Traducción de Em dius gestió comunitària i jo penso en aquestes coses
En los últimos meses me he encontrado en varias conversaciones hablando de gestión comunitaria de la cultura. Pienso en situaciones como el aniversario de la APGCC, las jornadas El sentit de la cultura o el Fòrum Indigestió del pasado otoño, entre otros. En todas ellas alguna gente hemos compartido, el celo, el impulso y la búsqueda por poner en el centro de las reflexiones sobre cultura la propia sociedad, en lugar del sector, la política de corto recorrido, o la (por otra parte justificada y comprensible) preocupación por la precariedad de muchos trabajadores de la cultura.
A la vez que compartimos esto, también hay dificultades para ponernos de acuerdo, acotar de que hablamos y saber si realmente buscamos lo mismo. Alrededor del tema se utilizan muchas palabras: tercer sector, gestión comunitaria, gestión asociativa, cultura libre, gestión ciudadana o cultura no-lucrativa… hablando de cosas a menudo diferentes, incluso contrapuestas.
Ha habido situaciones de aquellas en las que el contraste con los otros te ayuda a definir y he decidido recoger algunos de estos momentos y tomas de posición, por si puede ser útil.
¿La cultura comunitaria es un modelo que ha de convivir con otros?
En alguna situación alguien ha hablado como si hubiera una cultura social o comunitaria que debería convivir con otras expresiones culturales, como la creación (la actividad artística), la cultura industrial (la que acaba vendiendo en forma de producto) u otros. Quien lo hacía delimitaba el espacio comunitario a “la cultura en los barrios”, en edificios dedicados a los vecinos de entornos concretos, y suponía que esta era una especie de actividad legitima que debería convivir con otras. “Tiene que haber espacio para todo”.
Esto me lleva a preguntarme si cuando hablamos de cultura comunitaria estamos asumiendo este esquema, y aceptando esta trinchera desde la que desarrollar otra cultura, hipotéticamente distinta a “la cultura clásica” o “la cultura de masas “.
Desde mi punto de vista, no. Defender una mirada comunitaria y centrada en la sociedad sobre la cultura, no debería suponer sólo la defensa de determinadas prácticas supuestamente cercanas al concepto sino también una revisión de todas las formas de plasmación de la cultura. Se trataría de no limitarse a estos entornos que, abriendo un espacio muy necesario, reivindican el arraigo territorial (o, en otros casos, la dimensión militante de la expresión cultural), y tener en cuenta que las mismas personas que los usamos también vemos series de televisión, escuchamos canciones tontas, o nos relacionamos con la historia del arte, que esto también forma parte de la vivencia cultural en sociedad, y que aquí también tenemos que aprender a cambiar la mirada. Ni recluirse ni dejarse encerrar. Defender una mirada comunitaria sobre la cultura debería impregnarlo todo y llevar a hacernos preguntas sobre la relación con los artistas, el papel de la ciudadanía en el gobierno de museos, televisiones y auditorios, la gestión de los derechos de autor, las alternativas en el modelo de empresas para la cultura, su necesidad o no, etc, etc,…
¿Hablamos de un tercer sector que complementa los servicios culturales del estado?
También surgió este planteamiento en una mesa. Debería haber un tercer sector de la cultura, diferente de las empresas y los servicios públicos, que llevara a cabo acciones donde el estado no llega, se decía. De hecho, las mismas convocatorias de subvenciones del sector público, en su letra pequeña se definen así: como convocatorias para favorecer actividades llevadas a cabo por asociaciones, colectivos y empresas que, dentro de los objetivos de la administración pública, lleguen allí donde ésta no llega.
Esta perspectiva tiene muy poco que ver con lo que pienso. Quien defiende la apropiación social de la cultura se queda muy a medio camino cuando opta por estructuras ciudadanas que llevan a cabo obligaciones del estado. Identifica, con razón, que a veces una unidad ligera puede llegar donde no llega una estructura pesada, pero, desde esta perspectiva comunitaria, no llega al fondo de la cuestión, que sería que esta ventaja consiste principalmente en una mayor implicación y empatía con el contexto donde actúa, y que esto, y cómo se hace esto, es lo que importa.
Si vivimos cultura en sociedad, el sentido de estructuras y organizaciones vinculadas al tejido social no es subsidiario del estado sino todo lo contrario. El estado debería actuar en algunos lugares donde quizás no llega la sociedad, y a su servicio, y no al revés. Mientras no se demuestre lo contrario, es más evidente la implicación de la sociedad en la cultura cuando lo hace desde sus propias estructuras que cuando el estado lo hace por ella.
Y con esto no quiero decir que los recursos del estado -los que nos son útiles y los que no- no sean nuestros y no nos tengan que importar, ya lo hemos dicho antes. Y también lo dice Helena Ojeda en La cultura transgénica (lo traduzco): “es un error que, ante la actitud y el interés lucrativo de unos administradores públicos que han perdido el norte tirando balones fuera, renunciemos a los recursos que retienen en sus manos”. Fortalecer el espacio social también puede querer decir recuperar su control.
“Si estás a favor de la centralidad de la sociedad en la cultura entonces estás a favor del mercado”
Eso me dijo hace unos años un director general, de ideología pretendidamente socialdemócrata. Él había asumido la correspondencia entre mercado e intereses de la sociedad, el supuesto de que el mercado es un mecanismo maravilloso que detecta y hace realidad lo que la gente deseamos y necesitamos. Ya sabéis de qué hablo. No me parecía verdad entonces, pero quizás es más evidente con ojos de hoy que la relación es falsa. Al mercado le van bien los pisos vacíos cuando la gente los necesitamos llenos. Al mercado le va bien destruir y volver a construir cuando es evidente que la gente no lo necesitamos. No es una cuestión moral, es una cuestión de objetivos intrínsecos: la necesidad lógica de la oferta de mercado capitalista es obtener el máximo beneficio monetario de las cosas, buscar posiciones de poder que le faciliten las cosas, obtener la máxima ganancia con los mínimos recursos, hacerse necesario allí donde antes no lo era. Y todo esto no necesariamente se corresponde con las necesidades de la gente, limitada al rol consumidor.
En cultura esta lógica también encuentra su lugar, tal vez de una forma más sutil que en otros casos, por qué el mercado cultural juega con la captación del deseo de una manera más transparente que en otras situaciones donde hay intereses materiales por delante. O en muchos casos de una manera más polémica, porque en el fondo la gente no hemos terminado de asumir que la cultura sea una cosa de especialistas. Afortunadamente.
No obstante, algunas administraciones públicas invierten esfuerzos titánicos, yo diría que de forma casi fanática, en la creación de estos mercados, partiendo de premisas bastante discutibles como la existencia de talento exportable (como si éste se pudiera sustantivar fuera de contexto ) y el potencial creador de riqueza de la cultura (ignorando que hablan de cosas bastante diferentes a aquello a lo que nos referíamos cuando hablábamos de cultura). Pero de estas cosas hablan bastante mejor y más ampliamente Helena Ojeda (sobre la deslocalización de la cultura), Jaron Rowan (sobre la obsolescencia del modelo), y Clara Garí (sobre la contradicción entre la lógica de la gestión y la de la creación), en los artículos enlazados.
Y entonces, ¿los profesionales de la cultura no tenemos sentido?
No tan explícito como eso, pero ha pasado a menudo. Te pones a hablar de auto-gestión y cultura comunitaria, y artistas que quieren vivir de ello, y sobre todo gestores culturales, se sienten amenazados y se preguntan por el futuro de su trabajo si esto funcionara de verdad. Si la gente toma la iniciativa en materia de cultura entonces quizás no les haremos falta, se piensa. De hecho, quizá desde algunos núcleos auto-organizados se corroboran esta idea y el distanciamiento con los modelos profesionales, ya sea por que generan sus propios circuitos de auto-consumo, a veces un poco endogámicos, o quizás por una actitud directamente beligerante con aquellos que consideran (en ocasiones de forma fundamentada) “aliados del enemigo “.
Yo creo que por un lado la actividad especializada sigue teniendo sentido en muchos marcos culturales. Que aunque despojáramos de necesidades superfluas la gestión de actividades y servicios, y la gestión del mundo simbólico, nos seguirían yendo bien personas con algunos conocimientos especializados y con la posibilidad de dedicarle tiempo. Ahora no me extenderé en argumentar, pero lo creo así tanto si nos referimos a la actividad creativa, como a las tareas organizativas, como a algunas acciones de mediación.
Para mí la cuestión importante en un marco de gestión comunitaria no sería tanto si estos especialistas serían necesarios o no, como al servicio de quien trabajarían. Estamos acostumbrados a verlos al servicio de empresas que venden productos culturales o al servicio de un poder político que administra la cultura, y los deberíamos imaginar al servicio de gente que se organiza para apropiarse de su vida cultural.
No debería ser sólo una cosa de auto-definición profesional sino también de dependencia contractual real. Hay un riesgo, es cierto: si la actividad cultural debiera ser gestionada desde un lugar diferente de la industria y sobre todo del estado, tal como los conocemos ahora, podemos pensar que habrá menos recursos. Pero quizás la re-apropiación debe pasar por aquí.
Probablemente en este proceso de cambio también cambien las capacitaciones profesionales necesarias, especialmente en el caso de los gestores: tal como me gustaría, cobrarían importancia las aptitudes para la relación, la comunicación y la dinamización, en detrimento de otras calificaciones que ahora son importantes en la gestión de la cultura.
Quizás no es cuestión de modelos y sistemas.
Todo esto son detalles y reacciones en cuestiones que para alguna gente son muy importantes, pero que seguramente no acaban de explicar el fondo del tema. En el fondo de todas estas réplicas hay un sustrato común. Un sustrato que quizás podríamos mostrar comentando esa idea que exponía Rubén Martínez en el último Fòrum Indigestió y en la que todo el mundo parecía estar de acuerdo: la cultura sólo se produce y tiene sentido en el espacio social.
Lo paradójico es como después de afirmar y reconocer esto podemos seguir hablando de industrias, sistemas culturales, financiaciones y profesiones, como si aquella evidencia no afectara estas cuestiones. También hay debates donde se dice que una cosa no tiene nada que ver con la otra, que una cosa es la “cultura antropológica” y otra “la otra” (la artística? Industrial?) , Y, claro, sí tienen que ver, y en la ignorancia de esta conexión quizás podemos rastrear un problema de los trabajos de la cultura: lo que en cierta medida tienen de apropiación de algo que no es suyo, y lo que por esta misma dinámica tienen de pérdida de sentido y vínculo vital.
Esto también nos devuelve a algo que insinuaba al principio del texto: quizás el debate importante no es el de idear un nuevo modelo, el modelo comunitario, que conviva, entre en competencia y quizás sustituya, otras instituciones anteriores. Quizá lo que necesitamos es algo más sutil (¿algo parecido a una balsa?) que lo contamine todo. Quizá lo que necesitamos es profundizar en esta mirada que pone en el centro el río común de la cultura, para, desde ahí, empezar a enmendar las instituciones que asumimos y terminar poniendo en cuestión la necesidad de cualquier modelo que pretenda reglamentar la devenir cultural, y/o asumiendo unas normas y estructuras mínimas que realmente jueguen a nuestro favor.
Quizá haya que ahondar y poner un foco (como algunas personas ya se han referido antes) en los puntos de tensión, en las zonas incómodas donde se sitúa el pulso entre lo comunitario y el interés del Estado y del Mercado, ya no sólo para visibilizar la complacencia de lo cultural como conciliador social, si no para para dar cabida precisamente a la implosión de lo institucional y sus intereses (los que dentro de este sistema no van a abandonar), en forma de balsa o en forma de un lobo troyano con recursos y una piel de oveja, una vez más, lo bastante ágil en su camuflaje para estar y no estar, desactivar y no ser desactivado.