Versió en català: Males llengües
Escribir Dakar sabiendo que no lo entiendo me ayuda a completar la postal imaginaria de Barcelona a la cual me aferro. Cada esquina de Dakar deviene una nueva textura para la noción de sociedad que he ido construyendo alrededor de un pilar barcelonés y bastardo, cadáver exquisito de ciudades fragmentadas y países desperdigados.
Escribir Dakar al ritmo del mortero de la vecina moliendo mijo a todas horas, embutir Dakar en los cajones de la actualidad que gotea por la radio, afinar Dakar con canciones wolof que no entiendo y conversaciones eternas en un francés pellizcado, magreado y penetrado por una milicia de barbarismos antiimperialistas.
Escribir desde un silencio amalgamado de palabras adquiridas para hacernos entender y traducirnos las ganas, las dudas y los miedos. Un mercado conflictivo de palabras, materia prima de los escritores que deambulan por el Dakar que os envío.
Cada uno de ellos y ellas planta cara a la duda de cómo escribir su silencio en una lengua trasplantada. Siendo Senegal un país oficialmente francófono, el francés del juzgado, del colegio y de las facturas bucea en un mar de lenguas llamadas nacionales que se hablan en la calle, se cocinan en casa y se sueñan en la cama. En un contexto donde la lengua del antiguo ocupante francés es radicalmente minoritaria y poderosa, el serer el wolof el pular o el mandinga nombran la realidad con la frescura de quien se sabe mayoría.
La fabulosa cacofonía de una calle que se explica en lenguas negras transfronterizas tiene que justificarse para entrar en el ámbito de la escuela, francesa, ordenada, precaria y reiterativa.
Si hacemos inventario en la despensa de un joven escritor senegalés, las epopeyas peul conviven con los furores provincianos de una Madame Bovary franco-francesa. Y a la hora de traducir el silencio desde donde hablan, seleccionar las palabras que expliquen este imaginario supone a menudo desterrar del ámbito de lo que queda por escrito, aquellas palabras que subsisten cantadas de abuelas a madres.
Intentar escribir postales desde un país en qué la lengua de la colonia persiste a base de una inmersión lingüística chapucera y desconchada, me obliga a retomar el debate eternamente actual de nuestras lenguas co-oficiales y vernáculas. El proceso mediante el cual se ha reconstruido el bilingüismo en Catalunya ha centrado el reto de la enseñanza en la transmisión de competencias lingüísticas que permitan a los escritores hacer una cocina enriquecida con vocabulario de mercadillo, de colmado y de gourmet.
Comentar la actualidad wertiana en compañía de Boubacar Boris Diop, que ha crecido como escritor en una sociedad que dudaba de “la capacidad de los idiomas africanos para expresar de modo apropiado un universo interior” [1], hace que mi bilingüismo sea más robusto y retorcido. Puesto que dispongo que un muestrario lingüístico rico en idiomas coloniales (el castellano, el inglés o el francés) y colonizados (un catalán de barrio y un wolof telegráfico) al cual recurrir para escribir Dakar.
Para mandar una nueva postal de comprensión efímera que se enhebre en el collar de los malentendidos. Un collar hecho poco a poco que sirve de amuleto contra las certezas. Contra “aquellos lugares comunes (…) que producen este Aullido, dónde identificamos el acento de cada lengua del mundo, el caos no tiene lengua, las suscita en miríadas cuantificables” [2].
Gracias Marta por la descripción y la magia de tu verbo. La lengua no se puede ni encorsetar, ni, tan siquiera definir. Y, por agregaduría, la paleta de idiomas africanos en su arcoiris heterogéneo no hace sino acercarnos a un espejo para observar cuánto eurocentrismo coloniza nuestro imaginario.
El gran derrotado es el silencio. Nunca hubo tantas palabras inventadas, maltratadas, habladas, gritadas, alabadas, endiosadas o susurradas. La lengua, más se ponga en un púlpito (el sr.) Wert no cabe ya en su piel, en su pellejo y, como dices Marta, tampoco se sostiene irreverente en esos “lugares comunes”.