Ríe y llora sin estar triste o feliz
como el enamorado
que dibuja una línea en el horizonte
para borrarla después
Es semana santa, estamos en Luxor provenientes de Asuán y del Cairo. Bajo el sol seco hemos caminado entre jeroglíficos a la sombra de esfinges y faraones. Remontamos el Nilo en un crucero medio vacío, comemos bufet libre en compañía de familias peruanas, adolescentes brasileños, rusas a la parrilla y algún que otro francés hervido.
Acompañados por un guía ortopédico toreamos la avalancha de tutmosis, akhenatones y ptolomeos. Y en un silencio antiguo, pasea el síndrome de stendhal entre las piedras.
Para ir del barco hasta la orilla tenemos que pasar por diez cruceros amarrados uno junto al otro en rigurosa doble fila, creando un pasillo de barcos fantasma. Una especie de paseíllo del abandono durante el cual nos cruzamos unos salamualeikum con vigilantes que dormitan en colchones desparramados por el suelo. Lámparas de araña cubiertas con sábanas acartonadas. Recepciones de crucero desconchadas. Vigilantes del naufragio flotante sobre el Nilo que esperan la llegada de unos turistas que no llegan.
Tres años más tarde, en Egipto la revolución es esa palabra que explica todo lo que nos molesta entender. La abundancia de líos y la escasez de turistas
Tres años más tarde, en Egipto la revolución es esa palabra que explica todo lo que nos molesta entender. La abundancia de líos y la escasez de turistas. El agosto de expolios y el diciembre de divisas. Los hielos de la incertidumbre y las sequías del cambio. Mientras remojamos los pies en la piscina, raros como un pulpo en un garaje y como nosotros mismos perroflautas en un crucero, me acuerdo de los concursos de la tele en los noventa.
Amor a primera vista, vip noche, el precio justo, la ruleta de la fortuna, a jugaaaaar! Han ganado ustedes un crucero por el Nilo. Cinco días con todos los gastos pagados en el misterioso Egipto. Barquitas de vela, nativos con turbante, té de menta, pirámides y palmeras, la pasión turca desorientada, Ana Belén y Terenci Moix. Oriente majestuoso, Melià tours, Tutankhamon maldito, Marsans quebrado.
Ofertas imbatibles de precios reventados, exotismo en tetrabrick, tiempos aquellos en qué el cosmopolitismo viajaba en chárter. Circuitos descafeinados para consumir la marca egipto, la marca españa, la marca mundo. Daiquiris en Miami, faraones en el Nilo, paella en Barcelona. Moqueta verde en la cubierta, camellos en la orilla.
Ya es casi de noche y el sol va cayendo con la misma elegancia que en los fondos de pantalla. Las rusas, los franceses, las peruanas y nosotros flipamos con la brisa y las colinas rojas. Una cerveza a precio de oro y un libro para combatir el espejismo que no viene del desierto sino de mi misma en un crucero descascarillado.
Y de repente “Hello! Hello! Helloooooo!”. Gritos de hombre procedentes del río, golpetazos contra el casco del barco, camareros apresurándose escalera abajo, pasajeros amorrados a la barandilla. “Hello! Hello! Hellooooo!” una barquita azul con un señor de pie y un adolescente al timón vendiendo souvenirs al abordaje. Se han adosado a la nave, se han atado a un cabo suelto, un mantel de nefertitis estampadas por bandera. Piratas del Nilo a contracorriente.
Las peruanas negocian precios en dólares, compran ghalabeyas made in china porque son bien egipcias, mamá. Comercio fluvial en todas las lenguas de la ONU, “hola caracola, ça va?”. El proceso dura varios cuartos de hora y unos cuantos litros de carburante. Se quedan los corsarios de agua dulce en el último puerto, a la espera del próximo barco en dirección contraria. A ver si en el camino de vuelta holacaracola se estira y les compra un algo para cubrir costes.
Por estribor ha ido cayendo la noche y mi compañero de fatigas touroperadas me habla de la puesta de sol. Cámara en ristre me cuenta que hay un momento de la tarde en que desde la Tierra se puede ver la sombra de la Tierra. Señala una franja rojiza y una franja gris entre el cielo y el río. En el horizonte, sobre las orillas, una bruma ya tirando a violácea separa el azul del Nilo del azul del cielo. Y en un bocadillo de luz, la sombra del planeta proyectada a lo lejos sobre sí misma.
La sombra de los turistas que no vienen, la sombra de los souvenirs sin comprador, la sombra de los hoteleros a la fuga, la sombra de los especuladores jubilados, la sombra de las esfinges en fila. La línea desdibujada entre la temporada alta y la temporada baja. La corriente de los brotes verdes y la marca registrada.
La sombra de un crucero hacia nuestra sombra.
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