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Revolución personal, coyuntural o estructural

Escrit el 10/02/2013 per Rubén Martínez a la categoria Lotería de palabras.
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Crisis del régimen democrático

Si algo parece haberse generalizado en todas las voces del arco político es que estamos frente a una crisis del régimen democrático. Ya sea mirando declaraciones públicas, recordando conversaciones privadas, leyendo titulares de periódicos o siguiendo el rastro de espacios contrainformativos, vemos que la existencia de una crisis institucional no es un tema abierto al debate, sino un hecho incuestionable desde el que se parte para enunciar una u otra cosa. Es una clara interiorización generalizada del “Democracia real ya”, ¿Cuánto hacía que una demanda producida en los cimientos del descontento colectivo tenía un impacto tan profundo en la agenda social y política?. La intuición política de la multitud nos ha regalado una sistema nervioso nuevo que por fin parece reaccionar a lo que realmente nos duele.

Diferente es cómo se afronta esa crisis. Diferente es la visión de futuro y la estrategia a seguir para empujar una revolución democrática. Dentro de ese aroma social más o menos cohesionado, podemos detectar acciones y tácticas para hacer efectivo un cambio institucional que expresa modelos sociales diferentes. Esta disparidad difícilmente podemos resolverla pensando aquello de en realidad estamos de acuerdo en el fondo pero no en la forma; si hablamos de democracia, fondo y forma son una misma cosa. Si bien la crisis del régimen democrático es un escenario político compartido, el disenso aparece en el cómo y el porqué se pone en marcha un cambio institucional. Para ilustrar de manera un poco impresionista que “la crisis del régimen democrático es un escenario compartido” pero que genera diagnósticos y visiones de futuro diferentes, comparemos un par de declaraciones de algunos representantes políticos aparecidas durante esta última semana.

Corrupción: ¿Un problema de unos cuantos o un problema estructural?

La feria de muestras sobre casos de corrupción que estamos viviendo está produciendo diferentes reacciones. La corrupción existe, la corrupción erosiona la democracia, la corrupción es una enfermedad que hay que tratar, pero, según los ojos que la miren, viene producida por capas institucionales diferentes. En una entrevista en Catalunya Radio, Durán i Lleida declaraba que «La corrupción existe y existirá siempre. Es innata al hombre. Es como la prostitución, tan antigua como el hombre». El problema deriva de un plano personal, del sistema de valores e inercias que algunos hombres malos incuban y se transfieren entre ellos. Según el líder democristiano, ese sistema de valores es la institución cuyo rumbo hay que cambiar. La solución sería algo así como la confesión de los pecados a través de la dimisión del cargo, pecados que suponemos pueden ser veniales, mortales o capitales dependiendo de las competencias asignadas que se han corrompido. Por otro lado, David Fernández, activista y diputado por las CUP en el Parlament de Catalunya declaraba en una reciente entrevista que «La corrupción no es del sistema, sino que es el sistema». Se deja a un lado la capa personal y se señala a un diseño y a un rumbo institucional que determinan y facilitan la acción de ciertos sujetos. La clave del problema no es un sistema de valores que algunos tienen y otro no, la base del problema es estructural.

A grandes rasgos, aquí vemos dos maneras de afrontar el presente: la corrupción como un problema personal o producido por elementos coyunturales frente a la corrupción como problema estructural. Una u otra visión conducen a “soluciones” diferentes: hacer arreglos y apagar fuegos frente a redefinir la base del sistema. En otras palabras, incrementalismo liberal frente a proceso constituyente.

Las soluciones del incrementalismo liberal

Mientras, el rumbo de una sociedad cerrada y clientelar pretende imponer su dependencia. Si bien se precisan cambios, mejor que no sean sustantivos. Si tomamos decisiones, mejor que vengan marcadas por inercias, parches y señalando los fallos de algunos actores de un sistema que, en el fondo, es saludable y democrático. Es la visión más pueril de la lógica del “baby-steps” basada en ir sumando pequeños cambios que señalaba Charles E. Lindblom cuando hablaba de un proceso de toma de decisiones que, más que revolucionario es evolucionista. Pero esta –en el fondo–involución democrática se descubre como una manera ya poco o nada disimulada para simplemente sobrevivir en el cargo. No tiene otro objetivo que justificar, de manera cada vez más vergonzante, que “esta democracia funciona pese a las malas actitudes de algunas aves de rapiña”.

Para forzar que la percepción social se concentre en ese plano personal, para intentar asegurar que la masa crítica que puede arrastrar la realidad compartida de vivir una crisis del régimen democrático no empuje una profunda revolución democrática, el proceso de hegemonía cultural sigue su marcha. Se nos insta a no hablar de cambios estructurales o de la necesidad de un proceso constituyente, sino a pensar en nuestra capacidad emprendedora (la otra cara del plano personal) para ir arreglando problemas sobre la marcha. Qué mejor ejemplo que el fomento de la mentalidad socialmente emprendedora donde un sujeto económico, bajo sus propia convicción y atributos se lanza a la fábula del solucionismo. Donde haya un problema que resolver, pongamos un emprendedor de la misma manera que donde haya un caso de corrupción, diculpemos esa actitud puntual que nada tiene que ver con “nuestra salud democrática”. La intervención sobre la actual coyuntura, el gran programa de políticas sociales con el que se asegura intentar coger el ritmo de los tiempos, se centra en crear un mercado de emprendedores sociales y en fomentar la caridad. La respuesta a la actual coyuntura es diseñar sujetos que arreglen desperfectos producidos por problemas estructurales. Una visión reaccionaria de la actual coyuntura que apela a los individuos para resolver los problemas provocados por una estructura que crea desigualdades, exclusión y clientelismo.

Revolución democrática, proceso constituyente

Cuando una persona desposeída de sus derechos se quita la vida porque ni ve futuro ni ve presente, no es una decisión personal, es un problema estructural. Cuando un 70% de la ciudadanía no comparte las decisiones del gobierno y las instituciones formales padecen días tras días una mayor deslegitimación, no es un problema personal, es un problema estructural. Cuando la participación ciudadana se reduce al ritual electoral con cuotas de abstención al alza pese a que la participación política en esferas no formales no para de crecer, no es un problema personal, es un problema estructural. Por mucho que se insista en valores y procedimientos anteriores, el cambio de época es imparable, la revolución democrática está en marcha y las gafas con las que deberíamos ver el futuro no nos muestran un mundo lleno de héroes y emprendedores ni unas elecciones anticipadas con las que cambiar las fichas. Nuestras gafas nos muestran un proceso constituyente que fija su mirada en un profundo proceso de democratización, con conflictos y tensiones en la política formal, con acciones de desobediencia civil de corto y largo alcance y con el fortalecimiento de instituciones sociales, instituciones de lo común que cambien lo que hoy parece inamovible.

Charles Tilly, sociólogo norteamericano autor del libro ‘Democracia’ (2007) era claro en señalar cuatro componentes que hacen visibles los procesos de democratización. Por un lado, Tilly señala la ampliación de la participación política popular, la igualación del acceso a las oportunidades y recursos políticos no estatales, la inhibición de los centros de poder autónomos y/o coercitivos dentro y fuera del Estado. En segundo lugar, la reducción de la influencia de los agregados de poder autónomos, incluidos aquellos de los gobernantes, sobre la política pública. En tercer lugar, la subordinación del Estado a la política pública y la facilitación de la influencia popular sobre la política pública. Por último, el incremento de la amplitud, igualdad y protección de la consulta mutuamente vinculante en las relaciones ciudadano-Estado, es decir, la democratización.

Que esto se produzca o no se produzca no está relacionado con cuatro o cinco aves de rapiña o con cuatro o cinco emprendedores. Este proceso de democratización, esta amplia revolución democrática ha de venir conducida por la sociedad en su conjunto, por un movimiento que exceda las maniobras y caprichos de la política formal. La actual coyuntura política abre grietas para actuar sobre la estructura social, económica y política que sustenta este régimen deslegitimado. Si pedir mayor democracia es hoy revolucionario, seamos estructuralmente revolucionarios.


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  1. Revolución personal, coyuntural o estructural « LEY SECA linked to this post on 17/02/2013

    […] texto originalmente publicado en la columna “lotería de palabras” de Nativa.cat […]



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