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La carcoma

Escrit el 25/03/2012 per Nando Cruz a la categoria El ruido de fondo.
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En las últimas semanas he mantenido serias conversaciones, por separado, con sendos mandamases de una revista musical y de un festival. Da igual el nombre de cada empresa porque el contenido de la charla es totalmente extrapolable a otras publicaciones musicales y espacios que programan musica en vivo. El tema, como siempre, era la supervivencia. Pero, sobrevolando las pocas opciones existentes en una época en la que la gente cada vez quiere (y puede) pagar menos, estaban las dudas sobre el papel de la publicidad.

Hace 20 años una discográfica contrataba una página de publicidad y, en función de las tragaderas de la revista, tenía a cambio la portada, una entrevista amplia, una crítica positiva del disco o, por lo menos, una crítica. Hoy las discográficas apenas se anuncian; no hay dinero. Y las inserciones publicitarias las ocupan productos extramusicales (ropa, vehículos, bebidas, reproductores de audio…) que en la mayoría de casos ya no se conforman con ubicar su marca en una página anexa al artículo. Hoy exigen mezclarse en este, fundirse con la información, convertirse en parte de la noticia.

Ya nadie se conforma con colgar una pancarta junto al escenario

Alguien decidió que eso de comprar una página entera es muy siglo XX y así entramos en el siglo XXI de la publicidad, esa nueva era en la que información es el soporte de la promoción. Los mecanismos para lograrlo son infinitos, pues cada departamento de comunicación tiene a un genio inventando formas de colar su marca en los medios. Hagamos el ejercicio de reunir todas las revistas musicales del mes de abril de 2012, compararlas con sus respectivos ejemplares de abril de 1992: salta a la vista la cantidad de espacio que las marcas han ido comiendo a la información.

Lo mismo sucede en los festivales. La espiral de crecimiento (de los que han podido crecer, claro) es paralela al aumento de la presencia de marcas en los lugares más insospechados. Ya nadie se conforma con colgar una pancarta junto al escenario. Podemos hacer el mismo ejercicio y buscar fotos del aspecto que tenían los festivales musicales hace diez años, cuando los patrocinadores aún no habían impuesto su nombre al evento, ni habían bautizado cada escenario, ni tenían su propia carpa de conciertos, ni ponían azafatas en la puerta, ni te maquillaban gratis, ni regalaban tejanos, ni gafas, ni caramelos…

Tanto el responsable de la revista como el del festival coincidían en algo. Ambos me aseguraban que no nos podemos ni imaginar la cantidad de propuestas que rechazan. Lo que al final vemos es sólo una ínfima parte de lo que les intentan colocar las marcas. Proponen diez y cuelan dos. Pero cuelan dos, claro. Es tal el acoso, que hoy las revistas destinan parte del tiempo que antes ocupaban a descubrir nuevos artistas a valorar la conveniencia de informar o no sobre productos, conciertos, fiestas, lanzamientos y eventos de lo más vulgar a lo más imaginativo, que no son sino puras campañas publicitarias.

Y ahora, sin nada que esconder, muestra su estrategia de carcoma: empieza royendo los materiales débiles y va avanzando centímetro a centímetro

Ha sido una tarea lenta pero crecientemente efectiva en estos tiempos de crisis. La publicidad ha existido siempre, sí, pero hoy se siente más fuerte que nunca porque el territorio en el que se mueve está más débil que nunca. Y ahora, sin nada que esconder, muestra su estrategia de carcoma: empieza royendo los materiales débiles y va avanzando centímetro a centímetro, valiéndose de la red de conexiones del sector musical para colarse por todas sus ramificaciones: grupos, salas, promotoras, festivales e incluso la política cultural de las instituciones. A los pocos que se mantienen al margen enarbolando el cortafuegos de la dignidad se les conoce popularmente como “los gilipollas”.

Que nadie dé esta batalla por perdida y acabada. Del mismo modo que todo lo que nos escandalizaba en 2002  hoy está más que asumido, todo lo que hoy nos escandaliza estará más que asumido en 2017. Hoy ya no nos choca que varias revistas musicales tengan una sección para informar sobre las últimas acciones de las empresas más cool. Por lo tanto, dentro de cinco años nadie se escandalizará si el departamento de marketing de un anunciante amenaza a un periódico con retirar la publicidad si su marca no sale bien visible en los artículos del festival. En cinco años incluso entenderemos que, por el bien de las arcas públicas, una marca privada organice las fiestas patronales de la ciudad más admirada del sur de Europa.

La carcoma no distingue entre mainstream e indie, entre público y privado.

Sí, las tragaderas del negocio musical se siguen dilatando día tras día gracias a la implacable labor de la carcoma. La carcoma no distingue entre mainstream e indie, entre público y privado. La carcoma es insaciable. La carcoma tritura, engulle y avanza. Tritura, engulle y avanza.

Puede parecer repugnante esa convicción del nuevo rico que cree que por invertir una determinada cantidad de dinero tiene derecho moral de comportarse como el amo de algo que no ha construido: ya sea una revista, un festival o el entramado cultural de toda una generación o población… Supongo que es lo que nos merecemos porque todo cuesta dinero y hay muy pocas formas de costearlo. O lo pagamos entre todos o pedimos subvenciones públicas o nos tiramos al barro del patrocinio privado. Pero alguien tiene que pagar la fiesta. “Bueno, por lo menos, la música la elegimos nosotros”, pensará el más iluso del corral. Sí, claro. Veremos hasta cuándo.


6 Respostes

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  1. Nestor says

    Bravo, Nando.

    El retrato no puede ser más cristalino. Lamentablemente…

    Algunos ilusos (“los gilipollas”) seguimos intentando organizar conciertos sin meter marcas de por medio, apelando únicamente al tirón que pueda tener el artista entre el público. Pero incluso nosotros vivimos inmersos en esa espiral enloquecida y enloquecedora, porque en otras muchas ocasiones nuestros clientes (festivales, ayuntamientos) son también víctimas de esta situación que se ha convertido en la “normalidad”.

    Lo peor es ver cómo los estilos de gestión de “lo público” van asumiendo y mimetizando los de “lo privado”.

    [ Por 25 pesetas… ¿Qué marca de cerveza controla uno de los escenarios (cada vez más) destacados en los conciertos de la fiesta mayor de su ciudad? ]

  2. Ignasi says

    Coincido en todo. Particularmente como el nuevo orden aconómico se va engullendo el periodismo de crítica y análisis con pavorosas campañas de publimàrketing descarado que la gente consume sin chistar, sin analizar que la auséncia de todo vestigio de creatividad, riesgo, investigación deja como resultado el adocenamiento musical, cultural, social. Las marcas son ya los medios y el público es un sujeto absolutamente pasivo que acostumbra a tragar mierda porque así lo han aconstumbrado. Y vale tanto para la música como para la “cultura” en general. Tristeb panorama.

  3. rusty says

    Es interesante la reflexión final, que resume el panorama actual: Pagar entre todos (crowdfunding), subvención o patrocinido. Las dos primeras están agotadas … asi que, ¿que nos queda?

Continuant la discussió

  1. Causas y azares 2 - Error 500 linked to this post on 27/10/2013

    […] La carcoma y una crítica a la colonización por parte de las marcas de la escena musical. […]

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