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Música y libertad: Dime de qué presumes…

Escrit el 01/08/2009 per Víctor Lenore a la categoria Articles "Nativa".
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Nat 50 jul_09 Víctor Lenore

Atención, pregunta-trampa: ¿hay libertad en la música popular actual? Semejante enunciado implica operaciones tan puñeteras como definir qué es la libertad o llegar a un acuerdo sobre sus matices. Hay quien se siente libre por tener un horario flexible o porque le permiten llevar piercings en la oficina. Otros aspiran a decidir los cómos y los porqués de su trabajo. ¿De qué hablamos cuando hablamos de libertad?

Dejando aparte este ejemplo algo simple, estamos ante un debate estimulante y seguramente eterno. Hace unos cuatro meses un amigo sociólogo y otro profesor de filosofía me recomendaron un libro determinante sobre este asunto. Se titula Tratado de la servidumbre liberal (La Oveja Roja, 2008) y lo escribió el psicólogo social Jean-Léon Beauvois.

Lo importante del estudio es su estricto carácter científico. La tesis principal,  resumida en una frase, podría ser esta:  “A casi nadie le gusta quedar como un mandado”. A través de una serie de experimentos se desvela  el extraño poder que tienen las declaraciones de libertad sobre nuestra capacidad de decidir en presencia de una autoridad. El hallazgo es el siguiente: en situaciones donde entran en juego relaciones de poder, es decir en casi todas, acabamos ajustando de manera inconsciente nuestras motivaciones al discurso dominante para no sentirnos dominados (sobre todo si el poder insiste en que somos libres).

El punto de partida son los estudios de Stanley Milgram, eminente psicólogo especialista en los mecanismos de la obediencia. En su experimento más famoso los sujetos acababan por aplicar a otro ser humano descargas de hasta 450 voltios, a pesar de que previamente se habían declarado contrarios a este tipo de castigos.  Afortunadamente –no se apuren- las víctimas eran actores y la corriente estaba desconectada.

A continuación, uno de los ejemplos del libro de Beauvois. Te prometen cien euros por estar en un laboratorio en calidad de cobaya siete días enteros sin fumar. Aceptas el reto pensando en el dinero. Una vez aceptas y te presentas, el señor de la bata blanca te dice que sólo te pueden dar veinte euros, pero que al haber cambiado ellos las condiciones eres libre de retirarte. El resultado es que la mayoría de personas se quedan. El porcentaje de aceptación es similar al de otro grupo al que no le han mencionado que son libres de abandonar el experimento. El descubrimiento esencial consiste en que los que han sido declarados libres acaban por racionalizar, se convencen a sí mismos de que en realidad no lo hacían por el dinero, sino por cuidar sus pulmones y por el bien de la Ciencia.

Todo esto puede llevarse al terreno colectivo: en una dictadura (donde a los que mandan apenas les preocupa si te sientes libre), se mantiene cierta conciencia social de estar sometido al régimen contra tu voluntad. En una democracia liberal como las de Occidente, donde ponen tanto énfasis en declararte libre, acabamos ajustando inconscientemente nuestras ideas al discurso oficial. ¿Por qué? Pues porque, como ya hemos adelantado antes,   “a casi nadie le gusta sentirse como un mandado”. Estamos ante uno de esos libros que te hacen rebobinar la película de tu vida y confirmar, en casi todos los conflictos que recuerdas, que la tesis es cierta.  Seamos sinceros:  todos pasamos mucho más tiempo presumiendo de las pequeñas parcelas de libertad que tenemos que tratando de conquistar las enormes extensiones que nos están vedadas.

Si han llegado hasta aquí, hace rato que se estarán preguntado qué tiene que ver todo esto con la música. Enciendan cualquier radio (De “Los 40” a Radio 3) y cuenten la cantidad de himnos que encuentran sobre lo libres que se sienten los cantantes. Luego la cosa no parece para tanto:  ¿cuántos artistas desafían las reglas de la industria y el mercado? ¿Cuántos ofrecieron, en los últimos diez años,  algo que salga de lo previsible? ¿Cuántos rechazan un estilista?  ¿Cuántos, al hacerse mayores o más conscientes, dicen “sentirse esclavos” o haber sido manipulados en su carrera?

Hace tiempo que los grupos de Pop, Rock o Electrónica dejaron de ser figuras sociales antagonistas. Quizá la pista más sólida de su cambio de perfil sea que la mayoría de las canciones que producen encajan sin problemas en cualquier anuncio. Las empresas de publicidad no han encontrado apenas resistencia para colonizar el mercado de las giras, los festivales de verano y hasta el día europeo de la música (convertido, sin ninguna oposición, en la estrategia de marketing de una conocida marca de cerveza).  ¿Son los músicos tan libres como proclaman? En la escena “alternativa” o “experimental” hay menos rigidez que en las listas de éxitos, pero este segmento de artistas también es prisionero de sus propios tópicos (además de ser conservadores a todos los niveles, aunque esto es material para otro artículo).

Por supuesto hay excepciones. Me refiero a artistas que –por contraste- confirman lo constreñidos que viven los demás. El primer nombre que me viene a la cabeza es Will Oldhan, lo más cercano a Bob Dylan que hemos tenido en el siglo XXI (casi se parece más que el propio Dylan de 2009). Su biografía parte de la premisa de que el ambiente en el que crece un músico nunca es libre de por sí, sino que es necesario mantenerse alerta y poner mucho de tu parte. La libertad no se ejerce, más bien se conquista. Comenzó su carrera como actor, dando clases desde niño, pero pronto se dio cuenta de que la industria del cine era un férreo corsé donde nunca iba a poder moverse a sus anchas. Por eso se pasó a la música, disciplina que, en un principio, no le interesaba mucho.

Poco a poco, ha ido dibujando una vibrante discografía modelada con sus propios términos. Por ejemplo, en sus primeros seis años, cuando supuestamente tenía que “darse a conocer”, decidió cambiar de nombre con cada álbum “porque no quiero convertirme en un logo ni en nada que se pueda poseer”.  Funcionó mucho tiempo sin manager, trabajando solamente con promotores que le parecieran de confianza. Rechazó que grabaran sus conciertos para la televisión o para el DVD y no concede entrevistas a no ser que vea en ellas un buen motivo.

Ha mantenido un ritmo de edición frenético, combinando colaboradores habituales y esporádicos, aplicando terapias de shock a la música tradicional de EE.UU. Así Oldham ha creado su propio género. Esta frase reciente retrata bastante bien su actitud: “Trato de alejarme todo lo que puedo de la idea que tiene la gente sobre la música que hago. Me he dado cuenta de que cuando las personas tienen una imagen de mis gustos o de cómo es mi vida yo también caigo en esa imagen, teniéndola fija en mi cabeza”, explicaba en la revista “Rockdelux”. Se parece mucho a tomarse la libertad en serio, ¿no?

Más ejemplos: Bill Drummond, Diamanda Galás o Ian McKaye. Para hacerlo más cercano prefiero hablar de “El Salmón” de Andrés Calamaro. El cantante argentino se quejaba amargamente de los chistes de la prensa musical sobre su disco quíntuplo del año 2000. No estaba molesto porque se rieran de él, sino porque las carcajadas comenzaron antes de que el álbum se editara y siguieron cuando ningún periodista había tenido tiempo para haber asimilado la obra.  “El salmón” es el sonido de un artista de rock volcado en un proceso de autoexploración. Tiene mucho de psicoanálisis, algo de chulería y un poquito de pulsión kamikaze.  También, un mucho de relleno, pero eso no es lo que importa ahora. Escribió muchas letras de manera colectiva (junto a los llamados “Poetas de la Zurda”), en sesiones donde desafiaba a su físico con experimentos sobre  cuántas horas seguidas podía aguantar componiendo y tocando sin dormir. Entonces dijo cosas como esta:   “Veo grabar como algo continuo: sólo apago el estudio cuando me voy de viaje. Enciendo el power y lo dejo seis meses. Tengo diferencias musicales con el mundo. En lo que sí estoy de acuerdo es en grabar en estéreo”. O esta otra: “El público tiene que ponerse las pilas. Cierta incomprensión con El Salmón me rompe un poco las bolas. Gran parte de la gente prefiere que la música no le llame mucho la atención, así no tiene que perder tiempo”. Calamaro es uno de los pocos músicos que cogieron el toro por los cuernos a la hora de romper la rutina del Rock. Otros artistas, en vez de acelerarse con estimulantes,  lo lograron por la vía contraria, desertando de la ansiedad cotidiana para encontrar su propio ritmo. Pienso ahora en Xavier Baró o en el “Grupo de Expertos Solynieve”. Seguro que hay decenas de nombres más, pero últimamente me invade la impresión de que el ochenta por ciento viven con el piloto automático en marcha, ¿o no?



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