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La desaparición

Escrit el 28/06/2015 per Marta Vallejo a la categoria Postals de Yakaar.
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Todas las citas de este articulo son de la
novela Karnak Café de Naguib Mahfouz
escrita en 1974. No en 2015, no. En 1974.

Degi Hari

Foto: Marta Vallejo. Del blog Alejandria, why?

Un día, al llegar al café a la hora de costumbre me di cuenta que las sillas de los jóvenes estaban vacías. El lugar parecía extraño y reinaba una calma chicha.

R estuvo al teléfono durante más de una hora. Teníamos una reunión pero ella estaba enganchada al móvil, andando de un lado a otro de la oficina. Meneaba el boli y decía que sí y decía que no sabía y anotaba nombres en una libretilla. Cuando colgó me acerqué con cara de te estás columpiando, amiga, y cuando la tuve enfrente vi que estaba llorando despacio. Casi sin mover los ojos, como si le gotearan lágrimas desde la coronilla.

R me cuenta que hace cuatro días que el primo de su mejor amigo ha desaparecido. Veintiún años tiene el muchacho, que está haciendo la mili y que como tenía permiso se vino a ver a la familia. Y que el viernes al mediodía se fue a rezar con su tío, que es muy piadoso. Y que el viernes por la noche llamaron a la puerta de su casa y se lo llevaron.

M, que es abogada, estaba visitando uno de los presos que representa y al avanzar por el pasillo un chico le gritó su nombre y su edad desde una de las celdas. Y el nombre y la edad de otros nueve hombres. Gritó que llevaban cuatro días y cuatro noches encerrados, que uno de ellos no dejaba de temblar, que otro es diabético y no había tomado su insulina y que otro había empezado a mearse y cagarse encima. De miedo.

M publicó en facebook la lista con los nombres y las edades. R al leerlo reconoció al primo de su mejor amigo y la ha llamado y han hablado durante más de una hora. La parte buena es que ahora sabemos dónde está, me dice. La parte mala es que está bajo jurisdicción militar, que nadie podrá visitarlo y que no tendrá derecho a abogado. La parte buena es que ahora podemos buscar a alguien que conozca a alguien que trabaje en la cárcel y pagarle un pico para que nos dejen entrar comida para el muchacho.

Flacos como si hubieran ayunado, los estudiantes tenían la mirada triste y sarcástica, las comisuras de los labios surcadas por una rabia profunda.

Hace unas semanas fuimos con tres amigos a una exposición. Que era una proyección de vídeos. Que era un encuentro de amigos. Que era una asamblea de apoyo a los presos. Había fotos en las paredes: una chica joven haciendo pompas de jabón, una pareja joven abrazándose bajo una farola, un chico con gafas y mar de fondo. Había vídeos de las manifestaciones de ayer de hoy y de siempre y de la policía nuestra de cada día.

Había la madre de M que estaba sentada en un taburete con cara de cera y de dormir poco. Se levantó y nos contó que M es una joven muy normal, que es muy testaruda y dulce, que se preocupa siempre por los demás y que es muy responsable. Que al principio iba a las manis a escondidas de su padre y que le tocaba a ella guardarle el secreto. Que M se hizo abogada para ayudar a los demás, no para ser revolucionaria.

Y nos cuenta que ahora M y el chico de la foto con mar de fondo y el chico de la foto con novia estarán en la cárcel durante más de un año. Que ella lo que ve es que en la cárcel con M hay muchas chicas que no son revolucionarias ni nada, que más que nada son pobres. Y que conociendo a su hija, sabe que cuando M está convencida de algo, no para hasta conseguirlo. Y que pobres de ellos, que la han encerrado y todavía no lo han entendido. Y le gotean lágrimas como si cayeran desde lejos, desde la coronilla o desde la cárcel.

Por segunda vez, los estudiantes desaparecieron. De forma tan súbita e ininterrumpida como antes.

A K y a E les conocí casi a la vez. Un amigo común montaba un festival de teatro independiente y no tenía espectáculo para la inauguración. Como E es actor, K es escenógrafo y yo a veces soy kamikaze y a veces soy escritora, pues asumimos el reto de hacer un espectáculo un poco como los personajes que buscan autor, un poco como un teatro que busca teatro.

Tras una semana de ensayos, empezamos a sospechar que nos gustaba trabajar juntos, nos hilábamos bien las ideas y encontramos pronto la manera de encarrilarnos los derrapes. Tomando birras después del estreno nos dijimos que esto deberíamos hacerlo más a menudo. Y E nos dijo que en verano se marchaba a Nueva York. K puso cara de “me dejas solo” yo puse cara de “te marchas, marchas?”. E puso cara de “no me queda otra”. Su hermano que vive en Estados Unidos le ha conseguido un visado y por probar no se pierde nada.

A E le gusta y le asusta la idea de irse. Alejandría le tiene agarrado por los sentidos: construye personajes que son camareros jorobados, que son viudas de balcón, que son niños con cometas. Alejandría le tiene agarrado por los sentimientos: discute sus aspiraciones con amigos que son hermanos, con amantes que son amigas, con colegas que son familia. Alejandría se le anuda en el estómago y le rechinan los dientes al dormir por el miedo a empezar de cero y las ganas de seguir empezando. Antes de tomar el avión nos dice: no estoy huyendo, sólo me marcho.

Por qué lamentarse de cosas tan inexorables como el amanecer y la puesta de sol? Nuestros jóvenes acabarán por volver, se sentarán entre nosotros con aspecto de fantasmas, y juro por dios que ese día, volveré a bautizar este lugar y lo llamaré El Café de los Aparecidos!

Una semana antes de la partida de E, volvimos a encontrarnos los tres. Un té por los viejos tiempos, una birra por los éxitos de antes y otra birra por vernos pronto! K nos dice que en tres días se marcha a Dubái. E pone cara de “te marchas, marchas?”, yo pongo cara de “nos dejas solos”. K pone cara de “no me queda otra”. Le han invitado a un festival de teatro, tiene un par de amigos en la ciudad y por probar no se pierde nada.

Ha pasado un mes, es la primera semana de ramadán y vienen los colegas a cenar a casa. Después del rezo de las 19h llaman a la puerta y es K con media sonrisa y una sandía. Un abrazo y qué ilusión verte y qué haces aquí y te hemos echado de menos y cuándo has vuelto. La media sonrisa de K es medio sonrisa, medio susto. Nos cuenta que le impresionó la ciudad, todo tan limpio todo tan grande todo tan todo. La primera semana estuvo liado con los talleres y las cenas pagadas por el festival.

La segunda semana aprovechó para visitar a los amigos egipcios emigrados. Quedó con un colega de la facultad, también teatrero. Un amigo que duerme al raso porque lo que gana trabajando no da para pagarse un techo en esta ciudad tan limpia y tan todo. No le da tampoco para pagarse un billete de vuelta a Alejandría, así que ahí sigue. Antes de irse a K le gustaba la idea de irse. Se marchó a Dubái pensando en huir del aburrimiento. Huyó de vuelta a Alejandría para poder marcharse a tiempo.

A mediados de la primavera de ese año, desaparecieron por tercera vez! No hubo ni preguntas ni exclamaciones. Nos miramos, sacudimos la cabeza y pronunciamos palabras sin sentido: “siempre igual…”

H es un tío encantador, le gusta hablar y que le escuchen, le gusta besar a su novia y que su novia le abrace. Tiene todo el carisma reconcentrado en un cuerpo bajito y sólido, con gafas de moderno y pies de hobbit. Cuando viene a casa abre la ventana y grita “buenos días Alejandría, hermosa!” después se enrolla como una persiana declamando discursos absurdos, moviendo los brazos como si fuera un general o un presidente, o las dos cosas.

Hace unas semanas, al salir de una exposición que era una proyección que era una asamblea, H estaba inquieto y un poco insoportable. Le dije que no fuera pesado, me dijo que tenía miedo. H, con sus discursos y su tesón, es una cara habitual de este microcosmos de activismo en la sombra. Dio caña en la universidad hasta que le echaron, a él y a su mejor colega. Después de eso, su colega desapareció. Se desapareció a sí mismo cambiando de barrio, cambiando de nombre, cambiando de sueños y currando de camarero al otro lado de la ciudad. Pero le han encontrado y ahora está en la cárcel. Yo no me escondo, pero me asusto, me dice.

Últimamente cuando llega a casa se apalanca en el sofá. No palabrea en la ventana y cuando lo hace es para gritarle a Alejandría cuan miserable y sucia le parece. Desde que su hermano volvió de Dubái anda deshilachado, se pasa el día durmiendo y cuando se despierta actualiza las cuentas de los amigos que se han ido, de los amigos que no vuelven, de los amigos que no están, de los amigos que ya no constan.

Los pies carcomidos por la incertidumbre del aparecer y el desaparecer. Del no saber que le responderá la ciudad cuando vuelva de esta ausencia.

– Dónde estabais, amigos?

– De paseo! Respondieron al unísono.

– Y se marcharon entre risas. La alegría había vuelto, pero los rostros habían cambiado

 


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