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Izquierdas, juicios, ladrillos y pulsiones

Escrit el 29/04/2014 per Oriol Fuster Cabrera a la categoria Ho deixo anar.
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Traducción de Esquerres, juís, totxos i pulsions.

0. Quiero hablar de David Carabén ‘Mishima’ a raíz del enésimo juicio moral que se le ha hecho, a raíz de la enésima vez que se le pregunta, en una entrevista, sobre su participación en el anuncio de Banc Sabadell. Quiero hablar de ello básicamente porque crucificarlo desde la izquierda me parece gratuito. Contraproducente. En parte, peligroso. E indicativo, sobretodo, de muchas cosas.

1. Cuando veo Carabén y Monzó anunciando Banc Sabadell me fastidia. Me cabrea. Es gente que me cae simpática, que me parece inteligente y que hace cosas interesantes, y pienso que ostias, ya es mala leche; y quizás también falta de vista, y sobretodo y especialmente en un momento como el actual. Desalojos, tal. Feo. Entiendo, como han dicho la mayoría de las voces críticas, que participar de ello es una decisión política.

Aun así, hay que ver también que cuando un músico o un escritor acepta anunciar un banco –decisión en algún caso incómoda, tranquila en otros, siempre consciente del juicio público que significará– las razones que llevan a esta persona a tomar la decisión –básicamente, que no pueden ganarse la vida de modo digno solo con su trabajo– son también políticas. Es también político y es, además, mucho más grave, por anécdota una cosa y categoría la otra.

2. No tengo ni idea de dónde se encuadra políticamente, Carabén. Quizás estemos lejos, quizás no tanto; quizás sencillamente no se encuadra, como la mayoría de la población, y fluctúa, según el contexto, a partir de una serie de valores y/o ideales más o menos orgánicos.

Sinceramente: tampoco me interesa mucho. En general, de Carabén solo me interesa su música. También me pasa con el hombre a quien compro el pan –de quien, por cierto, no me descargo su hornada gratis-. No es nada personal: seguramente los dos son bellísimas personas. O no. No me quita el sueño.

Pero Carabén me parece interesante como músico, y es por ello que he comprado algun disco suyo. También he descargado alguno. No estoy muy de acuerdo con el que, intuyo, su punto de vista sobre la llamada piratería, porque me parece una aproximación que contempla solo una parte del asunto. Un poco naif.

Comprendo y comparto, claro, la preocupación por no obtener una retribución económica de su trabajo. No sé cuántas horas destina a componer un disco, ni cuánto dinero destina a grabarlo, pero seguro que son un huevo. Y son horas, de hecho, que no puede destinar a otros trabajos.

Hacer y vender pan, por ejemplo.

Soy consciente también de que para la gente de mi generación pagar por música es como mínimo complicado. Una situación que viene dada por una mezcolanza entre hábitos y valoración de importancias, por qué des del primer momento se ha convertido en normal. Como cuando mi sobrinita de tres años pasa el dedo sobre una baldosa esperando que reaccione como la tablet, porque claro, es lo normal.

Soy consciente, pues, de que en este debate sobre descargas de música, legalidad, ilegalidad, derechos de autor, retribución por trabajo y nuevas realidades, se debe encontrar una dinámica que beneficie a todas las partes. Y que, sobretodo, deberíamos dejar de juzgarnos y prejuzgarnos los unos a los otros –público, industria y creadores-catalizadores-artistas-equis. Que sin un poco de empatía mutua difícilmente habrá más que inercias. Estancamiento en posiciones que terminaran por ser caricaturescas. Dominio del prejuicio, la incomunicación y el clan.

Me huele a que suceda un poco lo mismo que con la polémica del anuncio de Banc Sabadell.

3. A partir de aquí, si dedico un domingo a escribir estas líneas es porque me preocupo.

Me preocupo por la actitud de algunos compañeros militantes a raíz del anuncio hacia Carabén. El No es de los nuestros, el Es un vendido prodesalojos. Porque creo que no es tan sencillo, y me inquieta esta cierta tendencia a juzgar, a dividir el mundo entre buenos y malos. El estás conmigo o contra mí.

Sobretodo pienso en cuando tenía diecisiete años, cuando el boom del ladrillo, y trabajaba de mandao cargando en camionetas material para constructores. Especulación, destrucción del paisaje y otros cuentos.

Este primer trabajo coincidió con mi primer desvelo y compromiso político.

Empecé a militar en Maulets como reacción precisamente a estas dinámicas especulativas, y las primeras campañas que organicé o de las cuales participé iban en este sentido. Y claro, proveer material de ocho a siete para alimentar una dinámica contra la que evangelizaba una vez sonaba la sirena me generaba no pocas contradicciones.

Alguno de aquellos constructores me explicaba que a él tampoco le gustaba, todo eso. Pero que en casa esperaban un plato en la mesa, y que quieres, tío.

También hay que decir que muchos lo hacían porque significaba dinero fácil, claro.

Y casos y casos, distancias y diferencias a un lado, no puedo evitar comparar. Porque intuyo que la pulsión vital es la misma. Porque la gente necesitamos vivir de algo, y cuando no podemos vivir de lo que nos gustaría vivimos de lo que podemos. Unos cargábamos sacos de Portland y ahora nos damos de ostias por becas, otros construían y ahora vete a saber, otros aceptan hacer anuncios con bancos. De mierda.

Y tampoco puedo evitar decirme que Mira, qué quieres, y preguntarme qué haría yo si tuviera cuarenta años, hijos, obligaciones y tanto cansancio en la espalda; y no veinticuatro y la precaria pero al mismo tiempo relativa seguridad de casa los padres y de no tener a nadie dependiente de mí económicamente.

Y quizás no lo haría, porque quizás tenemos diferentes concepciones de coherencia y ostia, un banco es un banco. Pero antes de asegurarlo al ciento por ciento y a puño levantado ve y encuéntrate con la situación, Oriol, guapo. Las valoraciones a priori son muy fáciles de errar.

Asimismo, cargando ladrillos y cemento y hablando del tema con colegas intuí que el de la coherencia es un tema muy complejo. Que más que pretender abrazarla siempre o pasar de ella siempre, quizás la única actitud posible es intentar convivir con ella. Como Pinocho y Pepito Grillo. Saberte limitado. Actuar como consideres más correcto para con tu cosmovisión. Ir tirando. Y ya está.

Pero también porque pienso que esta dinámica de categorizar a todo dios según si es de los míos o no implica considerar que uno dispone de cierta certeza absoluta, y esto es bastante caca. Y porque esta clasificación no permite encuentro fuera de las propias fronteras, y esto jode aún más.

Porque el objetivo último de este compromiso, de la militancia política, es transformar la realidad.

Conseguir que no hayan más desalojos, conseguir que no se especule más con el territorio, conseguir que músicos y escritores no tengan que plantearse más ciertas cosas porque no pueden ganarse la vida con su trabajo real o porque están hasta las narices de intentarlo durante años y años.

Y pienso que juzgar a todo dios y mirarse las cosas desde la torre de marfil y el gueto y la cueva y tal quizás es reconfortante, pero si el objetivo es transformar todo eso me temo que útil, lo que es útil, no lo es demasiado. Y que es sobre todo una pérdida de tiempo y energías, muy necesarias por otro lado.

En muchos casos, alejarte de gente potencialmente muy cercana.

Y me preocupa. Y me fastidia. Y como me preocupa y me fastidia, decido escribir estas líneas.

Al final, quizás hay que escoger si el disgusto con la realidad se transforma en pulsión de partida o permanece estado vital.

Oriol Fuster Cabrera | @oriolfc

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