Empezó a crecer como crecen los mitos, una noche cualquiera en que ella y yo intentábamos seguir un movimiento que llamábamos baile. Esta mujer es de esas amigas que la vida debiera regalarte a puñados. Entonces, sin saber por qué, le lancé unas palabras desparramadas que creo marcaron nuestro encuentro, le dije: ‘te falta’. En ese momento creía que me refería al ritmo, ella creyó que me refería a una radicalidad del gesto, seguro más bien me estaba refiriendo a mi propia falta. La pasión compartida ha hecho que la falta sea nuestro exceso.
Mi vida entera quizás no sea más que una colección de faltas, no lo digo en el sentido de errores y fracasos, que también, tampoco en el sentido lacaniano de la falta como ese forado que nos constituye, sino de lo que se supone debía estar ‘ahí’ y no estaba. Siempre cuento a modo de anécdota que cuando estudiaba el grado de filosofía, mis compañeros intentaban insultarme diciendo que tenía ‘buenas intuiciones’, les encantaba citar a Schopenhauer cuando decía “cabellos largos, ideas cortas”. En definitiva, entre bromas –rodeos que se usan para velar lo que se piensa- lo que no dejaban de afirmar era que no tenía palabras, que era puro balbuceo o ruido.
Una va normalizando que otros le señalen lo que ‘tiene que hacer’, ‘cómo debería hacerlo’, sobre todo acorazando la idea de que los huecos, que precisamente son los que nos permiten respirar, son agujeros de pérdida, de insuficiencia, de fracaso sostenido.
Nunca somos tan buenas, tan rápidas, tan fuertes, tan hábiles, tan eficientes, tan listas, tan agradables, tan cultas, tan dóciles, como quisiedebiéramos. Esta falta en la que nos ubica la ideología y paisaje que marcan las formas de producción capitalista, constituye nuestra subjetividad, nuestro horizonte de deseos para luego recelar de él. La construcción del loser no es ingenua.
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Fotografía de la reproducción de Vanessa Miralles de la fotografía de Gordon Matta-Clark, Genua Datum Cut 73, 1973. Genova.
Lo paradójico es que muchas veces cuando participo de una asamblea no dejo de oír esa voz repetida de todo lo que nos falta. Y no puedo dejar de sentir que quizás solo tengamos que dejar de estrellarnos contra nuestras faltas. Encontrarnos en nuestras faltas.
Recurrentemente a quiénes más incomodan esas faltas son a quienes creen saber cómo se hacen las cosas o cómo se deberían hacer.
Castración sistemática, muchas veces formas impositivas de la contracultura que se expresan en múltiples síntomas de moralismo militante. La cosa no es ser complacientes, no tener autocrítica, ni tampoco reivindicar la consigna romántica del fracaso, sino no dejar de inventar formas de cuidado.
El cuidado no consiste en una acción paternalista ni condescendiente, tiene que ver con mecanismos complejos de cómo tramamos nuestras relaciones, aquello hacia lo que apuntaba Michel Foucault hacia el final de su vida, al conjunto de prácticas que ha de trabajarse como una obra de arte, como un proceso creativo de transformación. Un cuidado de sí, que es siempre un cuidado de entre-sí. Del inter-ser como dice Jordi Carmona citando a Hannah Arendt.
Vamos rotos, no solo por la fragmentación estructural que nos compone, sino por cómo la vida nos ha quebrado. Habríamos de componer modos de cuidado, no reproducir formas de normalización, atender a la extensión de nuestras heridas, pero sobre todo que estén a la altura de nuestra fragilidad.
… ¿Qué no haríamos si no tuviésemos tanto miedo a no llegar?
… experimentar quizás sea eso, aprender a bailar con nuestras faltas.
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