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Article: Don’t worry about me

Escrit el 05/01/2003 per admin a la categoria Articles "Nativa".
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Nat 05 gen_03 Syd Barret

Para Joey, para Joe, para Fide. In memoriam.
Por Syd Barret.

Extraviado de nuevo. ¿Dónde habré dejado a mi perro?. Bien, no es la primera vez que me abandona. Lo imagino tan fascinado como siempre por los olores que marcan presencias y territorios. Nunca he logrado comprenderlo, supongo que tampoco él entiende mi obsesión por atrapar colores. A veces es difícil meterlos en el bolsillo, otras es complicado. Hay demasiados, y sólo unos pocos son inútiles, otra minoría, comestibles. Hay otro.

Pero esta vez he sobrepasado los límites de lo cercano, creo. Nunca llevo un mapa encima, la tierra es redonda, y nunca supe adivinar la hora marcada por un reloj. ¿Dónde estará el dichoso animal?. ¿Ahora como vuelvo yo a casa?. Estoy perdido. Daré un paseo para celebrarlo. Creo que aun es de día, y debo regresar para la cena.

Recorro, errático, el suelo que rodea los tejados de las casas. Entre árboles y toboganes, descubro una maleta. Su abdomen reventado, muestra no sin cierta morbosidad, una serie de tripas en forma de ropa sucia, ropa limpia, calzados varios, extrañas cajitas de plástico de unos 12,5 cm por 12,5 cm por 0,5 cm, algunas con su contenido desparramado: Un extraño disco brillante. No sé que me dice que tienen que ver con Ella, hace tiempo que no la veo, demasiado quizá, no lo sé, y sigo haciendo inventario de vísceras: algunas chocolatinas, me las quedo, un chubasquero nuevo, un recuerdo de turista, un posa vasos, otro, algunas fotos. ¿Dónde estará mi perro?. La doy una patada, y bajo su corpachón abierto de un tajo, un folleto, una guía más bien, en caracteres de algún alfabeto oriental. En la portada, un extraño edificio con torres coronadas de frutas. ¿Una estación de tren, quizá?. ¿Un hipermercado?. Tiene la pinta de aquellos lugares, donde gusta de ir todo el mundo. En caracteres grandes, propios del alfabeto latino se lee: “Barcelona”. ¿Barcelona?. ¿Será un sitio?. ¿Una bebida quizá?. Hace demasiado tiempo que no veo la tele, será mejor que me informe. Cruzo las piernas sentado en un columpio, mordisqueo una chocolatina. El suelo se balancea. Intento descifrar semejante galimatías de extraños símbolos, finalmente decido leer sólo las fotografías y los números, que curiosamente parecen idénticos a los que conozco. ¿Serán los mismos?. Por si acaso compruebo que los de cada página coincidan con el orden que ocupan, sí, son los mismos, significan lo mismo. Allá, al lado de la página siete estaba Ella.

Apenas un pixel. Apenas una miga de pan, el pelo de una pestaña. Apenas un trozo de papel cualquiera que un día recordó una página, o algún teléfono. Apenas una mariposa muerta, una hoja de árbol. Apenas una idea perdida, una respiración, hallazgos comunes en la canal que separa las hojas de cualquier libro.

No sé exactamente cuando pudo suceder. Soy amigo del tiempo y ni él ni yo nos preocupamos demasiado el uno del otro. Apareció, simplemente, y todo quedó impregnado: las ventanas, el recibidor, la nevera y los filetes caducados que contenía, los armarios, yo mismo, el gato, a este costó bastante convencerlo, tanto como al aire que en aquel momento contenía mi apartamento. Cruzó, o crucé la puerta, hacía semanas que ni siquiera contestaba las llamadas, intenté convencerla, no me hizo caso. “No. tranquila, no me pasa nada”. La agarré por el pelo, y tras arrastrarla por el piso quedó también impregnada, comenzó a gritar, acudieron los vecinos, algún transeunte, media docena de policías, otros tantos periodistas, varios enfermeros. Un verdadero escándalo, vaya. La prensa de los días siguientes, afirmaba que el color era azul. Yo sé que no era cierto.  Basta leer cualquier periódico o revista para no enterarse de nada. Azul…simplemente azul. Infinito es un término  que en ningún caso es contenedor de su significado.

“-¿Puede usted ponerme un barcelona?”. El interrogante de su cara disipa definitivamente mis dudas. No se trata de algo de beber, la guía oriental habla de un lugar, está claro. Abandono el establecimiento, frente a él, una parada de autobús, en ella, un vehículo estacionado: TMB línea 38, subo.

-¿Se dirige a Barcelona?.

– Por supuesto.

“- Vaya, todo el mundo debe saberlo menos yo”, pienso mientras saco del bolsillo unos cuantos colores para pagar mi billete. El gesto adusto del conductor, su mirada un tanto hosca, me hace caer en la cuenta de que no he dejado propina. Saco unos cuantos más, alguno comestible y los deposito sobre la repisa. Me siento. ¿Será largo el trayecto?. Por si acaso abro de nuevo este libro indescifrable y me empeño en aprender japonés, o chino o lo que sea para cuando lleguemos. Nunca se sabe en que continente puede acabar un viaje así.

Aun no he conseguido hallar ninguna relación lógica entre los distintos caracteres, y el viaje llega a su destino. Pues sí que Asia queda cerca. Aunque la verdad, el paisanaje es demasiado exótico y a la vez conocido, como para encontrarme en el lejano oriente (¿De qué me suena?).

Un mercado. Parece haber de todo menos lo que busco, al menos es la conclusión que puedo sacar tras preguntar insistentemente a todo el mundo, o lo que queda de él. Siento de todos modos su presencia.

Alguien me dice que podré hallarlo al otro lado de la autopista. La cruzo no sin dificultad, los automóviles circulan a toda velocidad, la mejor manera de no llegar a ninguna parte. Yo sí llego, o al menos eso creo, al lugar indicado. El recinto se compone de hileras de edificios de apartamentos unipersonales. En cada puerta, el nombre de su ocupante. Llamo pero nadie contesta. Hermoso el color de los cipreses. Abandono este paraje, siento sin embargo su presencia, como en aquel jardín italiano de la sonata de otoño.

Contiguo a la urbanización, un monte enmarañado, agradablemente enmarañado y poblado de gatos. Me cuesta avanzar, doy algún paso en falso, y acabo con la espalda en el suelo. Su presencia. ¡Qué imbécil!, me hubiera bastado levantar la vista para ver su reflejo. Permanezco tendido, ensimismado, es Ella. Es aquí. La ciudad se delata ante mis pies.

Una carretera me simplifica el descenso. Un periódico viejo pasa a sustituir mi guía de exóticos caracteres. Creo haberla perdido, da igual. Busco entre sus páginas de cartelera, demasiadas palabras y tipos demasiado grandes. Dejaré que el azar guíe mis pasos. Ah, he de recordarlo, he de  levantar la mirada de vez en cuando.

Decido practicar, Don Giovanni, de WAM. Siempre se pareció a la muñeca que preside el cartel. En la taquilla saco una entrada de las más baratas, no me quedan demasiados colores en el bolsillo, pero aun así parece que dispongo de los suficientes, al menos no parecen caber más en el habitáculo. Escucho a la taquillera dar gritos. La supongo encantada.

Comienza la función, no veo nada por culpa de una columna que hay en medio, pero da lo mismo, atrapo tonalidades imposibles una tras otra. Es hermoso. Mis orejas aplauden al final de la obra, acaban coloradas. Mis bolsillos repletos.

Cruzo la calle, y comienzan los problemas. Un montón tremendo de reclamos en forma de obviedades, asaltan la luz. Levanto la vista, y su reflejo sigue ahí, siempre diferente, llego a la conclusión de que hay más. Vuelvo a confiar en mi carácter errático. Llego a una plaza, una cola. ¿Buscarán lo mismo?. No creo, sus rostros delatan hastío, y así es imposible apreciar nada. Debe ser un comedor de beneficencia, pienso, pero no, más bien es un extraño restaurante en el que los comensales además de dar parte de las viandas, se entretienen mientras miran a través de los ventanales, la espera famélica de los otros. No tendrán nada que decirse, supongo.

Otra cola. Esta no es lineal. Es tridimensional y anárquica entre abrazos, saludos y encuentros. Alguien trae unas manzanas. Alguien sale del establecimiento y anuncia el comienzo de algo. Me apunto. La entrada es tan asequible, y la perspectiva tan excelente, que pago el doble de colores de la tarifa. Es Ella y esta ahí, entre ropajes superpuestos, imposibles y acentos diversos, entre la proximidad y la improvisación, entre el calor del pogo y el frío de la cerveza que alguien deja correr por entre el cuello de mi camisa, mientras levanta la suya para enseñarme su ombligo, terrible venganza.

Esto no puede acabar así. Quiero más. Hoy es mi día de suerte, y juego todo contra el blanco, el no color. Los refleja todos y es imposible ver ninguno. Huyo de él y de su extrema claridad. Corro entre el gentío mientras de los ciento un bolsillos desbordados de mi vieja gabardina, se desparraman los colores preciados. Mis huesos sienten una extraña vibración. Es Ella, de nuevo, entre los muros de un desvencijado taller industrial. Nada anuncia nada, si acaso su angosta entrada, bienvenidos los erráticos, los enganchados a la vibración provocada por los beats, víctimas del tekno, punkis a medio reciclar  hand-made: techumbres a base de toldos de camión y de estrellas, elija usted ambiente, loops de camellos y otras imágenes digitales, analógicas y variopintas, alguien prefiere tumbarse, todos impregnados de Ella. No puedo más, hace tanto tiempo…

Basta huir de lo evidente para encontrar a tu perro. El mío y yo jamás volveremos a llegar pronto a la hora de la cena mientras nos queden chocolatinas. Y si no, compraremos más. ¿Para que sirven los colores, si no?.



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