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Hipocresías

Escrit el 20/05/2014 per Marina Garcés a la categoria el sol ho encén tot.
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Traducción de Hipocresies

Las hipocresías no son ni verdad ni mentira. Son posturas que adoptamos para evitarnos problemas y consecuencias que no queremos asumir. Hay hipocresías conscientes y directamente interesadas. Siempre han funcionado: dentro de las familias, en las relaciones laborales, con los vecinos o en la vida política. No hay que decir mucho más.

Pero también hay hipocresías más inconscientes y difíciles de percibir, porque nos las hacemos a nosotros mismos. No tienen como objetivo engatusar a alguien u obtener un beneficio directo, sino darnos una respuesta cómoda y aparentemente satisfactoria a problemas que nos obligarían a ir más allá y, quizás, a plantearnos cosas que seguramente no nos acaban de gustar.

Digo todo esto porque en los últimos días me he encontrado confrontada con dos posiciones que yo misma he defendido y mantenido con frecuencia, pero que miradas desde otro lugar pueden funcionar como una pantalla de hipocresía. Son las posiciones que se resumen en las siguientes frases: ante el individualismo de nuestra sociedad, afirmar, “todos somos dependientes o interdependientes”; y ante el problema de la violencia como momento de la transformación social, responder, sin entrar a fondo, “es todo el sistema, hoy, lo que es violento”. Las dos afirmaciones son verdad, todos somos dependientes y el sistema es violento. Pero, ¿en qué medida pueden ser estas verdades hipócritas?

“Todos somos dependientes …

… Pero todos queremos una vida independiente”

Esto es lo que le escuché decir el otro día a la muchacha del Foro de Vida Independiente que intervino en el acto de presentación de Silvia Federici, Revolución en punto cero (Traficantes de sueños, 2014), en el Ateneu la Base del Poble Sec. La sala del Ateneu estaba muy llena, más de la mitad de la gente se había quedado en la calle y escuchaba la charla con pequeños transistores de radio. Aquella mujer, para llegar con su silla de ruedas motorizada había tenido que pedir a todo el mundo que se levantaria y para intervenir necesitaba que le aguantaran el micro. Apenas podía pasar las páginas del papel que llevaba escrito y, tal como nos explicó, podría pasar sed teniendo un vaso de agua a mano. Sus dedos retorcidos no le dejan coger y acercarse un vaso de agua a la boca. Cuando dijo “todos somos dependientes… Pero todos queremos una vida independiente”, estas palabras se me clavaron y tomaron un sentido que para mí no habían tenido nunca.

Cuando dijo “todos somos dependientes… Pero todos queremos una vida independiente”, estas palabras se me clavaron y tomaron un sentido que para mí no habían tenido nunca

Desde mi crítica al individualismo autosuficiente, desde mi crítica al yo y desde mi apuesta por aprender a decir nosotros, no había tenido que sentir nunca la fuerza de mis piernas, la habilidad de mis manos o las necesidades más básicas de mi cuerpo. En la misma línea, mi interdependencia está experimentada desde la posibilidad económica y legal de desplazarme por el mundo, y desde la suficiencia cultural de elegir con quién y con qué me relaciono, desde qué valores y de qué manera. Por lo tanto, soy una interdependiente muy independiente. O dicho de otro modo, sólo porque en algunos aspectos soy muy independiente puedo afirmar con alegría nuestra interdependencia colectiva. Ir más allá de la hipocresía significa hacernos, yo entre otros, conscientes de esta situación. Quizás esto significa tener que hacer un esfuerzo práctico y conceptual a la hora de definir, hoy, los espacios en los que estamos reaprendiendo la cooperación y la vida en común. Honestamente, pues: ¿de cuánta interdependencia y de cuánta independencia está hecha hoy una vida digna y verdaderamente autónoma?

“Todo el sistema es violento” …

… Pero, por un lado, ¿cómo se distribuyen sus violencias? Y, por otro, ¿hay una violencia revolucionaria?

Me hacía estas dos preguntas al encontrarme con dos libros de reciente publicación que me han impactado. Uno es Campos de guerra, del mejicano Sergio González Rodríguez (Anagrama, 2014), sobre la violencia del narcotráfico y sus relaciones con las políticas estadounidenses. Al leerlo, en todos sus datos, extractos de informes y descripciones de casos, pensaba otra vez en mi cuerpo, en aquello de lo que mi cuerpo tampoco es consciente: su seguridad. Toda seguridad es relativa, ya lo sabemos, pero es evidente que esto no iguala la exposición a la violencia. No hace falta decirlo con detalle: vivir lejos de las violaciones sistemáticas, del cierre extenuante en maquilas, de las mutilaciones o los secuestros de jóvenes, del hambre o de las intoxicaciones, hace bastante más fácil olvidar la necesidad de seguridad y hablar, también con alegría, del riesgo, del peligro, de la vulnerabilidad o de la exposición de todo vivir en común.

Abordar el tema de la violencia sin hipocresías pasa, creo, por atravesar la pantalla del “todo el sistema es violento” y situarnos en la incomodidad de las cuestiones que se nos abren a través de estas dos lecturas

El segundo es La violència il·lustrada, un libro magnífico de Nanni Balestrini de 1976 que ahora El Tigre de Paper Edicions han editado en catalán. Con su habitual literatura experimental, Balestrini traza un fresco donde la violencia social y la violencia revolucionaria se toman el relevo narrativo pero no se confunden. Todo es violencia, sí:​un divorcio, una guerra, una muerte en un hospital o una barricada tras una huelga. Pero en 1976, un año antes de la brutal represión sobre los movimientos de ilegalidad de masas que estaban llevando a Italia a la inminencia de un cambio político y social sin precedentes en ese país, Balestrini todavía podía afirmar que no todas las violencias son iguales. Que hay una que es nuestra porque va a nuestro favor, de los “nosotros” que sufrimos y que somos explotados. Que es nuestra, pues, porque es la violencia que combate la violencia que nos explota y domina.

Abordar el tema de la violencia sin hipocresías pasa, creo, por atravesar la pantalla del “todo el sistema es violento” y situarnos en la incomodidad de las cuestiones que se nos abren a través de estas dos lecturas. Es decir, hacer hacernos conscientes de nuestra relación real con la violencia del sistema y su mapa de desigualdades y plantearnos, sin pacifismos abstractos, pero también sin fetichizar la acción directa vacía y ritualizada: ¿hasta dónde y cómo estamos dispuestas a luchar hoy por esta vida en común, por esta vida interdependiente y al mismo tiempo autónoma, que tanto decimos desear? Si aumenta la agresión, si aumenta, como lo está haciendo, la agresión y la represión del sistema, ¿cómo responderán nuestros cuerpos pacíficos y pacificados, alimentados y cuidados hasta ahora a salvo de la violencia que late, día a día, en todo del mundo?

Yo no lo sé, honestamente.



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