Intervenció de Tania Safura Adam al 16è Fòrum Indigestió
Es importante reconocer nuestros lugares comunes.
Porque hay otros que no lo son.
Aquellos que nacimos en países colonizados y hemos migrado
tenemos un lugar común.
Hay algo que nos une, que conforma nuestra historia,
y conformó la de nuestros ancestros.
Podemos tener lugares comunes con otros seres,
lugares que vienen dados por el género, la raza, la clase social…
Pero aquí no hablamos de esos parajes,
sino del devenir de las colonizaciones y
las migraciones en nuestros cuerpos.
Los imaginarios sociales que recaen sobre nosotros
son fruto de ese devenir.
Determinan nuestras subjetividades,
nuestra manera de ser y estar en el mundo.
“El hemisferio occidental se considera el centro del globo, el país natal de la razón de la vida universal y de la verdad de la humanidad. Por sí mismo, occidente codificó una gama de hábitos aceptados por diferentes pueblos. Aquellos que no han aceptado dichos códigos son una figura de la diferencia, de la otredad”. (Achile Mbembe, Crítica de la razón negra)
“Debido a la posición predominante de Europa frente al resto del planeta, a lo largo de los últimos 500 años, la literatura europea ha ocupado un lugar de privilegio en el escenario mundial. Esta literatura ha aportado una gran tradición humanista, un claro reflejo de las luchas sociales y democráticas de los pueblos de Europa. Por ello la literatura occidental tiende a optar por el silencio o la ambivalencia ante situaciones históricas represivas como el comercio de esclavos, el esclavismo, el colonialismo o el actual neocolonialismo. En otras palabras, existe un racismo inherente en las relaciones de occidente con el resto del mundo. (Ngugi Wa Thiongo)
Mia Couto dice que estamos hechos de historias
como moléculas.
Y las historias de opresión
son sin duda un lugar común de los sujetos colonizados.
Cuentan sobre nosotros muchas leyendas.
Pero ya se acabó.
Queremos contar nuestras propias historias
Queremos crear nuestros propios discursos, imágenes y mitos.
Queremos nuestras propias presentaciones.
Esta es una historia de emancipación.
No es una lucha de sexos.
Ni de clases.
Ni de razas.
Podría ser una lucha de poder.
Pero en realidad es una lucha de representaciones
porque es ahí donde está nuestro reconocimiento.
Y la Cultura…
la Cultura es el campo de batalla de las representaciones.
Todos necesitamos el reconocimiento para sentirnos que formamos parte de “algo”. Desde pequeños en nuestras casas, y luego, de mayores, lo exigimos a la sociedad. Las representaciones generan reconocimiento y nos permiten moldear subjetividades emancipadas.
Aquellos que migramos y fuimos colonizados,
no queremos ser neocolonizados ni asimilados.
Por eso queremos contar nuestras historias.
Somos disidentes culturales.
Dicen de nosotros que somos una minoría,
pero en realidad somos una mayoría.
Estamos ante un cambio de paradigma, os lo aseguro.
Somos muchos los que creemos que Europa ya no es el centro del Universo.
Intentamos huir de los lugares comunes donde nos depositan los imaginarios occidentales.
Nos descolonizamos a la vez que nos indignamos.
No pretendemos reemplazar el centro, sería aceptar que existe un único centro desde donde mirar al mundo. Simplemente lo desplazamos porque los diferentes pueblos del planeta tienen su propia cultura y su propio entorno como centro.
Lo que está por ver es si las estructuras de poder están dispuestas a renegociar los centros. Y si ante una negativa, ¿seríamos capaces de descomponer la hegemonía cultural para restablecer otras formas de estar?
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