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Facebook: la antiutopía social (1)

Escrit el 24/01/2014 per Daniel Sedcontra a la categoria Ho deixo anar.
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Las redes sociales se han convertido en una especie de quintaesencia de lo que es sociedad, existencia social. Y si se considera a Facebook como el paradigma de esas redes, entonces la cuestión de si formar parte o no del “Libro de caras” equivaldrá prácticamente a la disyuntiva entre estar dentro o quedarse fuera del corpus social. Por supuesto, la alternativa está decidida de antemano: no es deseable ni inteligente quedarse excluido para todo aquél comprometido con su presente. Las excelencias y prestaciones de Facebook son de sobra conocidas, no es preciso insistir sobre ellas. Una vez valorada su importancia como herramienta de comunicación y difusión, es necesario empezar a apuntar sus efectos negativos.

No vale decir que se trata de una herramienta neutra, ni afirmar que sus bondades o maldades dependen únicamente del buen o mal uso que se haga de ella. Lo cierto es que la propia herramienta es perversa y condiciona una serie de comportamientos, hábitos y usos nefastos. Por tanto, una vez dentro, la alternativa está en dominar a la herramienta o en ser dominado por ella. Este pulso inadvertido por lo general se resuelve en favor de Facebook y en contra del usuario, porque es fácil dejarse llevar por los automatismos de su software y porque raramente se es consciente de las fuerzas en juego. Continuamente la aplicación nos hace hacer y decir lo que en realidad no queremos –a lo sumo, lo que creemos querer– y no lo que queremos de verdad.

Relaciones monológicas.

Relacionarse con el otro amparado por una pantalla que a la vez es ventana y espejo – traslúcida y opaca a partes iguales – no puede no tener consecuencias cualitativas en el trato. En tanto que uno se proyecta y se contempla en el espejo de la red social, uno se relaciona antes que nada consigo mismo, y la comunicación con el otro consiste eminentemente en darle a conocer, exhibiéndola, esa relación premeditada consigo. La comunicación propiamente dicha, aquel movimiento llano y franco de un interlocutor al otro, sólo tiene lugar como una suerte de resto sobrante de ese proceso, una vez dado el rodeo por el yo. De hecho, lo que menos cuenta en todo esto es el otro, convertido en una abstracción, en una mirada impersonal, desencarnada, vagamente colectiva. Se trata ciertamente de una socialidad inédita cuyo carácter principal y paradójico es su asocialidad. Frente a la pantalla, uno está demasiado enfrascado en su propio psiquismo, y en consecuencia habla, se relaciona con el otro pero como no saliendo de sí mismo, haciéndolo directamente desde su fuero interno. Al otro le llega algo así como el pensamiento en voz alta del uno, su monólogo interior, mediatizado, eso sí, por la conciencia de su ausencia de privacidad, de su publicación y exhibición indefectibles: hablo en voz alta, pero no como si estuviera realmente solo, sino en la imposibilidad de estarlo, sabiéndome escuchado, visto.

Las redes sociales nos han quitado el derecho a nuestra soledad, pero no a cambio de compañía, sino de otra forma de soledad espuria hecha de falsa compañía, la que nosotros podemos hacernos a nosotros mismos en todo momento gracias a la reflexividad de la autoconciencia, sólo que ahora, además de conmigo mismo, me acompaño con el enorme fantasma de una sociedad entera. Ahora, el movimiento del autós, el regreso del yo a sí mismo, viene sobrecargado con el peso oneroso de toda una colectividad de “amigos” inexistentes, a la mirada que va de mí a mí mismo se sobreañaden decenas, cientos de miradas de otros, de un otro genérico que no tiene rostro ni voz y que tampoco merece el nombre de prójimo. He involucrado al mundo en mi egotismo, a partir de ese momento pongo al mundo por testigo de mis nimiedades. ¿A qué molestarse en salir de sí si, gracias a la red, el mundo, la sociedad, han entrado en mí? Entretanto se ha perdido eso que se llama intencionalidad: el enorme, el infinito recorrido del yo al tú ha devenido superfluo. Es más cómodo quedarse en su propia jurisdicción, bien delimitada y confortable, la del ego, y dejar que los demás vengan a uno –en realidad, no viene nadie, a lo sumo se nos saluda a lo lejos–.

Las redes sociales nos han quitado el derecho a nuestra soledad, pero no a cambio de compañía, sino de otra forma de soledad espuria hecha de falsa compañía

¿Cómo no plegarse, desde entonces, a la exigencia de esa indiscreción gigantesca?  Las precauciones que se toman normalmente en la vida social off line son aquí abandonadas y sustituidas por otras surgidas del diálogo –de ese monólogo interminable–  consigo mismo. Nuevas precauciones, por tanto, distorsionadas, deformadas, que traicionan, ponen al descubierto al que quería disimularse. ¿No está hecha la vida social de una dialéctica entre exhibición y ocultación? Pero las nuevas reglas del juego de la virtualidad, demasiado nuevas como para tenerlas dominadas, nos ponen en evidencia. De este modo, se da la extraña situación de que las redes sociales nos permiten adivinar, ver y conocer de manera flagrante a personas con las que hasta ahora, en el trato de la vida real, uno no sabía bien a qué atenerse. En la red, la afectividad humana sufre un proceso de destilación específico: ahí, en esa zona enrarecida, se hace abstracción del cuerpo, el otro es una ausencia con la que es muy cómodo relacionarse, no hay miradas que desviar ni oblicuidad de los gestos, la palabra no se ve intimidada por la presencia física o por la voz del otro. El espejismo de ser el centro de un espectáculo psíquico, puramente subjetivo, induce a bajar la guardia. El egotismo se convierte en normalidad, en conducta normativa, la audiencia se presta al juego y aplaude. Fácilmente esa impudicia degenera en espectáculo obsceno: expuestos, clavados en los muros de unos y de otros, verdaderas confesiones involuntarias de lo inconfesable. Se quería decir y mostrar otra cosa, pero se enseñan las vergüenzas. Por eso, la red social es un verdadero laboratorio de investigación antropológica: allí es posible observar las excentricidades y debilidades de la psique, puestas al descubierto sin ningún recato. ¿Para qué eliminar u ocultar a tal usuario excesivamente desvergonzado o ególatra si nos aporta datos sobre él y sobre el ser humano que de otro modo no se tendrían?

Narcisismo de corrillo

Ya no es posible reposar en la propia soledad –que nos ha sido desapropiada–, en ésta se ha introducido esa mirada genérica que nos acompaña a todas partes. Ahora, en el fuero interno, se levanta ese teatrillo ridículo que es cabalmente el que levantamos en el espacio de la red social. ¿En busca de qué? Reconocimiento, atención, consideración de nuestra persona… No es sólo que en nuestro actual sistema disfuncional la autoestima humana esté por los suelos, es que simplemente ya no hay “yo” que valga –triturado y alienado por las superestructuras–, de ahí esa necesidad casi desesperada de autoafirmación a toda costa. ¿Y qué forma más directa de hacerlo que a través del autorretrato? Las fotos de sí mismo, avatares o no, proliferan ad nauseam. El espectáculo es sencillamente grotesco: uno selecciona una fotografía de sí mismo en la que se ve favorecido y la cuelga con el único fin de que la gente le dé al like y postee los predecibles halagos de su físico. Aquí la necesidad puede más que el pudor, y muchos ya no se molestan en guardar las formas ni en disimular pulsión tan narcisista, hasta hace poco inconfesable. Y sin embargo, algunos estudios dicen que nos vemos como un 30 % más favorecidos en nuestros autorretratos de lo que somos en realidad. Hágase pues la resta pertinente, y después de hacerla, réstese todavía un tanto por ciento más “x” a cuenta de la envidia y los celos de los demás, y entonces se tendrá el coeficiente verdadero del valor icónico de la fotografía en cuestión. El balance final, no nos quepa duda, será por lo general negativo –con la excepción hecha de los pocos amigos realmente próximos–. Porque, no nos engañemos, la aparente concordia social que domina en Facebook y demás tiene su contrapartida oscura, su doblez negativa, subrepticia y oculta, todo un circuito subterráneo de malos sentimientos: tanta exhibición de felicidad produce en los necios la envidia y celos aludidos, y en los que no lo son, por lo que tiene de falsa, simplemente irritación o hastío. Por supuesto que el afecto verdadero también circula por esas redes, pero desgraciadamente en una proporción mínima, de manera casi residual, allí donde la fuerza disolvente de los mecanismos de la aplicación no ha podido con la integridad y la solidez de las relaciones extravirtuales.

Primero fue la gran pantalla (el cine), después la pequeña pantalla (la televisión), finalmente, la pantallita (internet en portátiles y móviles)

Primero fue la gran pantalla (el cine), después la pequeña pantalla (la televisión), finalmente, la pantallita (internet en portátiles y móviles). En la era de la pantallita a todo el mundo le llega no aquellos tristes 15 minutos de fama de Warhol, sino la fama continua, y no para una ingente masa de público sino para un número pequeño, escaso, a menudo ridículo, de ellos: el corrillo configurado por las redes sociales. Éstas representan el acto de hacer camarilla alrededor de uno, de las opiniones del yo, que –salvo excepciones– ni siquiera son personales. Bastan cuatro aplausos para tener ese espejismo de celebridad, esa nanofama del sí mismo. El ego precisa de su territorio, de su pequeña jurisdicción: así crea la familia, el hogar, los suyos, y más allá de ellos, a lo sumo, el grupo de “amigos”, otra subfamilia, igual de sectaria y territorial que la consanguínea, que funciona por la misma inclusión y exclusión –la amistad real, por el contrario, escapa a estas formas de gregarismo–. Importa mostrar esa subfamilia, lo bien relacionado que se está, lo bienamado que uno es por los suyos: conversaciones personales en los muros que por lógica deberían tenerse en privado; priorización de la respuesta a comentarios dejados en el muro que a mensajes internos; empleo público de una especie de jerga interpersonal, de lenguaje en clave o alusivo, sólo comprendido por los interesados, con el fin de demostrar una suerte de complicidad excluyente que deja al espectador fuera, relegado, entre intrigado y molesto; proliferación de efusiones afectivas nada naturales combinadas con una felicidad a ultranza, casi histérica… Todo destinado a elaborar digitalmente un constructo de círculo social fiel, de camaradería desinteresada, lo más amplio posible (ahí interviene el elemento cuantitativo como criterio de medida objetiva).

En definitiva, las redes sociales rehabilitan la decimonónica idea del salón social burgués tan bien retratado por Proust, de la camarilla dispuesta a aplaudir alrededor de uno la menor ocurrencia estúpida, y gracias al carácter permanente de lo virtual, la elevan a su máxima potencia: ahora el goteo de ocurrencias es continuo, el vitoreo también. Las efusivas respuestas del coro recuerdan demasiado esas carcajadas desapasionadas, mecánicas, uniformes y siempre idénticas – pregrabadas – de las series humorísticas británicas. La ristra de comentarios aduladores de la fotografía de turno se asemeja mucho a esas tiras de papel pegajoso atrapa-moscas: se cuelga la foto, y al instante ya están ahí, pegados, los likes y los halagos, por lo demás, en su mayoría, perfectamente hipócritas. Pero al menos uno es el centro de algo, aunque sea sólo el centro puramente formal y geométrico. Y es que, a fin de cuentas, a ese sujeto le basta con la pantalla, porque la pantalla lo es todo, el acto de darse en espectáculo del yo-que-habla-y-se-mira-a-sí-mismo, automirada fundacional como espejismo de compendio de todas las demás que ya convierte en multitud, en virtualidad de multitud.

L'article continua a Facebook: la antiutopía social (2)

Una resposta

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  1. Noni Benegas says

    quiero comentar que en paralelo a la gran pantalla del cine surgió la del coche, y el dar vueltas por las periferias, las carreteras como manera de pasear, etc. Paul Virilio lo explica muy bien.
    Excelente artículo, gracias



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