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Dormir para resistir

Escrit el 03/12/2013 per Marina Garcés a la categoria el sol ho encén tot.
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Traducción al castellano de Dormir per a resistir

És quan somio,
que omplo jo la meva ombra
(C.Riba, dedicado a J.V.Foix)

Hay días largos, de noches cortas, que acaban por parecer un sueño. El cuerpo hormiguea, los ojos escuecen y las vivencias se entrelazan, próximas y distantes a la vez… como en los sueños, de los que nunca estamos seguros de haber salido del todo. Hace dos días, vi una obra de teatro impresionante, Le voci di dentro, del dramaturgo napolitano Eduardo de Filippo. Fuera, en las calles de Girona, había llegado el frío de golpe y llovía, como en un inesperado sueño invernal. Dentro del teatro, dos familias vecinas veían su vida convertida en una pesadilla debido a un sueño, confundido con la realidad, de uno de sus protagonistas.

Si buscais la obra en la wikipedia, encontraréis la trama, el análisis de los personajes y fotografías que no os podéis perder de su autor, sabréis qué soñó el protagonista y qué consecuencias tiene este sueño sobre sus vecinos. Podréis relacionar esta pieza con toda la tradición literaria y filosófica sobre las fronteras borrosas entre el sueño y la vigilia, el sueño y la realidad. Pero lo que es más inquietante de Le voci di dentro es que este sueño viene a poner en crisis la vida de una comunidad de personas -familiares, vecinos- que declaran insistentemente no poder dormir. Uno tras otro, de buena mañana, afirman no haber dormido, no poder conciliar el sueño, dormir cada vez menos y peor. Y expresan el deseo del sueño como un lujo perdido, como un privilegio de pocos. Salvo un personaje lateral, a quien no afecta nada de lo que pasará, y que afirma estar bastante cansado por la noche como para dormir sin “hacer ni un sueño” (los italianos tienen la bonita expresión “fare un sogno”, para decir soñar), el resto ya no descansan.

En la Italia surgida de la segunda guerra mundial, estos personajes representan el inicio de la sociedad del malestar

En la Italia surgida de la segunda guerra mundial, estos personajes representan el inicio de la sociedad del malestar. Una sociedad ensordecida, donde ya nadie escucha ni acoge a nadie. Una sociedad de la sospecha, donde nadie se fía de nadie. Una sociedad sin horizontes donde sólo queda el presente eterno de la pobreza, para unos, y el tiempo amenazador de un bienestar conseguido vergonzosamente, para los demás. “Muertos, todo está lleno de muertos”, dice el protagonista, y el teatro estalla a reír, porque los italianos tienen la gracia de hacer comedia sin perder la profundidad ni la radicalidad. Todo está lleno de muertos que baten puertas cuando es oscuro y de gusanos que acosan a los pocos sueños que podremos arrancar a la noche. Ya no podremos dormir.

Esta dificultad para dormir, esta vela que no es la de las conciencias despiertas, sino la de un incansable malestar, es el nuevo recurso, el último resquicio por donde el capitalismo actual se inflitra hasta el último rincón de nuestras vidas. Al menos eso es lo que afirma Jonathan Crary en uno de sus últimos libros, titulado 24/7 (Verso, 2013), es decir, 24 horas, 7 días a la semana. Casualmente, este libro me cayó en las manos esa misma noche gerundense y lo he devorado en menos de 24 horas. Crary es contundente: el sueño era el último bastión que le quedaba al capitalismo para colonizar nuestras vidas e incorporar cada uno de los suyos los rincones, y cada uno de los suyos los momentos, al tiempo continuo de la producción, del consumo y de la comunicación. Dormir es un obstáculo porqué descansar es desconectar, retirarse es interrumpir y aplazar la exposición continua a una movilización sin reposo, a una visibilidad sin sombra y al flujo continuo de la interactividad. Esto está claro, y por eso los aparatos han conseguido entrar desde hace tiempo en nuestras habitaciones, primero los televisores, ahora los dispositivos móviles que, escondidos entre las sábanas, nos recuerdan que nuestro sueño es sólo un simulacro y que, aunque no lo parezca, seguimos allí, siempre a punto, dispuestos.

En el capitalismo actual no se puede no estar disponible

En el capitalismo actual no se puede no estar disponible. Por ello, seguimos sin poder dormir, pero el malestar de la Europa de la segunda guerra mundial, todavía inquietante y lleno de muertos, es ahora la disponibilidad non stop, plana y superficial, del mundo global. La falta de sueño ha perdido peligrosidad y ha ganado rentabilidad. Aprender de nuevo a dormir sería, pues, en primer lugar, un acto de resistencia a la captura de la atención y a la explotación integral de la vida por parte del capitalismo actual: dormir para interrumpir, dormir para poder soñar, dormir para dejar de ser y para perder los contornos del yo, dormir, en definitiva, para sabotear la máquina de producir beneficio a partir no sólo de nuestro trabajo, cada vez más escaso e innecesario, sino del conjunto de nuestra actividad.

Pero Crary va aún más allá y nos da otra explicación de la peligrosidad de los cuerpos que duermen para el sistema actual: “Dormir es una de las pocas experiencias que quedan donde, conscientemente o no, nos abandonamos al cuidado de los demás. Por muy solitario y privado que pueda parecer alguien que duerme, todavía no está del todo separado de las tramas del apoyo mutuo y de la confianza, por muy estropeados que puedan estar estos vínculos.” (P.125) Así, añade Crary, “en la despersonalización del sueño, el que duerme habita un mundo común” (p.126). Por eso los niños aún saben dormir, y observar su sueño transmite la paz de quien se sabe en manos de otros. La imposibilidad del sueño es, por tanto, la imposibilidad de un mundo común donde poder descansar y abandonarse. Cuando cada uno se juega solo su conexión con el mundo, cuando cada uno se juega solo su éxito y su fracaso, cuando la vida es un juego de oportunidades en el que cada uno de nosotros gana o pierde la partida de su vida contra los otros, no puede haber reposo.

La imposibilidad del sueño es, por tanto, la imposibilidad de un mundo común donde poder descansar y abandonarse

La obra de De Filippo acaba con el silencio de dos hermanos mirándose largamente fijamente, uno a cada lado del escenario, hasta que uno de los dos, el traidor, se estira (¿muerto? ¿dormido?) en la silla. No ha habido reparación ni reconciliación, la obra no ofrece consuelo, pero aquell figura en reposo es una extraña señal: descansa, porque a pesar de la herida y la traición del vínculo, el hermano no le ha abandonado, no ha dejado de observarlo, de escucharlo y, podemos imaginar, de quererlo. Un mundo común no es un mundo feliz, armónico y reconciliado. Es un mundo donde el sufrimiento puede dormir dentro de nosotros. Donde el miedo se puede tumbarse también, como una sombra que nos envuelve. Un mundo donde los cuerpos que duermen no dejan de estar separados pero se saben, de algun modo, entrelazados por una respiración que los acompasa.

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