de Bowie y de la fragilidad agresiva de Johnny Rotten. Y tanto es así que cuando recuerdo mis mitos de pequeño, siempre me encuentro con desplazamientos curiosos. Así, con la Dama y el Vagabundo, me llevaron mis abuelos, yo me identificaba con la Dama. Una perrita tímida y apocada, de familia acomodada y con el profundo anhelo de ser secuestrada por un desclasado que la hiciera saltar al otro lado. O, por ejemplo, también, la bruja de La Bella Durmiente. Me fascinaba que pudiera transformarse en cualquier cosa, ahora un dragón, ahora unas zarzas. Y por el mismo motivo me identificaba con Robin Hood, que además de ser pequeño como yo, se disfrazaba de lo que fuera necesario para tomar el pelo a hipertestosterónicos soldados del rey; me fascinaba especialmente, la escena, hablo de la versión de Walt Disney, en la que se disfrazaba de gitana. Me flipaba. Los pendientes, las telas exóticas, los ojos pintados … y tal vez por eso, ya de adolescente, la estética y la música psicodélica me atraparon por completo, música sin acción, informe, donde los músicos parecían chicas. Y los ojos pintados de Keith Richards, claro. O el colorete de los New York Dolls. Como chicas. De hecho, así había sido, incluso cuando ya me habían salido algunos pelos. A menudo me confundían con una chica y nunca me molestó. Recuerdo con especial orgullo un día en el que unos albañiles de Albons me dijeron “Tía buena”, también recuerdo que me estaba fumando un fortuna y, por tanto, demasiado pequeño no era. Bien, en casa no había tíos. Todos mis modelos familiares eran femeninos. Me encontraba cómodo, es lo que había y me gustaba. Mi abuela, mi madre, mi tía, mi hermana. Hasta que no llegó la atracción sexual por las mujeres, no sentí ninguna necesidad de identificarme como futuro “hombre”. Y de hecho, los siempre traumáticos inicios sexuales tuvieron más que ver con la angustiante presión que sentía, por parte de amigos pero también por parte de ellas, de comportarme como un tío: tienes que ser tú quien dé el primer paso; si no eres vehemente pidiéndolo, quiere decir que en realidad no quieres; hazte el duro, no hables de sentimientos o pensarán que eres marica … era espantoso. Y sí, lamentablemente, me convirtieron en un tío, aunque sólo parcialmente.

He pensado en todo esto a raíz de la artificial polémica sobre los cuentos de Caperucita. La gente, yo el primero, se puso nerviosa. Se crearon debates absurdos. Desde uno que me reñía por “chulear de longitud de polla” y lo hacía, obviamente, dejando claro que la suya era más larga; hasta alguna amiga que me acusaba de defender el patriarcado. Me di cuenta demasiado tarde: estábamos hablando de cosas distintas. Yo hablaba de literatura como espacio de fuga y pensamiento radical, y otros hablaban del cuento como portador de valores ejemplares. Para mí un cuento siempre será una pregunta, nunca un manual de conducta. En fin. Fuera por lo que fuera, era imposible entendernos. Probablemente, porque antes de escuchar al otro, habíamos decidido asignarle una identidad, y sólo leerlo desde aquì. Un desastre. A todo esto, Jordi Oliveras decía, con toda la razón, que quizás estábamos sobredimensionando la acción de las escuelas que habían retirado Caperucita.

Más allá del caso en sí, que honestamente, me da igual, como si quieren quemar la biblioteca entera, he descubierto después, con el mal cuerpo todavía encima, que lo que verdaderamente me molestó de este debate (e insisto que lo digo al margen de los libros que hayan incluido en el índice) es que alguien hubiera decidido que cuando yo leo, lo hago como hombre porque tengo polla y me digo Ramon; que alguien diera por hecho, sin saber qué pienso ni como me han criado, que cuando leo la caperucita me identifico con el lobo o los cazadores, y que mi hermana, lo hace con la caperucita. La ficción, y esto es clave, te permite tomar cuerpo con lo que tú sientes y piensas, no con lo que te han dicho que eres.

Y yo, ya lo he dicho, fui la Dama, Robin Hood, la bruja, Pipi Lamstrung y Christiane F. Nunca me he identificado con el héroe que salva a nadie porque odio el fútbol. Y ya que estamos, recuerdo una primera cita. Habíamos entrado en un cajero automático. Mientras sacábamos dinero vi unos fulanos extraños esperando fuera. Le pregunté a la chica si sabía correr, que yo era lo único que sabía hacer, que no sabía ni podía proteger a nadie, empezando por mí mismo. Aún menos sin dos vodkas encima. Que se pusiera el casco de la moto… A pesar de las coacciones que te obligan a identificar tu género con tu sexo, a pesar de las derrotas y los roles asumidos, de los roles impuestos, aún hoy, cuando abro un libro, miro una peli o escucho un disco, tengo derecho a identificarme con quien me dé la gana y hacer la lectura que me dé la gana. Después de todo, para mí al menos, abrir un libro, antes que en bibliotecas, me hace pensar en aquel muro que saltábamos para ir a mirar pornografía entre los árboles.


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