El negocio de la música moderna y, de rebote, su propia evolución en los últimos 60 años está basado en un hecho que hoy se nos antoja indiscutible: la posibilidad de escuchar música en casa, alejados el resto de la gente, en un ejercicio íntimo. Es una práctica con cierta magia, pues nos vincula de forma invisible con alguien a quien no conocemos pero con quien creemos o queremos conectar. La música se nos cuela dentro sin abrir la puerta. En cuanto pulsamos el botón on tenemos todos los números para que ese sonido altere el espacio y nuestro estado de ánimo. A veces lo utilizamos como medicina o placebo; a veces, como modem para relacionarnos con el exterior; a veces, para matar el silencio… La música puede tener tantos usos como usuarios.
El hogar se ha convertido en el entorno primordial en el que escuchar música (con la reciente y creciente competencia de los dispositivos móviles que nos permiten escuchar música en la calle, aunque también de forma privada y aún más individual). Pero este hábito de consumo musical tan individualista no es algo natural ni casual. La industria ha trabajado duro para conseguir que podamos tener copias de todas nuestras canciones favoritas y aparatos reproductores con los que escucharlas siempre que nos apetezca. Así, el proceso más habitual cuando deseamos escuchar música ya no es acudir a algún lugar, sino hacer que la música venga a nosotros. Traerla a casa.
Pero, ¿qué pasaría si el único lugar donde escuchar música fuese la calle? Ya no hablo de que no existiesen los reproductores de música grabada, sino de que no se hubiesen desarrollado versiones domésticas y baratas de estos aparatos y que para escuchar canciones tuviésemos que acudir a espacios colectivos en los que estuviesen instalados esos cacharros costeados por el pueblo o el barrio. Sería algo así como escuchar la música de hoy, pero tal como se hacía hace 80 años. Y no es descabellado imaginar que, en tal caso, nuestra percepción de la música sería otra bien distinta.
Tampoco es cuestión ahora de renunciar a esos aparatos que nos acercan la música desde el remoto lugar en que fue concebida hasta nuestro oído. Nadie quiere volver a la época en la que sólo los cortesanos podían permitirse el lujo de pagar a los músicos para que interpretasen las piezas en su salón. Pero también la música, como cualquier otro aspecto de las sociedades modernas occidentales, nos ha empujado a convertirnos en unidades de acción y consumo, anulando poco a poco la conciencia colectiva que esta puede proponer. Y, en este sentido, no es casual que los géneros hoy más valorados desde la prensa musical sean los que proponen un disfrute más individualista, mientras que todos aquellos que nacen y se desarrollan en entornos colectivos tienden a ser vistos como manifestaciones más sociales que artísticas.
En un entorno donde la música se escucha de forma colectiva y en el que, muy posiblemente, ésta funciona como un mecanismo de desinhibición, protesta o simple excusa para la reunión y la fiesta, es probable que todas esas canciones y géneros que tienden al interiorismo emocional, a la exquisita sutileza sonora o a un egocentrismo excluyente nos pareciesen inocuas. Sin embargo, es muy fácil encontrar hoy en día, tanto en los medios de comunicación como en conversaciones privadas, comentarios del tipo “ese disco está bien, pero nunca lo escucharía en casa” o ese otro tan aplicado a los ritmos de baile de “es muy techno, pero también te lo puedes poner en casa”.
En efecto, uno de los muchos criterios que empleamos para enjuiciar positiva o negativamente un disco es que encaje en nuestra intimidad. Y en este debate cada día más presente y necesario entre lo individual y lo colectivo, es obvio que los medios de comunicación hemos tomado partido indiscutible por lo primero. Es una reacción instintiva que, a tenor de lo que apuntaba Verdaguer en su texto, nos obliga a deducir que el modo en que los mass media occidentales ingerimos y recomendamos música tiene muy poco en cuenta los hábitos de consumo musical de las clases populares. Pero también cabe resaltar que si el lugar que ocupa la música en nuestra vida es tan determinante en cómo la valoramos, la influencia de la industria en la formación de nuestro paladar musical es muchísimo mayor de lo que creíamos.
Si el elevado coste de estos aparatos nos obligase a reunirnos para escuchar música, tal vez veríamos la disco-móvil de fiesta mayor y el pinchadiscos de bodas como unas versiones hispanas del sound system jamaicano. ¿Y no son todos ellos los equivalentes musicales del transporte público? La ausencia de reproductores caseros quizás nos ayudaría a asumir de una vez por todas que la riqueza cultural de un país no tiene nada que ver con la cantidad de discos que se venden sino que pasa más bien porque la música circule libremente polinizando oídos a diestro y siniestro. Quizás, en una de estas festivas audiciones colectivas semanales, y en un arranque de beoda lucidez, agarraríamos del hombro al tipo de al lado mientras suena nuestra canción favorita y exclamaríamos: “¡La música en casa no vale para nada! ¡¡Está muerta!!”.
Por un momento, he pensado en enormes alas de conciertos, con cabinas individuales para el público, aisladas de todo ruido exterior y con carísimos equipos de sonido y monitores en altísima definición.
En el escenario, hologramas de artistas actuando, elegidos en un gran menú digital al alcance del móvil, o del chisme que exista en ese tiempo.
…y todo desde la realidad virtual de nuestra habitación.
“el modo en que los mass media occidentales ingerimos y recomendamos música tiene muy poco en cuenta los hábitos de consumo musical de las clases populares”
Creo que te refieres a los entendidos en música dentro de los mass media occidentales. Porque el resto de los mass media –occidentales o no– solo estan pendientes de la música “ligera”, o “popular” o “bailable”, que sería lo que llamas “los hábitos de consumo musical de las clases populares”. Solo hace falta sintonizar radio, tele, spotify y otros.
Lo que intento puntualizar es que hay que entender que los que compartimos la opinión de este texto, por el que te agradezco y felicito, somos una minoría menor, que a menudo no somos conscientes de ello y que vivimos en un rincón afortunado del mundo.
Sí, sí, tienes toda la razón. Tenía que haber especificado que me refería a este tipo de medios especializados en música. Aunque los términos con que solemos calificarlos (“medios especializados” o “entendidos en música”) ya son de por sí bastante tendenciosos. Más que nada porque estos otros canales mayoritarios y de música más comercial, popular, ligera o bailable también están especializados en música. En otras músicas.
¿no decía vic chesnutt algo así como que “deberíamos reunirnos una vez al año en times square, para tomar éxtasis y escuchar a bach en gigantes altavoces”?
me pasa a menudo: estoy en casa escuchando la última mierda de moda, preguntándome si soy yo o es ella, cuando entra alguien en casa y, de repente, todo empieza a tener sentido.